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Editorial: Ahora mismo lo único colectivo que conocemos es el despido

In número 4 on 10 marzo, 2010 at 5:51 pm

En los últimos meses se han ido conociendo datos y situaciones que llevábamos experimentando bastante tiempo, y que empiezan a airearse a través de los medios de comunicación de masas, sin contextualizarse adecuadamente, y sin profundizar demasiado en las verdaderas causas, seguramente para desorientar aún más y para salvaguardar ciertos intereses. Últimamente de lo que más se habla es de la crisis financiera de EE.UU. y su impacto en todo el escenario internacional, en forma de  aviso para navegantes. Mientras, siguen creciendo y extendiéndose entre el proletariado los diferentes grados de explotación y supervivencia que estamos alcanzando en esta fase del Capitalismo. El aumento disparatado de los precios en relación con los sueldos continúa su carrera, sin tope alguno. Para tener un salario con el que “malvivir” tenemos que aceptar el aumento creciente de la explotación, la subcontratación, y todas las formas de sumisión que el sistema nos depara. De repente tomamos conciencia de problemas que ya existían, pero que no salían a la luz. Las condiciones laborales continúan empeorando, sobre todo en ciertas capas de la población. Se empieza a hablar de 1 millón de jóvenes (menores de 30 años) sin trabajo, y un 50% de ellos, trabajando de manera temporal. Según datos del INEM en noviembre ya hay casi 3 millones de parados, a los que habría que sumar los desempleados que no existen en los datos oficiales. Además, hay que tener en cuenta que en épocas de crisis se da un repunte de la economía sumergida, aquella en la que se dan por lo general unas peores condiciones laborales. Por otro lado, los datos del INEM suelen tirar a la baja, dadas las restricciones que emplea para su definición de parado[1]. Según la EPA, la tasa de paro actual (datos de octubre de 2008) se sitúa en el 11,33 %. Como se puede ver también en los datos oficiales, la reducción del empleo no se está dando tan sólo en la construcción, sino también, y sobre todo, en el sector servicios, el sector más grande de “nuestra” economía. Esto da una muestra bastante evidente de que la crisis no es tan sólo el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, sino que se está cebando con la economía real. No es que se hayan hecho las cosas mal; es que el capitalismo es así. Desgraciadamente para nosotros a día de hoy el paro no es el derecho a disfrutar de más tiempo libre sin ser explotados, sino la condena a malvivir sin garantías de realizar muchos de los proyectos vitales que nos parecen irrenunciables.

Queremos realizar una serie de reflexiones sobre la coyuntura actual desde el lado que nos toca: el de pagadores de los platos que otros rompen. A lo que estamos asistiendo no es ni más ni menos que al fin de un ciclo expansivo del capitalismo basado en las finanzas y la especulación. Pero esto no acabará con la imposición de la dictadura del Capital sobre millones de personas que no contentas con ser dóciles, también imitan ese modelo en su vida cotidiana.

A nivel individual, se está demostrando hacia dónde nos conduce una sociedad basada en el lucro y el individualismo más depredador: en cuanto alguien tiene cuatro “perras” mal juntadas se dedica a especular con ellas con el objetivo de no tener que dar un palo al agua, a costa de que se jodan otros, claro. Ése es el resultado de unos valores y unos intereses carroñeros, que hay que derribar si de verdad hablamos de cooperación y solidaridad. Tras el festín que durante años y años se han dado empresas e individuos de distintos sectores económicos y de la Administración del Estado a nuestra costa, ahora quieren que encima les paguemos la cuenta quienes no hemos visto sino las migajas del banquete. Por otro lado, también se habla del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, pero ésta ya no es el motivo de alegría de las manis por la vivienda digna, como se puede ver, puesto que las medidas adoptadas por los dirigentes políticos van encaminadas a que nada cambie de manera sustancial, como proveer liquidez a los bancos y favorecer las megafusiones para dar más “seguridad” al mercado y a la Banca, pero hay que cuestionar quién pone los cimientos y de qué están hechos.

