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Las huelgas “xenófobas” de la refinería de Lindsey (Inglaterra)

In número 6 on 19 febrero, 2011 at 2:20 pm

A finales del mes de enero de 2009, los obreros de la refinería de petróleo de Lindsey, Inglaterra (LOR, Lindsey Oil Refinery) tomaban las calles ilegalmente en una huelga salvaje (de las que tanto solemos hablar y que tanto deseamos ver) que fue rápidamente tachada de xenófoba. Todo empezó cuando la compañía italiana IREM había sido contratada por Total, la propietaria de LOR, para la construcción de una unidad de desulfuración en la refinería. En el concurso para la adjudicación del contrato también participaron cinco empresas de Reino Unido y otras dos europeas Para llevar a cabo los trabajos, IREM empleó a sus propios trabajadores italianos y portugueses: unos 400 empleados propios que, según el Morning Star (5 de febrero de 2009), no están sindicalizados y que eran alojados en una barcaza en malas condiciones. Esto enfadó a los trabajadores empleados en el sitio, de distintas empresas pero todos pertenecientes al convenio británico de la construcción NAECI (National Agreement for the Engineering Construction Industry) –el Libro Azul-, que vieron cómo los puestos de trabajo que esperaban ocupar iban a parar a otros trabajadores del continente contratados con peores condiciones laborales con la excusa de que no había “suficientes trabajadores cualificados británicos”. La huelga, que pronto recibió el apoyo –y el control[1]– del sindicato más grande de Reino Unido, Unite, evidenció la debilidad del “movimiento anticapitalista” y dividió a la izquierda británica. Por un lado, quienes simpatizaron con los huelguistas y comprendieron sus razones. Por otro, quienes se apresuraron a desacreditarlos por “xenófobos”. La razón de la polémica es evidente, aunque analizando las razones de la huelga con algo más de paciencia y profundidad, parece claro que ciertas posiciones parten de análisis muy superficiales y se podría decir que son fruto de la descarga de argumentos fáciles que pudieron leerse en los medios de comunicación, así como de la propaganda incesante del Gobierno de Gordon Brown (Primer Ministro británico), que aprovechó el énfasis de los medios en la supuesta xenofobia de las protestas para poner a todo el mundo contra los obreros de Lindsey, dejando a un lado el aprovechamiento por parte de la empresa francesa Total de la falta de restricciones en la Unión Europea para contratar trabajadores portugueses e italianos y llevarlos a una refinería inglesa a trabajar fuera de convenio[2].

En nuestra opinión, y trataremos en todo momento de no caer en un obrerismo maniqueo para el que todo vale si es una expresión obrera, tachar a estas huelgas de reaccionarias o de racistas tan sólo puede ser la consecuencia de dos cosas: o bien se ha estado bajo la influencia de la propaganda gubernamental, empeñada en deslegitimar la huelga como fuera, o bien se es presa de dogmas que impiden ver el mundo (y, con él, la lucha de clases) con un mínimo de claridad. Esta es una cuestión a la que entraremos más adelante, pero ciertas expresiones no parecen fruto de un análisis ajustado a la realidad, sino que son propias de un movimiento sin relación con la realidad más pendiente de las formas y la información que publican los medios que de afrontarlas con cabeza y espíritu crítico.

Información previa [3]

  • Refinería de Lindsey (LOR)

Activa desde mayo de 1968, la refinería de Lindsey, ubicada en North Killingholme, en el área industrial de Grimsby, es la tercera mayor de Reino Unido, con una capacidad productiva anual de 10 millones de toneladas (223.000 barriles al día). Emplea a 500 trabajadores y varios cientos de subcontratas que pueden llegar a ser varios miles cuando hay que realizar las principales operaciones de mantenimiento o durante la construcción de instalaciones.

  • Ingeniería de construcción

Las compañías de este sector construyen o actualizan instalaciones. En ambos casos, sus contratos están sujetos a sanciones por retrasos en la producción o primas por adelantos. Se entiende que estas empresas necesitan ser eficientes y emplear métodos y trabajadores cualificados y competentes que conozcan al dedillo el proceso de producción. No sorprende, por tanto, que una empresa extranjera traiga sus propios empleados (o los de sus subcontratas) cuando opera en suelo británico.

  • IREM

Empresa italiana (de Siracusa, Sicilia) de ingeniería de construcción para refinerías de petróleo y plantas químicas y petroquímicas, fundada en 1979. Lleva a cabo el diseño, la manufactura y el montaje de las instalaciones industriales. Emplea a 1500 trabajadores y tiene un volumen de ventas de 120 millones anuales.

Los antecedentes: el significado de Europa

En 2007, el primer ministro Gordon Brown (laborista) hizo una promesa imposible de realizar: “British jobs for British workers”, “Trabajos británicos para los trabajadores británicos”. Una consigna más propia del ultraderechista British National Party (BNP) que del Partido Laborista[4], y sin más fundamento que la necesidad de ganarse a la clase obrera en un momento en que ésta parece desencantada con el laborismo. El chovinismo[5] y una promesa de protección al obrero nacional le sirven a cualquier gobierno en crisis para llevarse el voto de los sectores más vulnerables ante la crisis económica, y más cuando la escoria del BNP anda suelta. Y, efectivamente, tuvo su eco entre los trabajadores, preocupados por la imparable subida del paro (la tasa de desempleo en Reino Unido se situaba en el 6,3% en febrero, cuando saltó la chispa en Lindsey; la tasa de paro más alta desde 1998). En cuanto a la promesa de Gordon Brown, además de ser una consigna imposible de llevarse a la práctica debido al marco legislativo europeo, iba contra el neoliberalismo económico que promueve el Reino Unido desde el Nuevo Laborismo de Blair y compañía, contra la tradición liberal británica y contra la opinión de Vladimír Spidla, comisario europeo de Empleo, para quien “la libre circulación de trabajadores, personas y servicios está en el núcleo de los valores de la UE”.

