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La esclavitud asalariada II

In número 3 on 10 marzo, 2010 at 8:48 am

El siguiente texto está dirigido expresamente a criticar a la totalidad de las instituciones mediadoras que no sólo no cuestionan la naturaleza misma del orden social, sino que realizan una función integradora en ese orden en ocasiones, y en otras, represiva a la propia clase trabajadora. Los sindicatos, como expresión de esa mediación en la lucha de clases merecen un análisis exhaustivo, y con dicho análisis pretendemos aportar un granito de arena más a la lucha sin intermediarios. Como herederos del movimiento obrero revolucionario, recogemos la crítica que desde hace más de 30 años el proletariado más crítico y radical ha venido haciendo a los llamados “burócratas”, “vendeobreros” o “rompehuelgas”, a los “liquidadores” de las luchas obreras. Hoy en día, debido a la escasa conflictividad social y el largo silencio impuesto tras la Transición apenas se utiliza para describir los procesos y herramientas que han colaborado en la eliminación de las resistencias obreras y su asimilación dentro del actual sistema disciplinario, como las luchas autónomas que se fraguaron a partir de los años 70. Pero para un análisis justo que nos sirva para un presente de lucha hay que evitar un ensalzamiento de la clase obrera y su supuesta misión histórica, hay que tener un diálogo abierto con el pasado y a la vez prescindir de viejos tópicos obreristas. Como decíamos en el primer número de la publicación, mirar para atrás para aprender de los fracasos y las victorias con espíritu crítico nunca está de más. Desde la realidad que nos toca vivir abordaremos varios apartados que por supuesto están sujetos a debate.

Esta crítica a los sindicatos no pretende ser una llamada al espontaneísmo fácil o al culto a la anti-organización, sino todo lo contrario, una llamada a la organización y a la lucha contra la dominación capitalista y sus instituciones. Es aquí donde se inserta esa crítica, en la organización de los trabajadores, poniendo en cuestión la totalidad de las relaciones capitalistas. Apoyar la actividad de los sindicatos es negarnos a nosotros mismos como explotados la capacidad de decidir y la posibilidad de una lucha autónoma sin intermediarios. Los que hemos vivido alguna asamblea de trabajadores, con honrosas excepciones, hemos asistido a espectáculos dantescos representados por el comité de empresa (supuestos representantes de los trabajadores), en las cuales las propuestas de la empresa en la negociación colectiva eran asumidas como propias por el comité, les hemos oído decir en vísperas de huelga “es esto o nada”, en un gesto de menosprecio hacia los propios trabajadores, su inteligencia y sus posibilidades. Decimos asamblea aunque a veces deberíamos utilizar otra palabra para designar esa farsa, puesto que en ningún momento se daban las condiciones que pueden caracterizar una asamblea.

Los sindicatos supusieron en el pasado un freno de resistencias durante la transición económica (principios de los 70) en la reestructuración capitalista que culminó con la consolidación de la democracia, ajustando cuentas que tuvieron que pagar los trabajadores durante la crisis económica[1]. Hoy en día presentan unas características distintas, como correa de transmisión de los partidos políticos (parlamentarismo burgués) y como empresas de servicios sindicales. Y debe ser cuestionada su doble naturaleza política y económica. Como burócratas obedecen las leyes económicas y formas políticas actuales, y mucho deberían de aclarar respecto al hecho de que por ejemplo el salario real haya permanecido estancado en España desde finales de los 70 (por no decir que entre 1999 y 2006 el salario real cayó un 5% mientras que los beneficios empresariales aumentaron un 73%). Aquí introducimos algunos conceptos económicos que deberíamos conocer para entender su papel en el contexto capitalista y de beneficio empresarial, quizá uno de los menos conocidos. Hay que partir de la dinámica objetiva de la acumulación del capital para explicar el comportamiento de las variables económicas del sistema capitalista, incluido el salario. Sería un error pensar que se trata de una consecuencia del color político del Gobierno o del régimen político en su conjunto, tanto si es un gobierno de derechas, uno de izquierdas o incluso una república “socialista” (en los términos que se planteaba la burguesía la II República). En esa dinámica de acumulación de capital y división de clases lo fundamental no es la voluntad de los políticos, de los empresarios o de los líderes sindicales, ya que forman parte de un sistema con unas leyes que son las que determinan el comportamiento de los agentes que intervienen en él. El sindicalista y el empresario son sistema y parte de él, a su vez. Pero la ley fundamental es la de la explotación, cuya primera consecuencia es que la mayoría de la población se haya visto obligada a convertir su fuerza de trabajo en mercancía[2]. ¿Cuáles son las funciones básicas a día de hoy de estas instituciones en el contexto capitalista? La reorganización pacífica de la explotación y la negociación de la venta del trabajo asalariado (el precio de las mujeres desempleadas mayores de 35 años, el de los jóvenes en situación de desempleo, o el los mayores de 65 años), en varios ámbitos: empleo, desempleo y jubilaciones (salario y pensiones).