El nivel de vida sigue empeorando día tras día, más que a algunos les pese que sea precisamente ahora cuando se van dando cuenta de lo insignificante del signo del partido político que esté en el gobierno. El lado progre de éste es precisamente una de las ilusiones que más daño puede hacer al proletariado. Si algo bueno tiene la crisis es que abre la puerta a que la gente reconozca que el culpable es el propio sistema capitalista y es congénita a él. Los grandes castillos de arena se han venido abajo, demostrando que no es oro todo lo que reluce, y que lo poco de oro que hay se lo reparten entre cuatro. La manera de afrontar la situación es la única elección que tenemos a día de hoy. Éste es un buen momento para ofrecer respuestas; las necesidades de la población estaban siendo más o menos cubiertas por el Capitalismo, pero se empieza a percibir que a estos periodos de prosperidad siempre llegan a su fin, y por eso es una buena oportunidad para atreverse a plantear un modelo radicalmente distinto, aunque también es un momento de gran competencia entre los explotados y de miedo ante las incertidumbres que están en la mente de cualquiera. Quizá sea difícil realizar planteamientos revolucionarios sin una conciencia generalizada de clase, y sobre todo de intereses colectivos, pero al menos se hace evidente que el Capitalismo no es el paraíso que parecía.

Es necesario recordar que los Pactos de La Moncloa fueron la vía necesaria del Gobierno y la Patronal para la salida de la crisis en los años 80. Con este acuerdo se abrió para los trabajadores un proceso basado en la pérdida progresiva de los derechos laborales, económicos y sociales, en beneficio de los empresarios, que empezaron con las reconversiones de la industria, la acumulación de capitales y la concentración de empresas. Los empresarios aprovechan cualquier oportunidad que tienen para ejecutar ERE´s (despidos masivos) y no somos capaces de dar una respuesta contundente, pero no es porque no sepamos de dónde vienen las hostias, sino que no nos atrevemos a darlas, y en una pelea, si sólo golpea uno, eso se convierte en una paliza. Uno de los sectores que ha sido buen indicador del sistema  durante todos estos años ha sido el de las fábricas de automóviles,  que han ido eliminando puestos de trabajo, justificados por los sindicatos como necesario para el mantenimiento productivo, la estabilidad (¿para quién?) y el futuro. Ahí están los resultados: seguimos en crisis económica y social y se ha demostrado que la productividad no depende de las cesiones de los trabajadores, sino de las propias leyes del mercado. Este año en el estado español se han destruido 15.000 puestos de trabajo en ese sector. La pérdida de competitividad en el mercado la estamos sufriendo los trabajadores: bajada de los costes del despido y proliferación de contratos a tiempo parcial, que sólo crean empleo precario. Por su parte, los capitalistas sí obtienen los mayores beneficios de su historia, acumulando y concentrando en pocas manos capitales para sus proyectos de reconversión y fusiones empresariales, además de para vivir con todo lujo. Quienes nos han llevado a esta situación con sus mentiras, sus acuerdos y sus planes de negociación practican a día de hoy, casi obligados por lo obsceno de la situación, manifestaciones confeti y mini concentraciones contra la directiva europea de las 65 horas semanales, en un baile de disfraces que por suerte o por desgracia ni siquiera convoca masivamente.

