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La esclavitud asalariada (1ª parte)

In número 2 on 10 marzo, 2010 at 8:37 am

El objetivo de este texto es abrir el debate y la reflexión crítica sobre las condiciones laborales actuales, sus consecuencias y su influencia en las luchas en los curros, siendo conscientes en todo momento de la totalidad, de la precarización de las condiciones de vida que va más allá de ser un hipotecado o un asalariado. Pretende además ir más allá, planteando la necesidad de la abolición del trabajo asalariado y del orden burgués que sustenta y para ello queremos empezar con una reflexión sobre lo acertado o desacertado de las teorías y posturas antitrabajo.

En principio la crítica antitrabajo puede parecer objetivamente subversiva en un mundo organizado entorno a él[1], donde quien tiene trabajo, aún a veces en las condiciones más miserables, lo defiende con uñas y dientes, y quien no lo tiene lo reclama como derecho por la necesidad de una remuneración económica. No es que haya ganas de sufrir trabajando para que los patrones se lleven la mejor parte, sino que se rechaza algo de por si peor que la explotación: la marginación y el paro.

En primer lugar, nos planteamos la (in)utilidad de la cómoda crítica del antitrabajo precisamente fuera del trabajo y nos preguntamos por qué tantos hacen gala de su trabajo como temporero, empleándose en las condiciones más miserables con la excusa de su limitado consumo, rechazando cualquier lucha en el terreno laboral mientras se escudan en el discurso de “el trabajo es una mierda y cuanto menos relación tengamos con él, mejor”. Si bien eso es cierto en parte, no es menos cierto que antes o después dichas personas vuelven a tener relaciones laborales (temporales o no) de nuevo en condiciones miserables[2].

Luchar en el terreno laboral no sólo significa revindicar mejoras para nosotros, sino que creemos que pueden hacerse muchas otras cosas en ese terreno. En cualquier caso nos parece igual de indefendible que conformarse trabajando sin más deseos que vender nuestra fuerza de trabajo más cara. En ambos casos no es una posición revolucionaria como clase, sino una opción individual que nada tiene que ver con la revolución, sino con el rechazo al chantaje capitalista, con lo cual no podemos hablar de una solución colectiva el trabajar sólo cuando necesitamos el salario. En definitiva, nos preguntamos cómo podemos ser ajenos a la organización social, siendo el trabajo la base de ésta y donde la condición de salariado es general. Más aun cuando el panorama que tenemos es tan miserable hoy día y otros miran para otro lado.

Accidentes laborales como el de David Marín[3] nos hacen dudar de la seriedad de tales discursos cuando todos (en mayor o menos medida) nos tenemos que enfrentar a la precariedad y a la inferioridad frente al patrón, cada vez más manifiesta, y cada vez más salvaje. No utilizamos los accidentes laborales con un matiz sentimentalón, dado que lo  sucedido ya legitima el discurso sin la necesidad de caer en la lágrima fácil, pero nos negamos a volver la espalda ante los flagrantes casos de explotación extrema que ahogan cada vez más a la juventud. Una juventud que en su mayoría acepta el papel de trabajador-explotado con el deseo de escalar en su nivel consumista y que pocas veces se enfrenta a la clase explotadora para poder ser contratada por ella, y que en una minoría rechaza ser explotada, pero no se enfrenta a sus condiciones contractuales sino que se cobija en el frágil y temporal manto de los subsidios, prestaciones o los curros de mierda. Sin embargo todos sabemos que somos explotados y lo vamos a seguir siendo, con la única incógnita de si las condiciones van a ser más o menos desfavorables respecto a otros. Es sintomático que a los jóvenes cada vez les interese menos el contenido de las Reformas Laborales firmadas por los sindicatos oficiales a instancias de la Patronal y su impacto en el mercado laboral, al cual accedemos antes o después de manera desigual. El resultado es un trabajador ajeno a los intereses colectivos y que mira sistemáticamente hacia otro lado. Es por ello que nos gustaría elaborar un análisis a través de unos puntos fundamentales para comprender la cuestión de la esclavitud asalariada y cuáles son esas cadenas. En este primer acercamiento queremos hacer especial hincapié en las condiciones de vida de cierta juventud entre la que nos incluimos.

