gruporuptura

Editorial

In número 3 on 10 marzo, 2010 at 8:50 am

Las clases ya no existen, vivimos en el mejor de los mundos posibles, nuestros intereses (los de los explotados y los de los explotadores) son los mismos, debemos remar en la misma dirección: Este es el martilleo ideológico incesante que insufla el sistema, en este punto podemos, sin lugar a dudas, hablar del fin de la historia, el fin de las ideologías, ésta es la era de la postmodernidad. Ya no hay nada que hacer,  si te escuece, ojo con rascarte, no vayas a romper la convivencia. Que cualquier acto de interrupción de la producción va en detrimento de todos, ya que nos afecta como consumidores y contribuyentes que somos (figuras que con la de ciudadano estamos obligados a cumplir a pies juntillas). Así que por ejemplo si hay una huelga de limpieza de metro debemos posicionarnos con la patronal ya que no podemos tolerar la suciedad a la que “nuestro” servicio de metro se está viendo abocada por la pasividad de cuatro vagos que protestan con tal de no dar ni palo al agua. Por desgracia el espectáculo que rodea nuestras vidas nos impide parar a reflexionar y analizar la realidad que nos rodea, ya no sólo por aquellos que de momento van ganando (especuladores, políticos, sindicalistas…), sino por aquellos que cercanos en teoría trabajan en detrimento de un movimiento revolucionario.

Queremos hacer una serie de aclaraciones a los enterradores de la lucha de clases:

A pesar de las grandes transformaciones sufridas en los últimos cien años, el capitalismo es la pauta que rige todo el sistema y este sistema se construye sobre una dualidad clara: el capitalista y el proletario. Uno posee los medios, otro solo posee fuerza de trabajo que vende a cambio de un salario; esto es, señores: una sociedad de clases. Los proletarios tenemos frente a nosotros las posibilidades de siempre: someternos a la explotación, a la alienación, a la esclavización cada vez mayor, o destruir el sistema social vigente e instaurar otro, fundado en nuestros intereses como clase mayoritaria. Las relaciones de producción están en la base de la estructura de clases de cada sociedad. En todos los países del mundo, tales relaciones son capitalistas desde el momento en que se fundan en el trabajo asalariado. Los que percibimos un salario somos expropiados de los instrumentos de trabajo, de los productos de nuestro trabajo y del control sobre su actividad misma. Somos reunidos en lugares diferentes, según el tipo de actividad o sector, en los que estamos sujetos a la voluntad del capital. Sustancialmente, la sociedad sigue estando dividida en dos clases. Una hace funcionar según sus propios intereses tanto la producción como el Estado, determina la distribución del producto social global y refuerza a través de ello su propio control sobre la maquinaria estatal. La otra clase comprende a los que viven del salario, desposeídos de la decisión sobre sus vidas, no pueden elegir qué tipo de vida quieren vivir, solo pueden elegir, y no siempre, en qué tipo de cadena empleará sus habilidades para producir un beneficio ajeno, un beneficio que les es robado.

A pesar de que su capacidad de consumo haya aumentado lentamente, el status del proletariado en cuanto tal no ha cambiado sustancialmente. Aunque su vida material puede encontrar ciertas cercanías con la otra clase, la posición fundamental de dominación no ha variado, es decir, sigue sin ser dueño de su tiempo. Su vida está alquilada. Alquilada para trabajar alimentando el consumo parasitario de la clase explotadora, el gasto de un Estado que favorece los intereses de los explotadores, e inversiones sobre las que los trabajadores no pueden ejercitar control alguno. La naturaleza y los fines de estas inversiones están determinadas por la naturaleza clasista de la sociedad, además de por los intereses de la clase dominante. Indudablemente ciertos modos de actuar sirven para reforzar y reproducir un determinado tipo de estructura social, pero esto no quiere decir que nosotros no los reproduzcamos, de hecho la victoria actual de la burguesía es haber conseguido que la clase obrera identifique sus intereses con los suyos, si embargo esto no significa que nos veamos obligados a un futuro desolador donde sólo nos quede cumplir con nuestro papel de vencidos. Por el contrario tenemos la necesidad de analizar nuestro entorno y hacer una crítica basada en nuestra práctica cotidiana que nos permita entender y atacar el sistema de dominación vigente.

¿Cómo hacer para que la balanza de la lucha esté más inclinada a nuestro favor? Cuando entramos en contacto con la realidad que nos rodea, vemos que las luchas que se llevan a cabo se tratan en su mayoría de parciales (conflictos laborales, solidaridad con los presos, conflicto en un barrio concreto por políticas de la administración…). No se trata de ir eliminando luchas por la diatriba de si se trata de luchas reformistas o revolucionarias. Se trata de ver la mejor manera de tensar la conflictividad de la lucha de clases intentando que el mango de la sartén lo tengamos nosotros. A través de ciertas luchas parciales intentar ampliar la crítica a la totalidad y no quedarse sólo en lo particular. ¿Y cómo conseguirlo? A través de la comunicación y organización de los explotados, volviendo a tejer los lazos de clase allí donde se ha impuesto el aislamiento. No se trata de apoyar todas las luchas, muchas ni siquiera nos interesan, se trata de ver aquellas en las que nosotros nos vemos afectados por los intereses de aquellos que ganan con los modos que impone el capitalismo.

