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Precariedad

In número 3 on 10 marzo, 2010 at 8:46 am

1. Hacia una definición de precariedad

No es fácil definir lo que entendemos por precariedad. Por precariedad entendemos la cualidad de precario, y por precario aquello que es de poca estabilidad o duración o que no posee los medios y recursos suficientes lo que abre la puerta a que estas dos palabras puedan ser aplicadas en general a casi cualquier cosa. Podemos tener un empleo precario, unas relaciones afectivas precarias, una casa precaria, una vida precaria, un coche precario, etc. Decimos esto sólo para recalcar la importancia de delimitar lo que entendemos por precariedad, en primer lugar aunque sólo sea para entendernos, y en segundo lugar por que cuando uno utiliza una misma palabra para referirse a tantas realidades distintas corre el riesgo de vaciarla de contenido, de convertirla en un cliché que intentando explicarlo todo acaba por no explicar nada.

Si por un lado encontramos esta pretensión de abarcarlo todo con la precariedad, también encontramos lo opuesto: la pretensión de reducirla a una característica muy limitada (no por su extensión, que va en aumento) de las condiciones laborales: la temporalidad. Ésta, es la precariedad de la que nos hablan las encuestas laborales. De esta forma, su “lucha” contra la precariedad es reducir el índice de temporalidad en las encuestas y su propuesta es clara: disminuir el precio del despido en el contrato indefinido y subvencionar dicha modalidad de contratación para hacerla “más atractiva” a los empresarios. Esto supone, por un lado,  convertir en contratos “temporales” de facto a los contratos indefinidos o dicho de otra forma, para combatir la temporalidad como particularidad que afecta a ciertos sectores de la clase trabajadora, temporalicemos las relaciones laborales de todos ellos.  Esto no es sino otro ejemplo de cómo se utiliza el lenguaje para esconder un empeoramiento real de las condiciones laborales, un ejemplo aun más sangrante si cabe es el de Inglaterra que en abril del 2007 decidió acabar con la discriminación salarial entre los funcionarios… reduciendo el salario a los hombres. Por el otro lado supone que sea toda la sociedad con los impuestos los que paguemos a los empresarios por contratarnos en mejores condiciones, subvenciones que al entrar hoy en la caja del empresario facilitaran que este pueda pagar los despidos de mañana.

Entre estos extremos nos encontramos con definiciones que entienden la precariedad como un conjunto de condiciones laborales más o menos determinadas y más o menos actuales que sufre un sector cada vez más amplio de la clase trabajadora. Por ejemplo:

“Precariedad es el fenómeno de degradación de las condiciones de vida, empleo y trabajo que se padece por personas y colectivos, y que dificulta la realización de proyectos de vida personales emancipados, desarrollar la libertad personal y colectiva, y que impide el ejercicio libre de derechos ciudadanos y políticos plenos. La precariedad entraña una situación de dependencia, vulnerabilidad, fragilidad en la obtención de ingresos y bienes necesarios para un proyecto de vida completo, y supone una situación de riesgo y exclusión”.

D. Albarracín (Economista, miembro de CCOO y de Espacio Alternativo)

Aunque estas definiciones son mucho más útiles que las totalizadoras o las abiertamente reduccionistas a la hora de abordar la precariedad, su problema es que sólo arañan la superficie de la misma. Muchas veces se limitan a ser pura fenomenología, simples catálogos, más o menos extensos, de condiciones laborales, extralaborales o vitales que configurarían “lo precario”. Para nosotros, analizar y comprender la precariedad pasa por abordarla desde su núcleo central que la explica y da sentido: la precariedad debe entenderse y afrontarse como el proceso de pérdida de poder de la clase trabajadora en el conflicto capital-trabajo, como un desplazamiento de la relación de fuerzas hacia el polo del capital.