Una juventud esclava: el futuro es vuestro y las cadenas también

“Ésta era la nueva España moderna: trabajadores retirados jugando al dominó de lunes a viernes y bailando pasodobles el fin de semana en los clubs de la tercera edad, y sus hijos tragando cervezas en el margen de una vida sin futuro”.

Cuando hablamos de la condición de asalariado hablamos de vender nuestro tiempo empleando nuestras habilidades para ganarnos la vida, cuyo control acabamos perdiendo, y supeditándolo al beneficio económico de la empresa o el patrón de turno, y cuando hablamos de esclavitud lo hacemos desde el punto de vista de que dentro del actual orden capitalista no hay más solución que destruirlo o no dejaremos de ser esclavos por muchas cadenas que nos quitemos.

Para comprender la cuestión del trabajo como pilar de la sociedad capitalista, hay que explicar un poco el recorrido que hacemos desde la escuela, uno de los primeros espacios de ideologización y aislamiento colectivo. La escolarización masiva y universal, y más tarde la universidad, lejos de fortalecer la capacidad de análisis colectivo de la clase trabajadora tiende más bien al desclasamiento de los jóvenes generando nuevas fracturas sociales entre grupos de asalariados y difumina la conciencia de clase. (“Del pleno empleo a la plena precariedad”).Una gran parte de la clase obrera no se reconoce como tal sino que se siente más cómoda considerándose clase media, dejando la categoría de clase obrera limitada a los trabajadores manuales, obreros de la construcción y poco más.

Tras su paso por la enseñanza, la entrada de los jóvenes en el mercado laboral tiene lugar en las peores condiciones. Suelen estar más sujetos a contratos temporales y el desempleo es también mucho mayor entre los jóvenes, lo que provoca que los trabajadores pertenecientes a esta franja de edad se sitúen en “una posición más vulnerable para expresar sus preocupaciones sobre su seguridad y salud en el trabajo”. En otras palabras negarte a subir una altura para desempeñar tu trabajo o negarte a echar mas horas extras, así como cumplir órdenes o funciones que nada tienen que ver con tu trabajo te puede costar caro, aunque no tanto como correr ese riesgo. Cumplir las órdenes del patrón o quedarte sin curro: es el chantaje capitalista y su violenta realidad.  Realidad que tiene como consecuencia que los jóvenes europeos de edades comprendidas entre los 18 y los 24 años, sufran un accidente laboral grave cada minuto y una muerte en el puesto de trabajo cada dos días. Además, tienen un 50% más de probabilidades de sufrir un accidente laboral que los trabajadores del resto de las franjas de edad, según los datos presentados por el director de la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo. Probablemente sepamos de lo que nos hablan los medios de comunicación porque conocemos alguno de esos casos. Desgraciadamente nos tocan muy de cerca.

Un factor importante en esta situación es que muchas familias mantienen, total o parcialmente, a sus hijos hasta una edad muy avanzada, lo que facilita que muchos jóvenes soporten empleos precarios y bajos salarios durante muchos años. Ese papel de “colchón de apoyo” está siendo una de las claves en países como España para que el ¿paro? o la precariedad no se hayan convertido en el detonante de estallidos violentos y de la radicalización del conflicto social. Esta situación no es más reflejo de una fractura en lo que a las condiciones laborales se refiere que se expresa muy claramente (aunque no exclusivamente) a nivel generacional.

Esta fractura generacional tiene sus causas en una serie de reformas laborales impulsadas por la crisis económica que se inició en los 70 de la que la burguesía española señalo como causa el alto coste de la fuerza de trabajo, la excusa perfecta para un ataque contra las condiciones laborales de la clase trabajadora. A los desmemoriados amigos del voto útil nos gustaría recordarles que todas y cada una de las reformas laborales más brutales fueron llevadas a cabo por el PSOE.