El caso de las huelgas xenófobas en LOR tiene mucho que ver con la Directiva Bolkestein. Esta directiva, presentada por la Comisión Europea en 2004 y aprobada en noviembre de 2006, fue la principal causa del NO a la Constitución Europea en el referéndum celebrado en Francia. Fue la figura del “fontanero polaco”[6] la que provocó el temor entre los trabajadores franceses de que la “Directiva de Servicios” supusiera una merma en su salario y sus condiciones laborales. La Directiva Bolkestein no se aprobó en su texto original, sino que sufrió diversas modificaciones como resultado de las demandas de los partidos de la izquierda en el Parlamento Europeo. El texto definitivo fue aprobado por la Confederación Europea de Sindicatos, es decir, no hay más crítica a partir de aquí, una vez que los representantes del trabajo han aprobado una directiva dirigida a facilitar la integración capitalista en Europa a costa de los proletarios.

El texto original de la directiva contemplaba el principio del país de origen. Este principio apareció por primera vez en la Directiva europea sobre Trabajadores Desplazados, de 1996. Según este principio, una empresa de servicios de un país comunitario podía atenerse a la legislación de su país de origen para poder ofrecer sus servicios en otro país de la UE. El objetivo declarado es que estas empresas puedan mudarse de un país a otro sin necesidad de informarse de y cumplir la legislación de cada uno de los países miembros. Quedarían excluidas de este principio condiciones como el salario mínimo o las relativas a la higiene y seguridad o los derechos de las mujeres. Sin embargo, sí debían atenerse a su legislación de origen en asuntos como el derecho de huelga, la contratación y el despido o las contribuciones a la Seguridad Social. Aquella Directiva de 1996 estaba redactada de un modo muy difuso; era el Tribunal Europeo de Justicia el encargado de interpretar si los convenios colectivos debían aplicarse obligatoriamente a los trabajadores desplazados o no. Al menos una de sus sentencias rechazaba esta obligación.

Los ideólogos del sistema alegan que la competencia entre Estados por ofrecer “mejores” condiciones para las empresas que se quieran ubicar en el territorio aumentaría el bienestar general. Lo que ocurre realmente es que el libre movimiento de trabajadores dentro de los países miembros de la Unión Europea puede suponer y, de hecho, supone, una disminución en el salario y las condiciones laborales de los trabajadores de los países más ricos de la UE. Es decir, se da una “convergencia a la baja” en la que en los países donde al menos una parte de la clase obrera aún mantiene la posición conseguida a base de luchas históricas, los trabajadores se ven ahora con una amenaza que, superficialmente, proviene de elementos de su propia clase: obreros que escapan del paro y la miseria en los países más pobres de Europa.

La ambigüedad de la Directiva Bolkestein deja casi todo el resultado en manos de la legislación nacional de cada Estado miembro. En el caso que nos ocupa, Reino Unido, la Directiva Bolkestein ha sido finalmente aprobada por sentencias judiciales.[7] Hay que mencionar que Reino Unido, junto con España, Países Bajos y los Países del Este, fue uno de los impulsores de esta Directiva.

No vamos a hacer un análisis detallado de la Directiva de 1996 y la Directiva Bolkestein: no es el objetivo de este artículo. Tampoco sería muy útil, dada la rapidez de los cambios en la normativa europea y la ambigüedad con la que se redactan las directivas. Por no mencionar la frecuente contradicción entre unos principios y otros. Todo esto hace que al final lo importante sea la interpretación que cada Estado haga de las leyes europeas. En el caso británico, como ya hemos dicho, la Directiva Bolkestein se aprobó por sentencias judiciales. Eso sí, la lucha de los trabajadores de Lindsey, así como las huelgas solidarias que se extendieron por todo el sector energético de Reino Unido, podrían afectar a estas directivas. Y es que, al final, aunque el marco legal es importante, lo que realmente afecta a nuestras condiciones laborales es lo que se pelean. No son pocas las empresas que, dada la docilidad o desorganización de sus empleados, incumplen la ley en todos los aspectos; y también las hay que, dada la fuerza de sus trabajadores, se ven obligadas a ofrecer unas condiciones muy por encima del mínimo legal.

Y la chispa saltó en Lindsey

Una vez en materia y después de ver el embolado en el que estamos inmersos, en pos de una “Europa fuerte y unida”, es momento de pasar a observar lo ocurrido en la refinería de petróleo de Lindsey y que en poco tiempo se extendió como la pólvora a otras refinerías y plantas energéticas de Gran Bretaña.

Todo comenzó el 28 de enero de 2009 en la refinería de Lindsey, la tercera refinería más grande en Reino Unido, dirigida por la compañía francesa Total. El proyecto de construcción de una nueva unidad de procesado en la refinería de North Lincolnshire le fue adjudicado a la empresa italiana IREM, que para llevarlo a cabo decidió emplear a sus propios trabajadores: italianos y portugueses que serían alojados en un barco durante la obra. En cuanto se supo lo que había ocurrido, los obreros de Lindsey cortaron las calles bajo la consigna del propio Gordon Brown: “Trabajos británicos para trabajadores británicos”. Y no estaban solos: en solidaridad, se sumaron a la protesta 1.200 trabajadores de las plantas nucleares de Sellafield y Heysham (Inglaterra), y los empleados de otra refinería en Escocia y otras plantas eléctricas.[8] En definitiva, el sector energético británico, casi paralizado y puesto en jaque en solidaridad con una huelga a la que los medios de comunicación y el Gobierno se apresuraron a tachar de xenófoba. La protesta fue espontánea en un primer momento, como se pudo ver en las noticias de los informativos, aunque en poco tiempo recibió el apoyo de los sindicatos del sector, especialmente Unite. A continuación, la cronología de los hechos[9]:

Invierno caliente en el sector energético británico

  • Miércoles 28 de enero

Comienzo de la huelga en LOR. No hay despidos pero los trabajadores temen que pueda haberlos al terminar a mediados de febrero el acuerdo de “no despidos” entre los sindicatos y los jefes.