Es decir, el trabajador precario se caracteriza por sufrir una serie de condiciones laborales y sociales que le colocan en una posición de indefensión frente al capital: salarios bajos, trabajo en negro, subcontratación,  temporalidad o inestabilidad, encadenamiento de contratos, falsos autónomos, malas condiciones de trabajo, acoso laboral, bajos subsidios por cotizar menos de lo que se está cobrando…

Es evidente que la cosa no se queda ahí, si no que de esta situación se derivan toda una serie de complicaciones y problemas vitales: la dificultad de acceder a una vivienda (las casas están caras pero es que además nuestros sueldos son una mierda), la inestabilidad material que se traduce en inestabilidad psicológica (ansiedad, depresión…), la incertidumbre, la inseguridad, el miedo a un futuro desconocido…

Además tenemos que tener en cuenta que las condiciones de trabajo precario refuerzan e intensifican la debilidad de toda la clase trabajadora, no sólo de aquellos que directamente las sufren (los trabajadores precarios) si no también de todos aquellos que, sin sufrirlas, sienten su amenaza constante. La división entre eventuales y fijos, además de ser una forma muy rentable de ajustar la producción a las necesidades del mercado, se convierte así en un arma mortal para cualquier tipo de lucha.

Todas estas condiciones son la consecuencia de una debilidad de la clase trabajadora (habría que analizar cómo se llego originalmente a esta debilidad) pero a su vez son la causa de la misma. La precariedad se refuerza a sí misma, generando miedo, inseguridad y división lo que permite y favorece su continuidad y su extensión.

Esta pérdida de poder se refleja obviamente en un recorte de los derechos formales, en la medida en que estos no son más que la expresión normativa de una determinada relación de fuerzas (pasada o presente). Pero, lo que es más importante, esta pérdida de poder implica sobre todo una suspensión de facto de los existentes: de qué sirve tener el derecho a sindicarse si el empresario tiene el derecho a no renovarte, de que sirve el derecho a una vivienda si el precio que hay que pagar por ella no es asumible. Enfocar la precariedad desde la perspectiva de los derechos es por tanto no sólo irreal y simplista si no que, lo más importante, además es ineficaz (por no hablar de que asume desde el principio jugar en el terreno del enemigo, el de la ley). Combatir la precariedad no puede pasar en ningún momento por pedir que se cumplan los derechos existentes, o por inventarse nuevos derechos que reclamar si no por reconstruir colectivamente una situación que permita imponer las necesidades de la clase trabajadora sobre las necesidades del capital y su lógica del beneficio. Pedir derechos sin tener la fuerza necesaria es actuar guiados por una mistificación, por una inversión del funcionamiento real de las cosas.

Dicho de otra forma, la lucha contra la precariedad debe partir de la lucha contra las causas que la hacen posible. Debe partir de la lucha contra la debilidad de los trabajadores, es decir la lucha por el fortalecimiento de nuestra clase. Esto no pasa por suspirar por un pasado mitificado de luchas obreras y monos azules, si no por observar las luchas que se están dando desde y contra la precariedad, aprender de sus aciertos, criticar y superar sus fracasos y plantear nuevas luchas que reviertan la situación en la que nos encontramos.

2. La precariedad y sus consecuencias para las luchas

Como planteábamos en el primer punto, es necesario afrontar la precariedad desde el terreno y la perspectiva del conflicto capital-trabajo, desde la lucha de clases y no desde la concepción legislativo-normativa (derechos, leyes, etc.). Esto pasa en primer lugar por analizar las consecuencias que la precariedad tiene para la lucha de clases y en segundo lugar plantearnos qué podemos hacer para abolir esa relación de fuerzas que nos condena a la precariedad laboral y vital.

