gruporuptura

Editorial

In número 5 on 2 abril, 2010 at 6:12 pm

En los tiempos que corren parece obligado abrir cualquier texto introductorio mencionando la famosa crisis. Si al editar el número anterior empezaban a vislumbrarse sus efectos, durante el año que ha pasado hasta la edición de este nuevo número nos hemos metido de lleno en ellos. No repetiremos lo que ya se ha repetido hasta la saciedad: datos económicos, represivos, sociales, psicológicos con los que dibujan el cuadro de nuestra experiencia. En el número anterior tratamos de  entender las causas y posibles consecuencias de la crisis capitalista, a ver si de alguna forma éramos capaces de proponer formas de enfrentarnos a ella que pudiesen acercarnos a la destrucción del capitalismo. Nuestro objetivo no ha cambiado desde entonces. Creemos que entender la realidad que nos rodea mientras luchamos contra ella es la única manera de tener alguna oportunidad de superarla. Por esto, en este número hemos tratado de seguir por ese camino, el de analizar críticamente nuestras experiencias, y las de otros compañerxs, para aprender de nuestros errores y seguir desarrollando prácticas anticapitalistas más eficaces a corto y largo plazo.

Más allá de la crisis, si hay algo que destacar sería lo sucedido en Grecia en diciembre de 2008. Sin duda, esta revuelta ha sido lo más relevante ocurrido en Europa en los últimos diez años, en lo que a contestación social se refiere. No sólo por la dureza de los enfrentamientos, sino, sobre todo, por la extensión social, duración y motivación explícita de los mismos. El diciembre griego sacudió a los anarquistas y anticapitalistas del resto de Europa, que no dudamos en mostrar nuestra solidaridad con lo que estaba sucediendo, mostrando, de paso, nuestra precaria situación. En esto Madrid no fue una excepción, las expresiones de solidaridad con la revuelta griega y, después, con los detenidos frente a la comisaría de la calle Montera fueron un buen ejemplo de nuestras potencialidades… y de nuestras debilidades. En el primer artículo hemos tratado de sacar algunas lecciones de estos días, con la mira puesta en ir más allá de nuestras propias limitaciones.

En los últimos meses hemos visto como la propuesta de cambiar la ley del aborto por el gobierno del PSOE ha sacado a la calle a lo más rancio y desagradable del país, como punta de lanza de una ofensiva mediática y política de los sectores más reaccionarios y tradicionalistas. La batalla por el control de nuestros cuerpos y mentes, en este caso el de las mujeres, es un aspecto más de la lucha por la mejora de nuestras condicionas de vida. En este sentido debemos desarrollar un discurso que afirme contundentemente nuestra necesidad de decidir qué hacer con nuestros cuerpos por encima de moralistas de todo pelaje. Un discurso y una práctica que nos permita no tener que ir a remolque de la izquierda institucional.

Finalmente hemos dedicado buena parte de este número a tratar de entender qué son y cuál es la importancia de las clases sociales en la sociedad capitalista. Desde el inicio de esta publicación siempre hemos expresado una postura de clase basada en nuestra experiencia y la intuición de la importancia de la lucha de clases en la sociedad que nos rodea, aunque nunca le habíamos dedicado un texto en profundidad. Consideramos importante este texto para entender de dónde surge gran parte de la conflictividad social en la sociedad capitalista, la lucha de clases, y también para entender cómo ésta ha cooptado otras diferencias como el género, la “raza”, la cultura y las dominaciones que se pueden derivar de éstas. También para evitar caer en el obrerismo, que glorifica acríticamente al trabajador, en el ciudadanismo, que absorbe el discurso dominante abstrayéndose de la división social en clases, o en la mitificación de la marginalidad y la delincuencia. Para nosotros lo revolucionario no es glorificar la lucha de clases, sino comprender que sólo podemos escapar a ella a través de la creación de un movimiento que nos conduzca a la revolución.

La construcción de un movimiento revolucionario es la tarea a la que todxs nos enfrentamos, y en este sentido queremos acabar lanzando dos propuestas que consideramos necesarias para encaminarnos en esa dirección.

Por un lado, es necesario que los revolucionarios creemos espacios donde poder confluir, donde poder compartir experiencias, analizar la realidad y los conflictos en los que estemos implicados, desde donde desarrollar teoría, estrategias y tácticas anticapitalistas que llevar a la práctica y difundir públicamente. Espacios, físicos o  no, que perduren en el tiempo, que se doten de una cierta estabilidad pero, sobre todo, que tengan unos objetivos y una base real. Nada de “hablar por hablar”. Si los grupos participantes no desarrollan una práctica real autónoma, si su único interés es discurrir sobre el sexo de los ángeles, o suplir mediante el debate las carencias prácticas, sólo serán una pérdida de tiempo, energía y ganas. Igualmente, sin objetivos reales concretos, lo más probable es que acabemos perdidos y sin rumbo.