Entre 800 y 1000 trabajadores se reúnen y votan ir a la huelga. El comité de delegados sindicales dimite para dejar claro que el sindicato se distancia de la huelga ilegal.

  • Jueves 29 de enero

Concentración y piquete en la puerta de la refinería: entre 800 y 1000 personas. Esto fue una constante durante la huelga.

Huelgas solidarias (ilegales en Reino Unido):

–          Cientos de trabajadores contratados en la vecina refinería de petróleo de Conoco Phillips

–          Empleados en la terminal de gas de BP Dimlington (East Yorkshire) y su planta de manufactura química en Saltend, en Kingston (North Lincolnshire)

–          Trabajadores de la Estación energética de Longannet (Fife, Escocia), de gestión pública escocesa

–          Construcción de la Estación Energética de Staythorpe (Nottinghamshire)

–          Terminal de gas natural de Easington (East Yorkshire)

  • Viernes 30 de enero

Huelgas solidarias:

–          700 trabajadores de la refinería de petróleo de Grangemouth (Falkirk, Escocia)

–          60 personas en el piquete de la central energética de Aberthaw, cerca de Barry (Vale of Glamorgan, Gales)

–          400 huelguistas en la refinería de Petroplus, en Wilton, cerca de Middlesborough (Teesside)

–          Central energética de Kilrrot, en Carrickfergus (Irlanda del Norte)

–          Terminal de gas de South Hook LNG (Oeste de Gales)

–          Central energética de Fiddlers Ferry, cerca de Warrington (Cheshire)

–          Marcha de 400 personas en la planta de Longannet

–          Más sitios de menor importancia…

The Guardian dice que hay 3000 trabajadores en huelga en Reino Unido.

El Gobierno decide reunir al Cobra (Gabinete de Información Habitación A), que se reúne en momentos de alarma o crisis. Los jefes de la Oficina Doméstica, el Departamento de Negocios, el Departamento de Energía y el Ministerio de Defensa, junto con expertos en conflictos civiles, se reúnen en el búnker de alta seguridad del Consejo de Ministros.

  • Sábado 31 de enero

Palabrería de los políticos acerca de la justicia y la legalidad del contrato de IREM por Total. El ministro de Trabajo pide al Servicio de Asesoramiento, Conciliación y Arbitrio (ACAS, por sus siglas en inglés) que examine las quejas de los trabajadores británicos de que están siendo ilegalmente excluidos de los principales proyectos de ingeniería y construcción.

  • Domingo 1 de febrero

No hay huelgas. Es domingo…

  • Lunes 2 de febrero

Huelgas solidarias:

–          Central nuclear de Sellafield (Cumbria). Van a la huelga los trabajadores empleados en la construcción de nuevas instalaciones de almacenamiento.

–          Central nuclear de Heysham (Lancashire)

–          Central de Staythorpe (Nottinghamshire)

–          Refinería de petróleo de Grangemouth (Falkirk, Escocia): marcha de 700 trabajadores

–          Central de Longannet (Fife, Escocia)

–          Central de Fiddlers Ferry, cerca de Warrington (Cheshire): marcha de 200 trabajadores

–          Terminal de gas de South Hook LNG (500 dejan sus herramientas)

–          Central energética de Aberthaw (Gales)

–          Refinería Petroplus en Coryton (Essex)

–          Una instal

–          Instalación de gas en Fife, Escocia

–          Refinería petrolífera de Chevron, en Pembroke (Pembrokeshire, Gales)

–          Central de Langage, en Plymouth (Devon): marcha de 600 trabajadores, ¡incluidos 35 polacos!

–          Protesta de un pequeño grupo de trabajadores en Scunthorpe (North Lincolnshire), donde mantenían conversaciones el ACAS con la dirección de Total y los sindicatos Unite y GMB

Los huelguistas de Lindsey formulan una lista de demandas.

  • Martes 3 de febrero

No hay más huelgas solidarias, pero continúan las protestas a las puertas de la refinería de Lindsey.

  • Miércoles 4 de febrero

Los sindicatos aconsejan a los huelguistas que cesen las movilizaciones, una vez que ha prometido que el 50 por ciento de los puestos de trabajo irá a parar a obreros británicos: se crean nuevos puestos de trabajo. Esto es suficiente para terminar la huelga.

Tony Ryan, del comité de huelga, les dice a los cientos de manifestantes de Lindsey que se han creado 102 nuevos puestos para un mínimo de nueve semanas. “Se nos ha ofrecido lo que pedíamos, que era el 50 por ciento”. “Los delegados recomiendan a los compañeros que vuelvan mañana al trabajo”.

Según el acuerdo final, los delegados pueden comprobar que los trabajadores portugueses e italianos tendrán las mismas condiciones laborales que los locales, es decir, seguirán lo indicado en el Libro Azul (NAECI), y que los obreros sindicalizados trabajarán junto con los de IREM.