Antes de entrar de lleno nos gustaría recalcar que la lucha de clases no se puede limitar al marco laboral. Nadie puede dudar que el trabajo (o más bien la explotación de la fuerza de trabajo, de nuestra fuerza de trabajo) es lo que hace girar la rueda capitalista. Sin embargo, esto no significa que debamos reducir la lucha de clases a las luchas laborales, ni mucho menos. El capitalismo es un sistema de explotación y dominación tremendamente expansivo, vive a costa de crecer, conquista y arrasa todos los rincones de la vida imponiendo su dominio mercantil y sus relaciones cosificadas. Intenta que nada escape a su control. Pero este sistema lleva consigo, marcado a fuego, el conflicto entre capital y trabajo, entre explotadores y explotados y por lo tanto su extensión es la extensión de la lucha de clases. Esto implica que la mayoría de las luchas cotidianas se encuentran atravesadas por la lucha de clases. La dominación patriarcal, que obviamente existía antes del capitalismo, adquiere una nueva forma dentro del capitalismo, capaz de ser “machista” o “feminista” según lo necesite (lo que no significa que la gente sea capaz de cambiar tan rápido como necesita el sistema). El racismo, que también existía antes del capitalismo, es utilizado también por el capital. El racismo es funcional cuando afecta y divide a los proletarios, pero poco duraría un capitalista que antepusiese sus prejuicios racistas a los intereses del capital.

Esperando haber dejado esto claro, pasamos a concretar los efectos que la precariedad tiene sobre la clase trabajadora y por tanto sobre las luchas laborales. Partimos del convencimiento de que las formas particulares en las que la fuerza de trabajo se inserta en el proceso de producción tienen una serie de efectos sobre el comportamiento social y político de los trabajadores. En lo que respecta a la precariedad estos efectos son fundamentalmente dos: inseguridad y separación. Nosotros vamos a limitarnos a intentar clarificar qué consecuencias tienen para las luchas (fundamentalmente las laborales) aunque somos muy conscientes que su rastro podría seguirse mucho más allá.

Se ha comentado anteriormente y es bastante obvio para cualquiera que la precariedad produce ante todo inseguridad y miedo. La incertidumbre respecto a si trabajaremos mañana o no, o en qué condiciones lo haremos nos generará una lógica sensación de inseguridad, mayor cuanto mayores sean las cargas que tengamos encima: hipoteca, coche, hijos o padres a nuestro cargo, etc. Esta inseguridad hace que nos aferremos a lo que tenemos ahora (aunque sea una mierda) y nos inocula el miedo a perderlo convirtiéndonos en seres dóciles, sumisos, incapaces de levantar la cabeza por miedo a recibir la primera colleja. Que quede bien claro, esto no puede plantearse como un problema individual de valientes y cobardes si no que, a pesar de afectarnos individualmente, es un fenómeno colectivo que nace de unas condiciones sociales compartidas.

En el mismo sentido actúa la pérdida del ‘oficio’, enfrentados a mil y un cambios de ocupación, el trabajo se derrumba como posible referente identitario. Es difícil construir una identidad en torno a la ocupación laboral como muchos hacían en el pasado. Acostumbrados a mamar lo contrario durante buena parte de nuestra vida o bien habiéndolo vivido durante una parte de la misma, esto puede sin duda dejar a algunos confusos, desorientados e inseguros.[1] Lo mismo ocurre con aquellos que durante años han estudiado una formación (biólogo, historiador, filólogo, etc…) que poco tiene que ver con lo que están trabajando. Es normal agobiarse y sentirse frustrado cuando tras cinco o más años de universidad uno se da cuenta que trabaja en otra cosa totalmente diferente (jardinero, teleoperador, comercial, camarero…)

Todos estos factores (incertidumbre, frustración, ansiedad…) se unen para moldear una personalidad dócil y conformista que buscará la solución a sus problemas lejos del enfrentamiento en el curro.

