gruporuptura

Editorial

In número 2 on 10 marzo, 2010 at 8:39 am

¿Comunistas o anarquistas?

“No es solamente en sus respuestas, sino en las propias preguntas donde había una mistificación”

(K. Marx, “La ideología alemana”)

No queremos alistarnos a ningún catecismo sea del tipo que sea. Esto no significa que rechacemos la necesidad de dotarnos de una teoría revolucionaria que guie y beba de nuestra práctica. Más bien al contrario, creemos que una de las cosas que nos ha llevado al punto actual es una falta de análisis y de teoría que se ha intentado compensar, en vano, con un exceso de activismo. En muchos casos, los esfuerzos necesarios para dotarnos de esta teoría han sido despreciados como “cosas de intelectuales” dejándolos precisamente en manos de éstos. Se desprecia así toda la tradición de autoeducación y autoformación de los explotados que va desde los que leían a los demás en las fábricas a los ateneos libertarios. El intelectual, como cualquier especialista, no deja de ser la personificación de una visión de la realidad que pretende que teoría y práctica pueden desarrollarse separadas. Nada más lejos de la realidad. Es necesario que empecemos a construirnos nuestro arsenal teórico para tener una práctica efectiva que nos anime y no un vagar titubeante que nos frustre.

Es en este sentido en el que nos negamos a etiquetarnos como comunistas o anarquistas, como si colgarnos un cartelito nos convirtiera en poseedores o guardianes de cualquier ortodoxia. Pretendemos ser revolucionarios, queremos acabar con el capitalismo y eso no  se consigue simplemente llamándose de una forma u otra, como quien invoca un extraño conjuro. Para ser revolucionario hay que desarrollar una teoría revolucionaria, y llevarla a la práctica.

Rechazar etiquetarnos no significa que veamos necesario empezar de cero. Debemos recuperar críticamente toda la experiencia histórica de la lucha contra la dominación. Sacar las lecciones válidas para avanzar hoy, sin pretender aplicar mecánicamente esquemas que si tuvieron su momento no se adaptan a la realidad actual. Pero, repetimos, este trabajo no puede ir desligado de una intervención material en la  realidad.

Entendemos que “el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.” Y es hacia la construcción de ese movimiento hacia donde dirigimos nuestros esfuerzos. Ese movimiento no puede ser más que una anticipación de la sociedad a la que aspiramos. Un movimiento en el que nos organicemos horizontalmente, sin intermediarios, con delegados revocables. Donde todos decidamos las tareas y asumamos las responsabilidades que implican. Luchando contra las imposiciones y el condicionamiento ideológico de esta sociedad: el machismo, la indecisión, la baja autoestima, etc…Esto no implica aislarse del resto del mundo, sino al contrario proyectarse en él a través de la solidaridad y la reciprocidad. No somos cristianos. No ofrecemos caridad, sino nuestra solidaridad como explotados y no dudaremos en pedir lo mismo a cambio. Si pensamos que “no puede combatirse la alienación bajo formas alienadas” es por que sabemos que te conviertes en lo que haces, si queremos llegar a una sociedad igualitaria gestionada colectivamente sólo lo haremos a través de un movimiento que actúe hoy de la forma más parecida posible.

Entendemos que años y años de grupúsculos leninistas, estalinistas, mahouístas, aarghhh… hacen que a la gente le chirríe la palabra comunismo pero no estamos dispuestos a dejar que estos asquerosos falsifiquen la historia con su ideología barata.

Lo mismo decimos de la anarquía, “…guárdese bien de creer que la Anarquía es un dogma, una doctrina inatacable, indiscutible, venerada por sus adeptos como el Corán por los musulmanes. No. La libertad absoluta que reivindicamos desarrollar sin cesar nuestras ideas, las eleva sobre horizontes nuevos (de acuerdo con el cerebro de los diferentes individuos) y las saca de los estrechos marcos de toda reglamentación y codificación” (Emile Henry en una carta al director de su prisión). Curiosamente, a pesar de años de anarquistas de biblioteca, costras y guardianes de ortodoxias y momias varias a nadie parece chirriarle tanto la palabra anarquía.

Clase y obrerismo

Ya en el primer número dijimos que éramos muy conscientes de que hablar de revolución, de clases, etc. sin profundizar y concretizar era insuficiente para cualquier proyecto revolucionario. No es nuestra intención recuperar una fraseología y una estética pasada de moda para consumo de militantes quemados. Nuestra intención es recuperar conceptos y herramientas teóricas que nos ayuden a analizar e intervenir en la realidad. Esta recuperación en ningún modo puede ser una aceptación incondicional de viejos dogmas sino una reapropiación crítica del proyecto revolucionario del que nos sentimos herederos. Por eso mismo no nos hemos conformado con definiciones de manual o ideologías tranquilizadoras y hemos preferido hablar de clases y de revolución asumiendo las contradicciones que implica no definirlas en profundidad. Lo hemos hecho porque creemos en la realidad de las clases sociales, en la posibilidad y la necesidad de una revolución y en la relación entre ambas. Dicho esto, no creemos que vayamos a solucionar (y esperamos que nadie nos lo esté pidiendo) cuestiones que llevan planteadas 150 años en el primer número de una publicación, no estamos tan flipados. Sólo pretendemos contribuir a su clarificación a través de nuestros análisis teóricos y nuestra práctica política. Por que si de algo estamos seguros es de que estas cuestiones (la revolución, la lucha de clases, las organización…) no se resolverán desde las torres de marfil de los intelectuales si no que serán la confrontación práctica de la teoría con la realidad y la autocrítica constante de sus resultados lo que permitirá superar nuestras contradicciones  y resolver los problemas que se nos irán planteando.