Los medios y el racismo como excusa

Son innumerables las declaraciones de obreros que, desde los piquetes, defendían que su huelga no estaba motivada por el racismo:

  • “Tengo más en común con los trabajadores de Letonia, Polonia o Italia que con cualquier patrón británico”
  • “No se trata de una protesta racista. Me gusta trabajar mano a mano con trabajadores extranjeros, pero no estamos yendo al fondo de la cuestión. Aquí hay gente que contaba con ese trabajo y de pronto se lo queda una empresa italiana. Se trata de justicia.”
  • “Hace dos semanas me despidieron de mi puesto de estibador. He trabajado en los puertos de Cardiff y Barry durante 11 años […] Creo que todo el país debería ir a la huelga, ya que estamos perdiendo toda la industria británica. Pero no tengo nada contra los trabajadores extranjeros. No puedo culparles por ir donde hay trabajo
  • Esta solidaridad obrera es contra el olvido consciente de los trabajadores de la construcción británicos por parte de los empresarios que se niegan a contratar trabajo cualificado británico en el Reino Unido. Los trabajadores de Lindsey, Conoco y Easington no fueron a la huelga contra los trabajadores inmigrantes. Nuestra acción es contra los empresarios que tratan de enfrentar a los trabajadores de una nacionalidad con las de otra y minar el acuerdo NAECI” (Keith Gibson, del comité de huelga)

Y, para terminar con las declaraciones de los huelguistas, el sentido común de quien no se juega el tipo por una tontería: “Esta no es una huelga racista. Naturalmente, unos medios obsesionados con la idea de una clase obrera blanca no pueden ver esto. Pero miles de trabajadores a lo largo de todo el Reino Unido no están dejando sus herramientas y saliendo a la calle a riesgo de perder sus salarios y posiblemente sus puestos por una mierda racista”.

Pero los medios de comunicación explotaron más que nadie la consigna de Gordon Brown (más que los obreros que vieron en ella en un principio un modo de presionar al Gobierno y consiguieron, por el contrario, ponerse en contra a demasiada gente). Mejor dicho, explotaron cada imagen en la que salieran obreros portando el lema. Incluso hubo casos en los que periodistas de tabloides como Daily Star o The Sun intentaron adaptar la realidad a lo que ellos querían escribir, llevándoles a los huelguistas carteles con la consigna y banderas británicas. De periódicos así se podía esperar cualquier cosa, pero la chapucería también alcanzó a la reputada BBC, que llegó a trucar entrevistas a los trabajadores[10]. Por su parte, The Times avisó de la existencia de elementos del BNP tras la protesta. La ultraderecha británica efectivamente acudió a los piquetes, pero ni llegó a tiempo ni se le dio la bienvenida. Por otro lado, tampoco es tan raro que la ultraderecha trate de sacar partido del malestar en la clase obrera, y con más razón cuando el problema es la contratación de trabajadores extranjeros en lugar de los locales. Pero eso, y no hace falta decirlo, no significa que haya elementos del BNP tras la protesta. Si acaso, y esto sí es verdad, la huelga fue una buena oportunidad para los racistas, pero éstos ni son tan fuertes ni los obreros son tan tontos.

En lo que respecta a los grandes medios españoles, El País amanecía el 3 de febrero con un artículo titulado “La huelga xenófoba crece en Reino Unido”. De antetítulo: “Los trabajadores extranjeros, en el punto de mira”. Y de información adicional, dos párrafos acerca de la unión de la ultraderecha y un reportaje sobre los ataques xenófobos.

Por supuesto, contamos con una información limitada y es más que probable que muchos obreros de las refinerías y las centrales nucleares británicas sean racistas o, al menos, culpasen a los trabajadores contratados por IREM de su situación. No sería tan raro, y tenemos muy claro que la condición de proletario es una consecuencia de la relación con los medios de producción, no una manera de ser, ni un botón con el que a uno se le activan de pronto el internacionalismo y las ganas de dar al capital lo que se merece. Con otras palabras: no por ser proletario alguien entiende que su enemigo es el capital. Sin embargo, sí parece, a la vista de las declaraciones de los obreros en los piquetes, que las huelgas no tenían una orientación xenófoba. Y esto por una sencilla razón: muchos de ellos también se han visto obligados a trabajar fuera de su país, y todos han tenido a su lado compañeros de otros lugares de Europa. El periodista de The Guardian Seumas Milne[11] lo dejaba bien claro el 5 de febrero cuando afirmaba que “Los intentos de tachar de anti-extranjeros a los paros son ridículos ahora que trabajadores polacos se han unido a las protestas”.

Por otro lado, como siempre hay quien quiere sacar tajada de todo, los diarios conservadores comprendieron las razones de los huelguistas… A quienes en otro momento habrían llamado vagos y maleantes. Pero eso ya forma parte del circo político.

A fin de contrarrestar el efecto de la propaganda mediática en los trabajadores italianos, Keith Gibson, miembro del comité de huelga, hizo un llamamiento a estos obreros para que se uniesen a la huelga, dejando claro que la huelga no era contra ellos sino contra su explotación y contra las empresas como Alstom[12] e IREM, que se niegan a contratar trabajadores locales y aprovechan la legislación europea para minar el acuerdo NAECI. A continuación, un intento de traducción del italiano al castellano:

LLAMAMIENTO A LOS TRABAJADORES ITALIANOS

Participad en nuestra huelga por el salario y el trabajo con condiciones sindicales

Estos días la prensa italiana ha hablado de las “huelgas” contra los trabajadores italianos de la refinería Total de Lindsey, presentándolas como “huelgas contra los trabajadores italianos”. Todo falso. La lucha de los obreros ingleses es contra la explotación de los inmigrantes italianos, ¡no contra los inmigrantes italianos!