La precariedad es un mecanismo de separación muy poderoso que actúa a varios niveles. La temporalidad y la rotación impiden la formación de lazos duraderos en los curros, fomenta relaciones personales fugaces, de usar y tirar, que tienen como consecuencia un individualismo cada vez mayor y una dificultad en reconocernos en nuestros iguales, de conectar dándonos cuenta de la cantidad de condiciones e intereses que compartimos. Sobre la base de la separación se construye la incomunicación y el aislamiento, el egoísmo y el individualismo feroz. Y esto sólo en lo que respecta a los tajos, ya que hablar de cómo se ha impuesto la separación y el aislamiento en el resto de nuestras vidas (en los barrios, en las relaciones personales, generacionales, etc.) no cabe en este artículo. Esto a nivel individual y personal. A nivel colectivo la precariedad es un mecanismo más de división de la clase trabajadora, como la división nativos-inmigrantes, como la discriminación por género, por edades, por salarios, etc… En este caso crea una distinción entre contratados y fijos, de la cual se aprovechan las empresas para fomentar la desunión beneficiando a los segundos en perjuicio de los primeros, aparte de mostrarles  a los fijos día a día lo que les puede pasar si “causan problemas”. Al igual que la individualización o el resto de separaciones artificiales mencionadas antes, ésta dificulta el reconocimiento mutuo en una condición general común (el salariado, la explotación, la desposesión…) por encima de diferencias formales y el reconocimiento de unos intereses comunes por encima de los particulares, lo que en último término fomenta el corporativismo y la defensa de los privilegios por encima de la solidaridad con los menos privilegiados. La paradoja miserable de todo ese asunto es que el egoísmo de muchos de estos trabajadores “privilegiados” (con honrosas excepciones) encierra su propia debilidad y por tanto el fin de sus propios privilegios.

3. Afrontar la precariedad

Llegados a este punto la siguiente pregunta está bien clara. ¿Qué mierda hacemos ahora? Partimos de una situación de debilidad que nos condena a unas condiciones laborales y vitales miserables y a una mayor debilidad. La pescadilla que se muerde la cola nos ahoga pero bien. En vista del análisis que hemos hecho hasta ahora de la precariedad como un desplazamiento de la relación de fuerzas entre proletariado y burguesía, entre capital y trabajo la respuesta es fácil de plantear (otra cosa es que sea fácil ponerla en práctica). Afrontar la precariedad pasa por invertir esa relación de fuerzas, por recuperar nuestra fuerza como clase, por reconstruir el poder que nos han arrebatado. No nos hagamos ilusiones, revertir esta situación sólo puede concebirse a medio-largo plazo y no se basará en chous ni espectacularidades, si no en una participación continua, paciente y complicada en las luchas de hoy y de mañana. Habrá que ponerse manos a la obra cuanto antes…

Hemos comentado arriba que la precariedad en tanto que proceso que se retroalimenta tiene como causa y consecuencia la inseguridad y la separación. Bueno, pues parece obvio decir que un primer paso sería recuperar la seguridad y reconstruir una nueva unidad. ¿Cómo? A través de la solidaridad. ¿Cómo? Bien, la experiencia diaria nos dice que en principio parece bastante difícil conseguirlo dentro de  los curros. Repasemos: la temporalidad como hecho o como amenaza constante (posibilidad de no renovación), rotación constante de un curro a otro, salarios bajos que nos ponen difícil ahorrar, ambientes laborales donde reina el individualismo y el cada uno a lo suyo… seamos realistas, no creemos que en un primer momento sea posible cambiar esto simplemente dejando panfletos en los vestuarios o haciendo pintadas en los baños[2]. Quizás la cuestión pase por organizarnos como trabajadores no en base a nuestro fugaz paso por tal o cual empresa o nuestro puede que menos fugaz paso por tal o cual ramo o gremio, si no por movilizar en un principio las escasas redes de solidaridad y apoyo mutuo que nos quedan, los colegas del barrio, los compañeros políticos, etc., apoyándonos en ellas para afrontar los problemas laborales (y claro, también los no laborales) desde esta solidaridad real. Buscando engordar estas redes con nuestros compañeros de curro y con sus colegas, vecinos, compañeros, etc. por el simple mecanismo de “hoy por ti, mañana por mí”, la solidaridad puesta en práctica. Allí donde no puedas dar la cara tú porque te va a fichar tu jefe, allí estaré yo para demostrarle que a mí no me puede achantar tan fácilmente, donde yo no pueda golpear, otro lo hará por mí, donde haya un currela chivato que haya un compañero que mande callar, etc.  Romper el miedo y la separación por la práctica real del apoyo mutuo, haciendo nuestras las reivindicaciones de los otros cuando éstas sean las de toda nuestra clase.