Para entender cómo fue posible semejante caída en picado de las condiciones laborales hay que tener en cuenta varios puntos. El primero es la ya mencionada crisis económica mundial de los setenta-ochenta que es la causa. El segundo es el papel de los sindicatos como encargados de que se llevase a cabo sin conflicto social significativo. Finalmente, este papel no puede entenderse si no se parte de la derrota política de las luchas autónomas de la clase trabajadora en los años 70 que tienen su cenit en los sucesos de Vitoria en 1976.

Es esta derrota, en la que tienen gran parte de responsabilidad los sindicatos (junto con la represión, el estallido de la crisis y otros factores) lo que posibilita que éstos acaben imponiéndose como “interlocutores válidos” dispuestos a ser los ejecutores de las reformas laborales en los tajos. El resultado de su acción será una clase obrera en descomposición que ha degenerado en la segmentación y el aislamiento, la insolidaridad, la indiferencia, la pasividad… ésa es la herencia de hoy en día. Un terreno estupendo para las prácticas de control social, represión (en el trabajo y fuera de él) y la disciplina[4].

Todo este desarrollo hace que la división generacional se manifieste dentro de la clase trabajadora no sólo como una estúpida cuestión de gustos musicales y modas si no como una división real y generalizada entre fijos y eventuales, entre contratados y subcontratados. División que empresarios y sindicatos no dudan en utilizar para sus intereses particulares. Los empresarios utilizando a los sectores más precarizados para asustar a los que tienen mejores condiciones laborales y para romper cualquier esbozo de solidaridad real. Los sindicatos, no dudando en muchos casos en utilizar a los eventuales y subcontratados como moneda de cambio para asegurar las prejubilaciones o la estabilidad de los sectores de los que obtienen sus afiliados.

En el fondo, esta división generacional no es más que una manifestación más de la estrategia general de la burguesía para controlar al proletariado: extender, ampliar y reforzar toda una serie de divisiones entre hombres y mujeres, entre inmigrantes y nativos, entre fijos  y temporales, entre categorías salariales de forma que seamos incapaces de reconocer nuestros intereses comunes en los conflictos y por tanto de establecer lazos comunitarios y solidarios que nos permitan enfrentarnos a nuestros enemigos de clase: políticos, empresarios, sindicatos…

Durante los últimos 20 años los sectores que se han reclamado autónomos o revolucionarios así como la gran mayoría de la izquierda extraparlamentaria de todo pelaje se han mantenido al margen de las luchas laborales, prefiriendo involucrarse en otras luchas como el ecologismo/antidesarollismo, la okupación, el antimilitarismo, luchas estudiantiles, el antifascismo, etc. Cuando se ha dado, la movilización laboral ha sido escasa y la mayoría de las veces bajo el ala de anarcosindicatos minoritarios en casos muy puntuales. No criticamos tanto que se hayan llevado a cabo estas luchas como la especialización, la sobredimensión de algunas y sobre todo su parcialismo en el sentido de que no se ha sido capaz de integrar y vertebrar todas estas luchas en un marco general que permita relacionarlas y coordinarlas dentro de un proyecto y una estrategia a medio y largo plazo. Para nosotros sólo la lucha de clases puede ser tal marco integrador.

Creemos necesario volver a intentar llevar las luchas laborales al terreno del enfrentamiento y el conflicto social, no sólo porque nuestra condición de proletarios nos obliga a trabajar y necesitamos mejorar las condiciones en las que lo hacemos, sino también porque el trabajo es la base en torno a la que gira la sociedad capitalista y por tanto uno de los puntos donde se le puede hacer más daño.

No nos hagamos ilusiones, no es tarea fácil. Por un lado nos encontraremos a los sindicatos, burocratizados y corrompidos desde el poder a través de subvenciones y cargos políticos, fomentando la confluencia de los trabajadores con la empresa, empezando por negociar convenios colectivos en base a la productividad de los propios trabajadores, es decir, anunciando mejores condiciones cuanto mejores sean los resultados económicos de la empresa, vendiendo a algunos para beneficio de otros, buscando colocar a sus afiliados aun a costa del despido de los más débiles, dividiendo, separando, llevando la protesta por el terreno legal y judicial, evitando que se lleven a cabo cualquier práctica que pueda escapar a su control, manteniendo el enfrentamiento directo dentro de los límites del espectáculo televisado, quemando a la gente en movilizaciones estériles…

Por otro lado las condiciones precarias nos obligan a recuperar viejas formas de lucha y a inventarnos otras nuevas. ¿Qué sentido tiene reivindicar como explotados el derecho a la libre asociación o a la sindicación en el marco de una relaciones laborales de “bajo coste”? Bajo coste porque los trabajadores temporales pueden ser legalmente libres de afiliarse a un sindicato, pero los empresarios son igualmente libres de no renovarles el contrato. Vemos aquí que lo realmente importante es la imposición de una clase sobre otra, la dictadura del capital bajo la careta demócrata y liberal.