Un factor importante que hay que tener en cuenta hoy en día para el análisis de la esclavitud asalariada es la persistencia de viejas formas de explotación adaptadas a los nuevos tiempos a las que genéricamente se las han englobado bajo el término “precariedad”. El empleo precario afecta mayoritariamente a los jóvenes pero se va extendiendo al conjunto de la clase trabajadora. La acción de los sindicatos en la mayoría de los casos ha consistido en blindar los derechos de los sectores más privilegiados de trabajadores. Como contrapartida para el empresario, se han permitido generalizar las subcontrataciones, los contratos por obra y servicio (obras y servicios de duración incierta) y un mayor grado de explotación para los sectores que se incorpora por primera vez al mercado laboral. Además, los sindicatos, bajo la llamada “conciliación de la vida personal y laboral” discrimina entre esos dos sectores, consiguiendo para algunos los mejores turnos o determinadas tareas y un sinfín de beneficios. Por otro lado, con las becas y los contratos en prácticas se encubren relaciones laborales sin derechos, utilizando a los jóvenes como mano de obra barata con fines productivos y no formativos. En definitiva, la precariedad, a grandes rasgos contiene los siguientes denominadores comunes: contratos temporales, bajos sueldos, siniestralidad laboral, jornadas maratonianas, horas extra sin retribuir… Los sindicatos son sus ejecutores puesto que en la negociación colectiva se contemplan las contrataciones temporales y los salarios, con lo cual no podemos decir que los empresarios son unos malvados que hacen lo que quieren y ya está, sino que hay que buscar las responsabilidades entre aquellos que trafican con nuestras vidas y condena a cierta juventud entre la que nos incluimos a unas condiciones laborales de mierda.

Esto que vivimos como trabajadores precarios, se acentúa en algunos casos en las mujeres, a las que se confina mayoritariamente a sectores económicos como el de servicios, en los cuales esas condiciones de vida están completamente extendidas, en la limpieza, en el telemarketing, en los bares… Desde los sindicatos, en un alarde de hipocresía y cinismo se pretende abordar las cuestiones de género como una situación de discriminación de la mujer hacia los puestos de poder en las empresas o de delegación sindical dentro de los comités de empresa. Por ejemplo, CCOO, en su faceta de empresas de servicios sindicales publicita su actividad de formación y representación de la mujer, fomentando con su patraña de planes de igualdad la intervención sindical de las mujeres mediante delegadas, para lograr un mayor número de mujeres en las candidaturas que no tienen por qué ser portadoras de valores distintos a la de los hombres (pueden ser más sexista incluso). Dentro del patriarcado más bien parece una careta liberal más para su sometimiento económico y social. ¿Por qué decimos esto?

El reconocimiento social y laboral de una trabajadora en el capitalismo viene dada por la predisposición de la propia trabajadora hacia las conductas productivas, pacificadoras y disciplinarias de las empresas. Si además esa trabajadora se halla en puestos de poder, parece lógico pensar que una delegada conflictiva poco podrá hacer dentro de ese marco empresarial. Por ejemplo, a día de hoy, en la tan cacareada “Ley de Dependencia”[3], se expresa claramente que “la profesionalidad ha de ser un requisito indispensable en este tipo de empresas donde el capital humano representará su principal y mayor activo”. Por tanto, estas trabajadoras están sujetas a unos valores de dudoso carácter ideológico. Mientras que por arriba en las empresas se quiere fomentar la promoción de mujeres a puestos de poder, por abajo se sigue dando con el látigo.

¿Cuál es el problema de hacer un discurso de “lo precario”? La precariedad es una forma más de explotación económica, la cara más moderna y más pronunciada en la calle. Pero para algunas protestas de la izquierda es la forma más “light” de echar a la cara a los dirigentes, que nos explotan y que tienen que hacer algo. Protestar contra la precariedad es algo lógico aunque si se pierde el horizonte y la totalidad de la explotación llega a convertirse en convenciones al uso para no encarar los problemas estructurales y la lucha de clases. La precarización de la vida y las condiciones laborales debe ser vista, por tanto, como una progresión, no como un fenómeno nuevo.

Como conclusión, queremos destacar que lo más importante de los análisis teóricos sobre los sindicatos y los discursos integradores reside en deshacerse de todas las barreras y corazas ideológicas y físicas que nos permita la progresiva organización y conciencia para conseguir la unidad y la solidaridad de los explotados. Los burócratas necesitan masas manejables, trabajadores aferrados a ilusiones burguesas y no trabajadores con conciencia de clase. El Pacto Social a día de hoy consiste en impedir y frenar todas las luchas posibles para que los trabajadores se conformen con su salario y firmen los convenios sin rechistar, en pro de su propia existencia y su posición de poder, y para ellos es necesaria la continuidad de la explotación. Los sindicatos son los responsables a día de hoy de la congelación de salarios y de dejar pasar la subida de los precios[4], algo que no oiremos decir nunca en televisión. No son fenómenos casuales de la economía. Los distintos gobiernos han necesitado siempre interlocutores de confianza, y es por ello que los sindicatos fueron legalizados y promovieron la creación de burocracias. Nosotros pensamos que la aceptación de la integración a través de los sindicatos a día de hoy es uno de los pilares del Capital para su histórica dominación sobre nuestra clase.


[1] Hace referencia a las constantes llamadas a “salvar la economía nacional” por parte de los sindicatos

[2] La venta de nuestra mercancía fuerza de trabajo en teoría nos permite adquirir las mercancías necesarias para vivir, siempre que la acumulación no sufra las consecuencias de las periódicas crisis capitalistas y que el desempleo no crezca desmesuradamente y presione los salarios a la baja. Pero la pobreza relativa de una mayoría creciente de la población será cada vez mayor, las condiciones de trabajo empeoran por momentos y las condiciones de vida de los asalariados se reproducen ya cada vez más miserablemente. Al final las crisis las pagamos los de siempre.

[3] La Ley de Dependencia es uno de los productos de marketing del gobierno socialista. Aprobada en esta legislatura pretende, junto con la Ley de Memoria Histórica, contentar al sector electoral de izquierdas.

[4] Recientes subidas de varios productos básicos como la leche y el pan.

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