Desde 2004, se apuntaban algunos dardos dirigidos hacia la población, cuando Gobierno y Sindicatos profundizaban en las reformas del mercado laboral. Los “desencuentros” de los pasados años, por llamarlos de alguna forma, que desembocaron en una huelga general en 2003, han ido derivando desde la llegada del gobierno socialista al poder en un auténtico cementerio de los derechos laborales, entre otras cosas, a raíz de las promesas electorales, dando rienda suelta al capitalista para aumentar la temporalidad y la precariedad. Los empresarios no se han movido más que para pedir más flexibilidad laboral, cosa que supera con creces la inmovilidad de los sindicatos. Según sus propias palabras, para mejorar la competitividad de la economía española. Las propuestas de la patronal, en negativo para los trabajadores, son tan claras como la reducción generalizada de las cotizaciones, la simplificación de contratos y el cambio de la negociación colectiva. En 2008, desde las filas del gobierno, algunos ya empiezan a asumir las propuestas de la patronal como propias, como el abaratamiento del despido, cada vez más solicitado por el presidente de la patronal, Díaz Ferrán, y que parece que Solbes comparte (“tenemos un viejo contrato con despidos muy altos”), para reducir la temporalidad y tener un mercado más eficiente. Cuesta abajo y sin freno.

Pero no sólo la patronal tira de la cuerda; también los banqueros reabren el fantasma de la relación entre los salarios y la inflación, como si fuese el problema principal, y no se habla de la relación entre el precio del dinero, las subidas de precios y el poder adquisitivo de los asalariados. Por su parte, el poder político inyecta liquidez a los bancos para que puedan seguir concediendo préstamos para hipotecas, puesto que para ellos lo importante es que siga repitiéndose el modelo de los últimos años que ha sido el culpable de esta crisis, es decir, más parches para que nada cambie, a cuenta de los explotados, por supuesto. La especulación inmobiliaria ha sido el destino del Capital que no encontraba rentabilidad en la inversión productiva, y durante años un pequeño sector se ha enriquecido a costa de la mayoría de la población. Y encima quieren que lo rescatemos y arrimemos el hombro. Veremos si detrás de las promesas políticas comenzamos a diferenciar los intereses de una y otra clase, y forjamos lazos entre los explotados que consigan traspasar los cantos de sirena con que los partidos y los sindicatos nos bombardean cotidianamente. Los efectos de la crisis acentúan una situación que ya de por sí motivan una toma de conciencia por nuestra parte, pero parece que esto no ha hecho mas que empezar, puesto que es inherente al capitalismo, y volverá a aparecer una y otra vez, con mayor o menor intensidad. Sin dotarnos de herramientas estamos vendidos. Pacto tras pacto, se fomenta la contratación eventual, el abaratamiento del despido, el alargamiento del tiempo de cotización necesaria para alcanzar la pensión…. Para enfrentarse a esta perspectiva los explotados necesitamos oponernos a la falsa solidaridad de la defensa de los intereses de la economía (del sector o de la región), que en realidad nos ata a los intereses del capital nacional. No es interés colectivo lo que en realidad son las necesidades de los explotadores. Ahora es cuando los sindicatos empiezan a hacerse eco de la precariedad y del paro, para propiciar un acercamiento con sectores del proletariado de los que nunca quisieron saber nada, más que para utilizarlos como moneda de cambio en sus tejemanejes.

Nuestros intereses son opuestos a los de la patronal y sería ridículo cooperar para superar la crisis. No obstante sabemos, por la experiencia histórica, que los sindicatos contribuirán a mantener la “paz social” allí donde el Gobierno lo solicite. En este caso, siguiendo el modelo que la patronal necesita para continuar con el proceso de reproducción del Capital durante este momento de menor crecimiento económico, como dicen ellos. Para acostumbrarnos a la resignación. Todos sabemos que la patronal no sólo no regala conquistas, sino que trata de arrebatarlas.

La única forma realista de afrontar la crisis es hacerlo desde una postura de clase, sin esperar nada de burgueses y políticos, preocupados por salvar, ante todo, sus privilegios y beneficios.