Islandia, Grecia, Francia, Letonia… En toda Europa los trabajadores salimos a la calle para protestar contra los gobiernos que enriquecen a los patrones y banqueros mientras atacan nuestros puestos de trabajo, salarios y pensiones. Al final, los trabajadores británicos han dicho “basta”. Esta semana nuestra huelga se ha extendido rápidamente, con acciones de solidaridad en todo el país, en 20 plantas.

Miles de trabajadores están en huelga a pesar de la ley antisindical. El gobierno se ve atrapado. Es hora de extender la huelga para forzar a la patronal y el gobierno a aceptar nuestras reivindicaciones.

LUCHAMOS POR DEFENDER EL TRABAJO – DETENGAMOS LA “COMPETENCIA A LA BAJA”

La patronal, los banqueros y el gobierno han tratado el problema desde el punto de vista económico. Ahora quieren que paguemos nosotros la crisis, atacando nuestro trabajo, el salario y las condiciones laborales. ¡Sin siquiera hablar!

Con esta huelga queremos detener la “competencia a la baja”. Nos ponemos en huelga contra los patrones, como Alstom e IREM, que se niegan a contratar a los trabajadores locales. Hacemos huelga contra la legislación europea, que favorece a los patrones, y contra las decisiones judiciales que legalizan la explotación de la mano de obra a bajo costo para maximizar el beneficio del patrón. Esta huelga tiene como objetivo detener la contratación de trabajo violando nuestro acuerdo nacional (NAECI) y amenaza con dividir nuestra fuerza sindical.

LA HUELGA NO ES CONTRA LOS TRABAJADORES EXTRANJEROS

La prensa dice que nuestra huelga es contra los trabajadores extranjeros. NO ES VERDAD. Todos nos tenemos que trasladar para encontrar trabajo. Muchos de nosotros hemos trabajado en el extranjero. ¡Nosotros también somos trabajadores “migrantes”!

Aceptamos a los trabajadores extranjeros pero no aceptamos que estos sean explotados con condiciones laborales peores que las nuestras (ni que sean trasladados en autobuses como los animales o alojados en un barco) y que sean instrumentos de la patronal para minar nuestro acuerdo nacional y nuestra fuerza sindical.

El objetivo no es “el trabajo inglés para los trabajadores ingleses”, sino

TRABAJO CON CONDICIONES SINDICALES PARA TODOS LOS TRABAJADORES

Nacionalismo, xenofobia y lucha de clases

Pese a que aparentemente eran un enfrentamiento entre trabajadores “nativos” y “extranjeros”, las huelgas de Lindsey tienen poco que ver con la problemática de la inmigración, y los posibles conflictos que en un futuro se deriven de ella, por lo que debemos separar ambos temas desde un principio, para evitar caer en malentendidos. Aun así creemos que algunas de las conclusiones y reflexiones que saquemos de estas huelgas pueden ser extrapoladas a posibles conflictos futuros.

Lo que más nos interesó de la huelga de Lindsey, que es lo que nos llevó a dedicar este análisis, fue sin duda su complejidad. Una vez que mediante un análisis más en profundidad descartamos que se trataba de huelgas xenófobas, protagonizadas por trabajadores racistas, en cuyo caso poco se puede hacer salvo irse a partirse la cara, nos parecía muy interesante plantearnos cómo se podría intervenir en la práctica en un conflicto semejante. Ésta y otras experiencias más cercanas muestran que los conflictos reales son complejos y, sobre todo, contradictorios. No podemos esperar que, dadas las condiciones actuales, las luchas que surjan estén protagonizadas por trabajadores conscientes, que partan desde la autonomía de clase, que sean asamblearias, y fuera y contra los sindicatos. Tampoco podemos esperar que las movilizaciones de género no se vean impregnadas de feminismo burgués, o que los conflictos vecinales no tengan sus ramalazos socialdemócratas o ciudadanistas, etc. Vivimos en una sociedad alienante, que pese a llevar todos estos conflictos en su seno, los expresa bajo formas alienadas, aberrantes, que muchas veces deforman y atenúan su contenido. Igualmente, es perfectamente posible que bajo unas formas radicales, espectaculares e incluso horizontales, se expresen reivindicaciones reaccionarias. ¿Significa esto que debemos dejar de participar en los conflictos simplemente porque no son “puros”? Evidentemente, no. ¿Significa esto que debemos amoldarnos a los conflictos, dejando nuestros principios a un lado, para hacer posibilismo? Evidentemente tampoco. Lo que debemos hacer es analizar cada lucha concreta y ver hasta qué punto es posible o interesante intervenir. En realidad, es a través de nuestra participación como debemos intentar que cada conflicto alcance sus propios límites, expresando sus contenidos más radicales, superando si es necesario la legalidad pero sin tener que caer en el fetichismo de la ilegalidad (“solo lo ilegal es bueno”), etc.

El de Lindsey es un ejemplo perfecto del tipo de conflictos contradictorios que podemos encontrarnos en la realidad. Es una movilización espontánea, una huelga salvaje: sin preaviso, sin contar con las cúpulas sindicales (aunque sin duda con la participación y la iniciativa de sindicalistas locales) con piquetes ilegales frente a las obras, y que se extiende rápidamente por todo el país provocando nuevas movilizaciones solidarias. Sin embargo, la consigna bajo la que parece plantearse en un principio la movilización es “El trabajo británico para los trabajadores británicos”, de claro corte nacionalista y que además puede dar pie a lecturas xenófobas e incluso racistas. Si la cosa se quedase aquí, unos trabajadores defendiendo una consigna xenófoba, sería un ejemplo perfecto de que un envoltorio radical puede esconder una desagradable sorpresa en su interior.