Sería muy iluso plantear que esto por arte de magia va a funcionar de la noche a la mañana. La inercia, la desconfianza, la desidia, el individualismo… son difíciles de romper. La solidaridad no se construye fácilmente, ni de un día para otro. Por esto vemos necesario partir en un primer momento de redes donde ya exista ese mínimo necesario para empezar: la amistad, la afinidad, la complicidad. Pero es importante que siempre se plantee desde la perspectiva de ampliar esos mínimos, de construir lazos con nuestros iguales, de apoyar pidiendo a cambio lo mismo, buscando la reciprocidad y no la ayuda del buen samaritano.

Sin embargo, creemos que este sólo puede ser un primer paso, un punto de apoyo desde el que intentar extender entre los trabajadores que lo único que puede ayudarnos a superar nuestras miserias es la solidaridad y la unidad en base a una situación y a unos intereses comunes. Por eso nosotros creemos que el objetivo último debe ser la organización de los trabajadores en base a la territorialidad.

Asambleas de barrio, de pueblo o de lo que sea en las que nos reconozcamos no como vecinos, consumidores, ciudadanos, jóvenes o viejos si no como gente condenada a trabajar para poder vivir, sin importar si tenemos curro o estamos en el paro, si somos precarios o hemos conseguido un curro fijo. Puntos de encuentro que nos permitan superar las divisiones que nos impone el capital: mujeres, hombres, nativos, extranjeros, etc. Que no sólo se limiten a las luchas en los curros (¿alguien lo dudaba?) si no que afronten los problemas de los barrios, los desahucios, los desalojos, los planes de urbanismo salvaje, la especulación, los nazis…

Es probable que a alguien le suene la consigna “autoorganización en los barrios”, como decíamos no es nada nuevo. Lo que cambia es para qué nos organizamos, en base a qué nos organizamos, con qué condiciones, con qué medios. Ahí está el tema, ahí está lo importante. La necesidad de autoorganizarse es una obviedad y plantear la organización territorial como trampolín para la lucha en los curros una necesidad que nace de las experiencias históricas que murieron ahogadas en su propia fábrica y de la imposición capitalista de un cambio en la  organización y gestión del trabajo asalariado.

Dejamos claro ya que no pensamos que esto sea un gran descubrimiento o una panacea milagrosa, de hecho teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros vivimos bastante lejos de donde curramos y que el lugar de trabajo (la zona, el barrio) suele ser tan cambiante como el propio curro, definir la zona territorial desde la que partir es de por sí, algo problemático. Este y otros límites y debilidades los destapará una crítica rigurosa de la práctica, hasta entonces creemos que puede ser un buen intento de extender la autoorganización, el apoyo mutuo y la lucha de clases.

Hasta aquí hemos planteado algunas propuestas de autoorganización de los explotados con el objetivo explícito de mejorar nuestras condiciones laborales[3] (y repetimos, también las no laborales aunque en este artículo nos hayamos centrado exclusivamente en las primeras) a través de la solidaridad, el apoyo mutuo y el enfrentamiento directo con nuestros explotadores. Estas asambleas, piquetes, como se quieran llamar (lo importante es el contenido) deben ser el punto de encuentro mediante el cual se reconstruyan las relaciones entre nosotros los proletarios, esta reconstrucción no puede hacerse más que en base a la lucha contra la explotación, en base a la lucha de clases. Somos lo que hacemos y es en ese sentido en que si queremos construir un movimiento anticapitalista combativo, horizontal y autoorganizado debemos apuntar desde el principio en esa dirección, aunque esto haga que nos cueste más dar los primeros pasos.