El proletariado no se define por trabajar en tal o cual sector, ni siquiera por estar trabajando. El proletariado se define por su desposesión de los medios de construir su propia vida, los medios de producción[2]. Esta desposesión, premisa y resultado de la relación capitalista, condiciona nuestra forma de estar en el mundo, obligándonos a mantener determinadas relaciones con lo que nos rodea. Despojados de los medios de producción, el capitalismo nos ofrece, como solución para vivir, la venta de nuestras capacidades creativas, convenientemente mutiladas en forma de fuerza de trabajo. El trabajo asalariado es la condena que día tras día sufren millones de proletarios. Negarse a trabajar implica que para sobrevivir hay que romper la propiedad privada, la base sobre la que se construye el capitalismo, y por tanto enfrentarse a la ley y al sistema judicial construido para protegerla. Para sobrevivir, el proletariado solo puede elegir entre trabajar y robar, y normalmente hace las dos cosas. Muchos suelen construir falsas identidades sobre la idealización de una de las dos soluciones. Unos mitifican al trabajador honrado y el carácter “dignificante” del trabajo. Otros mitifican el “no-trabajo”, la okupación, el recicle, el robo, etc. Además de falsas, (los unos acaban trabajando, habitualmente en las peores condiciones posibles, y los otros siempre han robado en el curro, en el super o en el emule) estas identidades sólo sirven para dividirnos aún más a los proletarios, enfrentándonos los unos a los otros.

Con la que nos viene encima esto es lo mejor que le puede pasar a los burgueses. Para afrontar la crisis debemos empezar a construir, desde ya, estructuras estables de solidaridad y apoyo mutuo entre los proletarios, trabajadores o no. No sólo por motivos políticos, todo indica que, de aquí a poco, estas estructuras probablemente van a ser lo único que tengamos a lo que aferrarnos. La idea es simple, como proletarios nos enfrentamos a un mundo hostil en todo momento: por un lado para conseguir los medios de subsistencia, tanto en el trabajo como fuera de él, a la hora de conseguir un salario o acceder a un subsidio, o a la hora de afrontar un alquiler, pagar una hipoteca u okupar una casa. A la hora de asumir la subida de los precios en los artículos de primera necesidad o a la de robarlos. Por otro lado al enfrentarnos a una sociedad cada vez más represiva, donde el control se intensifica día a día a todos los niveles: preventivo y disciplinario. No se pueden disociar ambos aspectos de la sociedad capitalista: explotación y control social. La lucha contra los centros penitenciarios, de adultos y de menores o por nuestros compañeros presos en lucha debe plantearse, en nuestra opinión, desde esta perspectiva.

Así que en vez de preocuparnos por cómo se busca la vida cada uno y hacer de ello una opción moral, deberíamos empezar a tratar de desarrollar entre nosotros relaciones de solidaridad, de apoyo mutuo. Relaciones que sustituyan el individualismo por la cooperación, el aislamiento por la comunicación real entre iguales y la sumisión por la lucha.

No va a ser nada fácil con el giro que está tomando la situación, pero vamos a tener que empezar a resolver nuestros problemas por nosotros mismos, porque nadie más se va a preocupar los nosotros. La autoorganización, la autonomía de clase y la radicalidad van a dejar de ser una opción ideológica más para ser la única opción posible para sobrevivir dignamente.


[1] . Según la Encuesta de Población Activa (EPA), un parado es aquel trabajador que forma parte de la población activa y que busca trabajo activamente, mientras que según el INEM, el parado es aquel que tiene una solicitud de empleo abierta a final de mes, con unas cuantas restricciones. Con estas restricciones, y al no tener en cuenta la economía sumergida, podemos hacernos a la idea de que los datos del INEM no son muy fiables. Por algo no se utilizan para comparaciones internacionales, y sí se emplean sin embargo los de la EPA. Para hacernos una idea, en diciembre de 2001, según el INEM había 1,1 millones de parados, y según la EPA era justamente el doble.

[2] No hay espacio para entrar aquí, pero, obviamente cuando hablamos de medios de producción no nos referimos actualmente existentes, sino a todos los posibles. Llegado el momento de la revolución y con los medios de producción que estén en nuestras manos, tendremos cuales queremos conservar, de cuales deshacernos y cuales desarrollar.

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