Sin embargo, la mayoría afirma que lo más probable es que la elección de dicha consigna por parte de algunos trabajadores y sindicalistas fue, ante todo, un desafortunado intento de llamar la atención y presionar al gobierno laborista, cuyo primer ministro Gordon Brown había hecho suya dicha consigna meses antes. El posterior desarrollo de los acontecimientos (las declaraciones de los trabajadores, las pancartas en italiano, el rechazo y la expulsión del BNP de los piquetes, las reivindicaciones del comité de huelga, el que los trabajadores polacos locales participasen en los piquetes, etc.) refuerza este análisis.

Pensar que los trabajadores, por el simple hecho de serlo, no pueden movilizarse tras reivindicaciones xenófobas, nacionalistas o reaccionarias, es caer de lleno en el obrerismo “barato”. Las relaciones de clase son relaciones antagónicas, un conflicto latente entre proletariado y burguesía, pero un conflicto que puede ser amortiguado por el enfrentamiento y la competencia que genera entre los propios proletarios. La separación y el aislamiento, y no la unidad y la solidaridad, es el estado “natural” del proletariado en la sociedad capitalista: nativos contra extranjeros, temporales contra fijos, proletarios en paro contra trabajadores en activo, trabajadores contra trabajadoras… Un todos contra todos por un puesto de trabajo, un ascenso, mejor sueldo, una casa mejor, etc. En este sentido, se puede esperar que en muchos conflictos de clase (laborales, vecinales, por una sanidad de calidad, etc.) se expresen tendencias que intenten enfrentar a una parte de la clase contra otra y que, por tanto, partidos de extrema derecha u otros tipos de asociaciones intenten cooptarlos.

Sin embargo, por lo ya comentado, en este caso no es así. Aunque seguramente existiesen trabajadores racistas y xenófobos en las movilizaciones, o que defendieran literalmente la consigna “trabajo británico para los trabajadores británicos”, cuando finalmente el comité de huelga plasmó unas reivindicaciones[13] aceptadas en asamblea, lo hizo en unos términos claramente de clase (dejaremos de lado el carácter sindical de la protesta, que no es el objetivo de este análisis), siendo la reivindicación principal que se respetase el convenio del sector para todos los que trabajasen en el Reino Unido, y haciendo un llamamiento a los trabajadores italianos para que se uniesen a las movilizaciones. ¿Por qué acabo así y no de otra manera? Por lo que sabemos es muy probable que fuese la influencia de miembros de organizaciones izquierdistas, como por ejemplo el Socialist Party[14], que si bien influenciaron en que la lucha fuese internacionalista, también se encargaron de que se encajase perfectamente en los cauces sindicales de Unite, a pesar de que este sindicato había defendido, al menos localmente, la consigna nacionalista, y que a nivel nacional había mantenido una posición para nada comprometida con sus militantes. Así lo dejaba claro un trabajador anarquista de Lindsey:

“No puedo decir que no hubiera un solo elemento nacionalista en la disputa. Hay que tener en cuenta que la industria de construcción de motores no es una masa homogénea, pero sin embargo es el único sector de la industria de la construcción que sigue teniendo un nivel muy alto de sindicalización. La mayoría de los muchachos que conozco y con los que trabajo vieron el conflicto como un asunto de clase obrera, no una cuestión nacionalista. De hecho, uno de los miembros del comité de huelga es medio italiano, poco que ver con la imagen retratada por los medios nacionales, pero ¿qué podemos esperar de ellos?

En LOR no perdimos de vista en los piquetes a los gilipollas de la extrema derecha que intentaban subirse al tren por su propio interés (…) Lo que me decepcionó fue la reacción de la derecha a la primera acción de base en años, con la notable excepción del Partido Socialista, que nos brindó un gran apoyo (gracias, compañeros). Parece que la izquierda puede maniobrar para apoyar a regímenes cuestionables por todo el mundo, pero tener que ensuciarse las manos con una lucha de clases en su propio país parece demasiado para ellos. La clase obrera no es perfecta, y nunca lo será, pero la izquierda y los anarquistas no van a conseguir mucho sentados en sus torres de marfil chasqueando la lengua para desaprobar a la plebe”

En cuanto al papel de los medios, este conflicto nos recuerda lo ocurrido en Alcorcón hace un par de años (que tratamos en el artículo “Los sucesos de Alcorcón” del número 1). Los trabajadores “racistas” venden más que los trabajadores “solidarios” así que la mayoría de los periódicos se dedicaron a falsear sistemáticamente los motivos de la huelga y a sobredimensionar aquellas pancartas con un contenido más abiertamente nacionalista. En Alcorcón pasó algo parecido: los medios se dedicaron a difundir la idea de una reyerta “racista” cuando la realidad era bien distinta. Fue la participación conjunta de nativos, inmigrantes y descendientes de éstos en las movilizaciones pacíficas y los enfrentamientos contra la policía lo que desactivó la bomba de relojería que estaban fraguando los periodistas. Lo que tanto Alcorcón como Lindsey demuestran es que los anticapitalistas, que deberíamos estar más que acostumbrados a la manipulación mediática, deberíamos ser un poco más cautos y críticos a la hora de manejar su “información”.

Igual que ocurrió en Alcorcón, y como anteriormente en muchos otros sitios, la extrema derecha apareció por las huelgas de Lindsey tratando de cooptar la protesta, buscando pescar votos, afiliados y repercusión mediática. Aunque en estos casos, como en la mayoría hasta el momento, no coló, no podemos descartar que en un futuro encuentren un nicho en algún que otro conflicto o localidad. En realidad, al menos en el Estado español hoy por hoy esa es casi su mayor amenaza: pillar algún concejal por aquí, resonancia por allá, etc. esperando su oportunidad de aglutinar voto protesta. En este sentido, tachar sin más de xenófobos a los trabajadores cuando no es el caso, o cuando expresan su mensaje de forma contradictoria, es empujar a la clase trabajadora directamente a los brazos de la extrema derecha. Su mensaje populista, las explicaciones simplistas a problemas complejos, las medias verdades y las mentiras conforman un cóctel que puede embriagar momentáneamente a muchos. Un discurso y una práctica realistas que no oculten las contradicciones de la vida real sino que las afronten desde la solidaridad de clase, así como el enfrentamiento directo y contundente que sea necesario, parecen las mejores armas para aislar y acabar con estos elementos.