Este proyecto de intervención en la realidad debe correr paralelo a nuestra organización en tanto que minorías anticapitalistas. No podemos dejar nunca de lado el trabajo de autoformación, de análisis, de propaganda y de agitación. En este sentido nuestra propuesta pasa, como comentamos en números anteriores, por la organización en grupos de afinidad y la formación desde la base de organizaciones según los objetivos e intereses de los propios organizados. La gran pregunta es cuál debe ser la relación entre ambos proyectos. La historia nos ha mostrado que tanto la relación dirigente tipo partido-sindicato leninista, como el aséptico proyecto consejista de ser meros enlaces entre diferentes luchas son diferentes expresiones de alguien que se coloca conscientemente fuera de las luchas, bien como pretendido dirigente o bien como mero observador. Como desconfiamos bastante de las recetas mágicas creemos que la solución surgirá en el transcurso de la práctica, en nuestros intentos por organizarnos y por participar en los conflictos que nos afecten yendo como uno más, con nuestra experiencia y nuestras ganas de aprender, sin vanguardismos ni seguidismos, proponiendo lo único que puede hacer que una lucha sea victoriosa: el asamblearismo, la solidaridad, la unidad desde la base y la perspectiva de clase.

A modo de apéndice. Devolviendo la pedrada: utilizando la precariedad contra nuestros enemigos

No nos resistimos a incluir al final este posible escenario que debe ser entendido como una posibilidad a la que quizás lleguemos si hacemos las cosas bien.

Si bien actualmente las condiciones que impone la precariedad son sin duda un lastre para las luchas laborales, podemos pensar que si en un futuro el nivel general del conflicto subiese las mismas condiciones que hoy son un lastre se podrían convertir en un impulso para la radicalización de los conflictos. La rotación por diferentes trabajos y ocupaciones impide la formación de lazos duraderos pero también puede fomentar la circulación de experiencias de lucha. También impide el “patriotismo de empresa” e incluso de gremio, la rotación por diferentes sectores productivos inhabilita de facto la estructura sindical permanente basada en ramos y muy seguramente limita la organización empresarial a un hecho puntual durante el conflicto.

Puede obligar además a que las luchas tengan el punto de mira en las condiciones generales de la clase y no en tal o cual convenio, sector o empresa. ¿Quién quiere una mejora limitada a una empresa en la que a lo mejor no dura ni dos años?

La inestabilidad y las malas condiciones pueden generar miedo e inseguridad pero también pueden obligar a la gente a luchar hasta el final ya que no tiene nada que perder.

Todas esto no son sino puras especulaciones, que de hecho presuponen una extensión de la idea de que las cosas se consiguen luchando colectivamente y no individualmente, una extensión de la solidaridad y de la conciencia de los intereses comunes, de la ruptura de las innumerables divisiones que nos imponen y nos creamos… Todo esto son los medios y los fines que debemos implementar en cada una de los conflictos en los que nos veamos implicados. Sólo la experiencia nos enseñará la mejor forma de hacerlo.


[1] No estamos defendiendo obviamente que el trabajo deba entenderse como un posible referente para construir una identidad, de hecho consideramos que hacerlo es un síntoma de la profunda alienación y despersonalización que sufrimos en el capitalismo, sin embargo es un hecho que ha ocurrido (como por ejemplo el ‘orgullo obrero’  o el rancio ‘obrerismo ‘) y que para mucha gente puede ser un elemento desestabilizador mas.

[2] Algo que desde luego nunca está de más hacer.

[3] Aquí es necesario matizar bien lo que queremos decir. Nuestro objetivo último no es la mejora de las condiciones laborales si no la revolución,  la destrucción del capitalismo. Ahora bien, desgraciadamente este no es un tema muy de moda y que atraiga a la gente. El camino de las luchas parciales es uno de los caminos que debe permitir una progresiva autoorganización del proletariado y un aumento progresivo de la conciencia de la necesidad de destruir el capitalismo para sobrevivir. Si esas luchas parciales no se insertan en ese contexto (el de la autoorganización y la radicalización) de nada nos valen.  Por otro lado no está de más recordar que una mejora de las condicione laborales y extralaborales puede facilitarnos la práctica anticapitalista. A nosotros que tenemos que pegarnos con diferentes horarios, turnos y cosas que hacer para poder reunirnos más o menos regularmente desde luego nos facilitaría las cosas.

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