No estamos planteando una movilización general por la abolición del trabajo asalariado sino más bien volver a colocar la cuestión laboral en el sitio privilegiado que se merece en tanto que eje en torno al que giran tanto nuestras vidas (bien por tener que trabajar o por buscarnos la vida para no trabajar) como la sociedad capitalista;  teniendo en claro en todo momento que no pretendemos quedarnos en el estrecho marco de las reivindicaciones y las mejoras si no que entendemos los conflictos laborales como una manera de extender la  autoorganización asamblearia, las prácticas autónomas, la conciencia y la perspectiva de clase, la centralidad del enfrentamiento, la solidaridad, la clarificación de los intereses colectivos, la construcción de los lazos comunitarios y en definitiva, el rearme del proletariado y de su proyecto revolucionario.

Debemos pasar de las luchas reivindicativas a las luchas de carácter político revolucionario, para lo cual hay que comunicarse con nuestros semejantes, los explotados. Que nadie vea un discurso obrerista donde hay ruptura, y que nadie vea ruptura donde hay un discurso integrador.

Debemos pasar por la construcción de lazos generacionales para volver a crear solidaridad en la clase trabajadora

POR LA ABOLICIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO

POR LA PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

Uníos, Hermanxs Proletarixs!!

Esperamos que este acercamiento a la cuestión de la esclavitud asalariada sea comprendido como lo que es, un análisis y una reflexión de lo que estamos viviendo. Está escrito en primera persona y ése es el valor que tiene precisamente, que está escrito por esclavos que quieren dinamitar su condición de proletarios.


[1] Recordemos que la base del beneficio capitalista es la plusvalía, que no es si no el valor producido en el tiempo de trabajo no pagado al trabajador.

[2] Precarización y temporalidad por otra parte que le viene muy bien al sistema de producción capitalista, ya que permite unos mayores beneficios económicos y que ha permitido desestructurar al proletariado en detrimento de la lucha de clases)

[3] El pasado 23 de Junio David Marín, de 23 años, perdió la vida trabajando, mientras se desmontaba el escenario de los 40 Principales en el Vicente Calderón. Una barra de hierro impactaba en su cabeza y después de 5 días en coma falleció.

Minutos después del accidente la empresa PASE PRODUCCIONES S.L. aligeró el desmontaje de las instalaciones para que no se pudiera comprobar la falta total de medidas de seguridad y se encargó de repartir los cascos para evitar faltas ante una posible inspección. No tenía contrato y le pagaban 5€ la hora. Sólo un casco habría bastado para evitar su muerte.

Las medidas de desinformación concluyeron que el concierto de los 40 Principales fue un éxito, sin mencionar la muerte de David. Además el pasado 23 de Julio el periódico EL PAÍS, sacaba un pequeño reportaje sobre la historia de David, en el que de nuevo ocultaban que el accidente se había producido en el concierto de Los 40 Principales.

Extraído del panfleto convocando a las concentraciones de protesta del 23 de septiembre de 2006 y del 22 de junio de 2007.

[4] Resulta curioso que hoy día cualquiera puede ver en los enfrentamientos entre los astilleros y la policía, entre barricadas y tirachinas, un halo romántico que en su papel de espectador otro trabajador ve una defensa heroica del “pan de sus hijos”, mientras cuando ve precisamente a su hijo atacando a la policía en medio de una barricada no ve sino un vándalo maleante. Precisamente esa labor moralizante (valores burgueses) es el resultado del sistema disciplinario (dentro y fuera del trabajo de nuevo).

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