Sorprende también que nadie haya analizado el comportamiento de los trabajadores italianos,  que fueron los primeros en romper ese internacionalismo tan abstracto que se echaba en cara a los trabajadores ingleses. Si acaso hubo alguien que lo rompió primero fueron los trabajadores italianos, al aceptar ser contratados minando un convenio laboral. La pobreza y el paro en Italia pueden ser razones muy a tener en cuenta, pero si somos exigentes con unos, lo tenemos que ser con todos. ¿Por qué si a unos se les tachó de racistas, a otros no se les llamó esquiroles?

Una última reflexión sobre la naturaleza de las consignas. Desde hace algunos años, buena parte de la izquierda española se ha dedicado a defender acríticamente las movilizaciones de los trabajadores contra las famosas ‘deslocalizaciones’. Lo más curioso es que muchos de ellos se escandalizarían de la consigna “Trabajo británico para los trabajadores británicos” cuando, en el fondo, lo único que piden sus afectados es que no se lleven las fábricas, es decir, el trabajo, al extranjero, o lo que es lo mismo, que no se lo den a trabajadores de otros países. Aunque es evidente que los capitalistas no lo hacen por caridad, deberíamos ser más críticos a la hora de valorar los contenidos de las protestas y no crucificar o idolatrar en función de las consignas.

Una última aclaración en cuanto al internacionalismo en base al cual se criticaba a los huelguistas de Lindsey: sólo un internacionalismo de pegatina y consigna fácil puede coincidir con el libre mercado y la eliminación de restricciones al son que dicta la acumulación capitalista. El internacionalismo proletario se construirá sobre la solidaridad real, y no a partir de la negación de aspectos importantes de este mundo y el silencio ante algunas verdades difíciles de reconocer. Los dogmas izquierdistas no llevan a la acción, sino a la pasividad y, si acaso tienen algún efecto, es el contrario al deseado: desunión, racismo, derrota, incomunicación, etc. Los ataques al proletariado deben ser afrontados y respondidos de la mejor manera que conocemos: con la solidaridad de clase como lema y práctica real. Superando prejuicios y diferencias étnicas o nacionales, y buscando la complicidad, en su caso, de quienes son enemigos aparentes pero compañeros de fatiga en realidad (y de lucha posiblemente). Los análisis deben ser realistas y tener en cuenta factores que van más allá de una consigna injustificable y muy mal elegida.

Una victoria que sienta precedentes

Como ya hemos adelantado, el sindicato Unite tomó el control de la huelga al poco de haber comenzado. Que fuera una huelga “salvaje” no significa que fuera contra el sindicato, sino que no había sido anunciada y en un principio era “al margen” de Unite. No obstante, la afiliación a este sindicato es muy grande, casi total, y de ahí obtiene su fuerza. Esta influencia de Unite quedó plasmada en las reivindicaciones de la huelga, como ya hemos adelantado.

Lo que se consiguió con la huelga fue básicamente un mayor control sindical del proceso de contratación. A partir de la victoria de Lindsey, la empresa tendrá que acudir al servicio de desempleo del sindicato para contratar trabajadores. Un arma de doble filo: si bien los trabajadores se aseguran que no se contratará fuera del convenio NAECI y que no habrá esquiroles en la plantilla, por otro lado el control sindical podría dejar de lado a los trabajadores más revoltosos en los conflictos. En los conflictos y en el tajo: el sindicato no querrá ver su tarea de servicio de empleo empañada por la pereza, el absentismo laboral o la ineficacia de ningún trabajador.

En cuanto a la cuestión crucial del conflicto, se garantizaron al menos 102 puestos para trabajadores británicos, y todos los extranjeros estarían cubiertos por el acuerdo NAECI. De este modo, los trabajadores no tendrían menores sueldos ni peores condiciones laborales al ser contratados por una empresa extranjera.

En el momento en que se conoció la victoria de los obreros de Lindsey, en Bruselas se comenzó a pensar en modificar la legislación europea.

Algo que pensamos que ha quedado confirmado con el caso de las huelgas de Lindsey es la necesidad –y la pertinencia- de participar en los conflictos laborales, y no sólo para mostrar apoyo técnico (como si fuésemos especialistas de la juerga), sino mostrando nuestra opinión. Si los trabajadores de Lindsey, algunos de los cuales habían llevado de casa pancartas con la consigna de Gordon Brown escrita, acabaron apoyaron de manera abrumadora las reivindicaciones internacionalistas de su comité de huelga, no fue por casualidad. Fue la presencia de miembros de organizaciones izquierdistas en el comité de huelga, así como las discusiones que se dieron en las asambleas y en los piquetes entre trabajadores, las que decantaron la balanza. No fue la venta de periódicos ni el reparto de panfletos lo que hizo que el conflicto –que bien podría haber sido nacionalista por razones obvias- fuera un conflicto de clase.