La segunda propuesta se centra en cómo intervenir en la realidad, en los conflictos que se produzcan. La tarea de los revolucionarios y sus organizaciones no puede ser dirigir las luchas o sustituir los órganos proletarios (asambleas, piquetes, etc.) que surjan. Su papel deberá ser crear, fomentar, alentar y defender estos grupos, participando en ellos, aportando experiencias y propuestas, aprendiendo y extrayendo lecciones de la práctica. Estos grupos seguramente surgirán sobre la base de reivindicaciones concretas, quizás muy básicas, pero, si todo va bien, la práctica, el enfrentamiento y su crecimiento numérico les harán ir asumiendo cada vez más tareas, planteando unas reivindicaciones más globales y desarrollando un enfrentamiento más amplio y directo. La tarea de los revolucionarios será estar allí, en esas organizaciones que se formen o que formemos, apostando y poniendo en práctica tácticas que, siendo asumibles por cualquier proletario, no dejen de ser eficaces, y que contengan en su forma (horizontalidad, comunicación y acción directa, etc.) y en su contenido (igualdad, apoyo mutuo, solidaridad…) el germen de la sociedad que queremos construir y de la forma en que queremos vivir.

La división del movimiento obrero clásico entre lucha económica y lucha política, es decir, entre partidos y sindicatos o entre organizaciones específicas y sindicatos, es impuesta por la propia naturaleza del capital, que divide las relaciones humanas en relaciones económicas y políticas, cada una con una estructura específica donde desarrollarse: el estado y la empresa. Estado y economía son dos caras de la relación capitalista, que debe combatirse integralmente, sin distinciones y sin asumir las falsas divisiones que trata de imponernos. Un movimiento verdaderamente comunista debe ser un movimiento integral, que trate de acabar con todas las separaciones que nos impone el capital a través de la economía (división por ramos o sectores, por paro o trabajo, como competidores en el mercado de trabajo) y del estado (como ciudadanos “iguales” que recomponen sus intereses a través del voto y la representación) y, por tanto, cualquier organización proletaria no debe limitarse a tal o cual aspecto del capital, política o economía, sino que debe criticarlo, en la teoría y en la práctica, globalmente y desde su propia raíz.

Debemos tratar que los organismos de proletarios que se formen lo hagan por encima de dichas divisiones: nada de asambleas de parados o de trabajadores, asambleas de trabajadores Y parados, concretando los intereses comunes y cómo el capital utiliza la división para enfrentarnos y empeorar las condiciones de todos. Debemos potenciar la creación de asambleas de proletarios (si utilizamos está palabra es para enfatizar que no se hagan distinciones entre trabajadores, estudiantes, parados, amas de casa, etc., el nombre concreto que adopten es lo de menos) centradas en el territorio. También pueden potenciarse las asambleas de trabajadores siempre que sea posible, pero exceptuando empresas grandes, generalmente públicas, y con una plantilla medianamente estable será difícil que tengan una duración más allá del conflicto. Dada la situación actual, estas asambleas seguramente empiecen a partir de los pocos lazos sociales en los que aún podemos apoyarnos: de amistad, familiares, afinitarios, políticos, etc. Empezando desde aquí debemos tratar de extenderlas a cualquiera que esté dispuesto a enfrentarse al capital partiendo desde una postura de clase, pero asumiendo unas formas y unos contenidos que pretenden ir más allá de la simple reivindicación de clase.

Un movimiento que aspire a destruir el capitalismo no puede quedarse en un mero movimiento de clase. Debe partir de la lucha de clases, pero sólo para ir más allá. Como proletarios nuestra única salida colectiva al capital es la destrucción del mismo, lo que implica nuestra autosupresión como clase y la reconstrucción de la humanidad y de la comunidad que nos han sido arrebatadas. El proletariado no tiene ningún interés a largo plazo en afirmarse como clase dentro de la relación capitalista, su único interés es la supresión del capital y de las clases sobre las que éste se asienta. Para ello, el movimiento revolucionario debe tender a la construcción de relaciones sociales comunistas: fraternas, horizontales, libres, de igual a igual, no mercantilizadas, etc. relaciones que sólo podrán establecerse sobre la base de un enfrentamiento colectivo y social con el estado y el capital, descartando aventurillas individualistas, grupusculistas y/o suicidas, evitando encerrarnos en “guetos” en los que compensar nuestra incapacidad de enfrentarnos a la realidad, sin que eso signifique sacrificar ni un ápice de radicalidad y de contenido, aunque quizá sí un poco de pose y de formas.

Diciembre 2009

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