Es cierto que hemos hecho mucho hincapié en el tema de las clases sociales, fundamentalmente por que nosotros mismos lo necesitamos. Los que escribimos estos papeles venimos de experiencias militantes que en los últimos diez años se han reclamado libertarias, autónomas y antiautoritarias. Lo queramos o no hemos heredado sus aciertos y sus fallos así como de aquellas experiencias que no vivimos pero que dieron lugar a las anteriores. La mayoría de estas experiencias se construyeron sobre una base identitaria (“nosotros los anarquistas, los autónomos, los antifas, los okupas…”) que se basaban tanto sobre unos mínimos políticos como sobre criterios estéticos y vitales, y que permitía encontrar un apoyo comunitario allí donde se estaba imponiendo el aislamiento por todos los medios (desde la heroína, el paro y la represión de los 80, a los centros comerciales, la precariedad y la represión de los 90). Esta perspectiva identitaria que permitía forjar lazos hacia dentro rompía simultáneamente los lazos hacia fuera convirtiendo los movimientos en islas aisladas dentro del aislamiento generalizado. Las limitaciones de basar la acción política en identidades se hacían patentes cuando se intentaba ir más allá de ellas. Desde los difusos y genéricos “vecinos” de las okupas a “los barrios” en los que no se sabe muy bien quien debía autoorganizarse. El efecto del aislamiento y el mayor interés de muchos por los aspectos lúdico-festivos y estéticos del asunto que por su dimensión política entre otras cosas convertían los movimientos identitarios en guetos. Todavía algunos pretenden “salir del guettho” (duelen los oídos de las veces que uno escucha esta frase) apelando a identidades que abarcarían a sectores sociales más amplios como “los precarios” o la despreciable idea de “ciudadanía”. Nosotros pretendemos romper con todo esto, no basarnos en identidades construidas sobre criterios estéticos, gustos musicales o sobre el “ser antagonistas” si no partir de realidades sociales que consideramos claves para el funcionamiento de la sociedad actual y por tanto claves también para que deje de funcionar. Recuperar la perspectiva de clase (aun en su más difusa y genérica aproximación) nos parece un primer paso en este sentido. Habernos criado en los “guetthos” políticos nos impone la necesidad de insistir en esta idea así como nos hace correr el peligro de convertir “lo proletario” en una nueva identidad, sólo que más guay. También debemos estar atentos para no caer con la fe del converso en ningún tipo de obrerismo. Creer que existen las clases y reivindicarnos del proletariado sólo nos puede convertir en obreristas a los ojos de los que sólo han oído hablar de clases a los leninistas, estalinistas y demás rancios. Nuestra postura no pasa por mitificar a la clase trabajadora, por creerla necesitada de una conciencia inyectada o poseedora de un espontaneísmo mágico e infalible. No, si algo tenemos claro es nuestro rechazo a estas cómicas simplificaciones. Sabemos que el proletariado o es revolucionario o no es nada y por eso creemos hoy por hoy la tarea de los revolucionarios es contribuir a la reconstrucción de ese proletariado revolucionario a partir de una clase trabajadora en descomposición. En nuestra opinión, esa reconstrucción sólo puede hacerse en y mediante los conflictos a los que continuamente nos enfrentamos.

Esta posición de clase no es irreconciliable con la militancia “habitual”, nosotros no queremos “salir del guettho”, queremos acabar con él, destruirlo para transformarlo en una comunidad real de lucha en la que la gente se relacione colectivamente por y para actuar y debatir. Igual que somos conscientes de sus limitaciones, de sus debilidades y de sus miserias, somos conscientes de sus potencialidades y fortalezas. Todos sabemos que el número de gente que hace cosas disminuye exponencialmente con la edad. Si bien es cierto que algunos casos se explican por la “radicalidad juvenil” que todo el mundo se echa en cara por Internet, no es menos cierto que mucha radicalidad se queda en juvenil por que el guettho y su activismo por el activismo son frustrantes. La gente se quema por que las cosas se hacen sin pensar y luego no salen, por las asambleas de tres horas que no llegan a ningún lado, por los trepas, los listos, los ultracríticos paralizantes y los que se comprometen constantemente a cosas que luego nunca hacen. Mucha gente se acerca a las asambleas sin una idea clara de lo que quiere conseguir. Su participación es escasa y su iniciativa nula, lo que reproduce situaciones de delegacionismo y que las cosas no surjan como un proceso colectivo, si no que unos acaban tirando palante y otros van a remolque, lo que, por cierto, quema bastante a unos y otros. Todo esto produce un movimiento más ficticio que real en el que mucha gente carece de proyecto político propio y se dedica a una deriva militante de asamblea en asamblea.

Construir un movimiento político serio a partir de las ruinas de los guetos políticos puede ser un primer objetivo a corto plazo complementario a la participación en conflictos con el objetivo de intentar romper el aislamiento al que nos ha condenado el capitalismo.

Madrid, Junio del 2007

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