En definitiva, parece que sí es útil participar en los conflictos obreros, poniendo en práctica la solidaridad obrera tantas veces proclamada, sin caer en el dirigismo típico de los leninistas, pero sin caer tampoco en el error de convertirnos en meros activistas. El apoyo, si es real, no debe ser tan sólo práctico sino también teórico. Y es que, al menos en el caso de Lindsey, incluso a corto plazo y pensando tan sólo en el resultado del conflicto, presentar a otros trabajadores la cuestión como un momento de la lucha de clases en lugar de un enfrentamiento entre obreros de distintas nacionalidades pudo servir para que la huelga tuviera un apoyo mucho mayor del que habría tenido en caso de ser una huelga realmente xenófoba. Es decir, no sólo se trataba de una verdad cuya defensa era necesaria, sino que además beneficiaba a los intereses de los trabajadores en huelga.

No se trata en ningún caso de ser cazaconflictos o ‘paracaidistas’, sino acudir a prestar ayuda tal y como a cualquiera le gustaría que le ayudasen en un conflicto propio. Y no sólo ayuda técnica, sino plantear nuestra opinión por varias razones, la primera de las cuales es que pensamos que es verdad lo que vamos a decir, así que… ¿Por qué no expresarlo si puede ayudar?

Siempre va a ser más útil y revolucionario intentar aportar a otros trabajadores la experiencia adquirida, técnica y teórica, que sentarse frente al ordenador a criticar en foros de Internet o en la barra de un bar las consignas de unos trabajadores en huelga. La solidaridad y el internacionalismo no están en la vida de cada proletario por el hecho de serlo… Y se quedan en el aire si nadie los defiende cuando hay que hacerlo, si preferimos no ensuciarnos las manos ante la “impureza” de quienes se están jugando mucho de manera imperfecta.


[1] Que Unite se hizo con el control de la huelga puede ser una expresión un tanto incierta; hay que tener en cuenta la gran implantación de este sindicato en el sector energético británico. Lo que sí es una realidad es que las demandas del comité de huelga iban dirigidas a un mayor control por parte del sindicato, a un control sindical de casi todo, y esto demuestra la influencia de Unite en la huelga de Lindsey.

[2] Como veremos, una de las exigencias de los huelguistas era que los trabajadores extranjeros contratados lo fueran bajo el convenio NAECI (Convenio Nacional para la Ingeniería y la Industria de la Construcción). Si no estaban contratados por este convenio era porque, según las directivas comunitarias (respaldadas por el Tribunal Europeo de los DDHH), esto sería “moderar el comercio”, una práctica contraria a la libre circulación de capital y mercancía fuerza de trabajo.

[3] De la carta #30 del colectivo con base en Bruselas Mouvement Communiste: The strike at Lindsey Refinery: a struggle entangled in nationalism.

[4] De hecho, originalmente es una consigna del National Front.

[5] El chovinismo o chauvinismo (del patriota francés Nicolas Chauvin, un personaje histórico condecorado en las guerras napoleónicas) es la exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero. Conocido también como patrioterismo, es la creencia narcisista de que lo propio del país o región al que uno pertenece es mejor que el resto en cualquier aspecto.

[6] Con el “fontanero polaco” se refieren los medios de comunicación y de análisis político al trabajador cualificado y barato de Europa del Este. Es temido por los trabajadores franceses por suponer un serio riesgo, con las directivas de la Unión Europea, para sus salarios y condiciones laborales.

[7] El Derecho anglosajón se basa más en la jurisprudencia que en las leyes. Esto hace que muchas de sus leyes sean ambiguas; se espera que los tribunales, con sus sentencias, las clarifiquen. Estas sentencias judiciales son, pues, la base de este Derecho.

[8] Hay que mencionar que algunos trabajadores en huelga solidaria exhibieron pancartas con el lema “Works of the world, unite!”

[9] Ver Nota 3

[10] El trabajador entrevistado dijo que no podía trabajar junto a los italianos y portugueses debido a la política de segregación llevada a cabo por IREM. La BBC vio muy fácil el asunto: tan sólo había que cortar la frase y un trabajador británico acabaría reconociendo públicamente que era un racista y no podía trabajar al lado de italianos y portugueses. El 6 de febrero, la propia cadena de televisión se vería en la obligación de pedir disculpas por la manipulación que había hecho de las declaraciones del trabajador entrevistado.

[11] http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2009/feb/05/strikes-foreign-workers

[12] La compañía francesa Alstom hizo un movimiento similar: contrató a dos empresas del grupo Duro Felguera para montar calderas y turbinas en la central eléctrica Stay-thorpe. Los trabajadores británicos se pusieron en huelga, mientras que Alstom se defendía con la legislación europea en la mano: “es ilegal obligar a una subcontrata a dar empleo a trabajadores de una nacionalidad concreta”

[13] Estas demandas son las siguientes:

  • No persecución de los trabajadores que llevan a cabo acciones solidarias.
  • Todos los trabajadores en Reino Unido deben estar cubiertos por el acuerdo NAECI (Convenio Nacional para la Ingeniería y la Industria de Construcción). (No lo eran porque según las directivas comunitarias, respaldadas por el Tribunal Europeo de los DDHH, esto sería “moderar el comercio” o, lo que es lo mismo, ir contra la libre circulación de la mano de obra y del capital. La refinería de Lindsey es conocida por ser un lugar “privilegiado” –sus trabajadores se han ganado el miedo de la dirección- y sus condiciones están bajo el convenio NAECI)
  • Registro de los trabajadores cualificados desempleados controlado sindicalmente
  • Formación de los trabajadores jóvenes por parte del gobierno y/o los empleadores.
  • Sindicalización de todos los trabajadores inmigrantes.
  • Asistencia sindical a los inmigrantes.
  • Relaciones con los sindicatos del continente

[14] El Socialist Party es el nombre del partido formado tras la salida-expulsión de The Militant del Partido Laborista británico. The militant es la versión inglesa de la española “El militante” cuyo exponente más conocido es el infame Sindicato de Estudiantes.

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