Para ello hablamos de organización. No rehuimos de la organización que pensamos debe constituir un instrumento para la lucha proletaria. La conciencia revolucionaria no puede ser únicamente fruto de la propaganda. La organización revolucionaria debe surgir en las luchas de los trabajadores, ya sean estas luchas de índole laboral como conflictos donde los intereses de los poderosos atropellen las condiciones de vida actual mermando aún más éstas, así como en los lugares más hostiles de la organización capitalista como pueden ser las cárceles, los reformatorios o los centros de internamiento de inmigrantes. Dicha organización se crea extendiendo solidaridad entre nosotros así como aprendiendo unos de otros. Incluso declarándose incondicionalmente de parte de los explotados, en las luchas en las que se comprometen considerando sus intereses inmediatos, se debe aspirar a aclarar y a concretar los nexos que existen entre tales luchas y nuestra necesidad de cambio de formas de vida. Se debe intentar apoyar todos los métodos que hagan posible la acción colectiva y el control por parte de los trabajadores de las luchas que nosotros mismos llevemos adelante (comités de huelga electivos y revocables, reuniones de afectados antes de que se tomen las decisiones de mayor importancia, etc.) Oponerse a las formas organizativas de tipo burocrático y difundir la idea de que se debe dar vida a formas más representativas. Finalmente, debe aspirar a que surja la máxima solidaridad posible con los trabajadores en lucha, dar una información precisa y difundida, aparte de extraer las enseñanzas que de ello se puedan sacar en vista de los objetivos a largo plazo. Solidaridad que no puede ser un concepto abstracto, sino que se vincula a la realidad material y física, a la existencia de una relación entre personas reales con una historia y un presente determinados, y que hace referencia a una situación de clase como explotados que somos.

Sí, hay una posibilidad real en las luchas de que la gente pueda entender la realidad social y actuar racionalmente en su propio nombre. Incluso cuando las luchas alcancen una gran intensidad, es difícil para los explotados pasar de un conocimiento de la propia experiencia inmediata a la comprensión de los problemas de la sociedad en su totalidad. Aquí vemos fundamental la comunicación para tratar de resolver nuestros propios problemas, e intentar extender la lucha y la crítica

No rechazamos la organización como si necesariamente implicase burocracia. Si sostuviésemos tales puntos de vista no habría perspectiva revolucionaria en absoluto. Por el contrario, sostenemos que son exclusivamente las organizaciones cuyos mecanismos (y sus implicaciones) son entendidos por todos, las que pueden proveer el marco para la toma horizontal de decisiones. No hay garantías contra la burocratización o la delegación de los grupos y asambleas. La única garantía es la perpetua atención consciente y automovilización de sus miembros. También somos conscientes, del peligro de que los grupos revolucionarios se conviertan en “fines en sí mismos“. Nuestra estructura organizativa debe ciertamente reflejar la necesidad de la ayuda y apoyo mutuos. En cualquier lucha, el modo con que se persigue el resultado es al menos tan importante como el resultado mismo. Incluso desde el punto de vista de la eficacia, las acciones organizadas y dirigidas por los explotados mismos son superiores a las decididas y guiadas burocráticamente. Solamente las primeras crean las condiciones que hacen posible un progreso, puesto que sólo ellas nos enseñan a gestionar nuestros propios intereses, buscando una mayor autonomía.

Difícil vemos que el día D llegue así de repente por inspiración, sino que debe ser fruto de la construcción de un movimiento que camine hacia la destrucción del capitalismo y será encontrándonos como esto se irá produciendo. Todos tenemos en la cabeza ejemplos de procesos más o menos revolucionarios, pero no podemos esperar que nos lo den todo ya hecho. No se trata tampoco de aceptar mínimos muy mínimos que vayan en detrimento de nuestro discurso y nuestras formas de ver las cosas. La conciencia de explotado no se tiene de la noche a la mañana. Apostar por la horizontalidad, despreciando las jerarquías, criticar y atacar a los profesionales sindicalistas u otras injerencias burocráticas, buscar la acción directa colectiva, pueden ser pasos hacia el desafío del orden social y el patrón de pensamiento establecidos, aparte de conectarnos con el resto, ayudarnos a romper el aislamiento al que como trabajadores nos somete el sistema, nos permite empezar a tomar decisiones sobre cosas que afectan a nuestra vida. Seguimos como explotados entrando en contacto con luchas que van sucediendo y que pueden tomar un carácter anticapitalista si somos capaces de hacer ver la relación que dichas luchas tienen en relación con el sistema de relaciones impuestas por el capitalismo, que pasaremos en páginas interiores a detallar con más detenimiento. Estos meses en la ciudad donde intentamos hacer nuestra vida en la medida de nuestras posibilidades, se produjo una lucha por parte de los limpiadores de metro. Las reivindicaciones eran parciales, pero se pedía para los explotados (aumento salarial, igualdad de condiciones para fijos y temporales, plus de toxicidad…), nada había en ellos de miramientos con la empresa. Intentaron desde el principio ganar el conflicto tensionando la situación al máximo. Huelga indefinida, asambleas de trabajadores y personas llevando a cabo la solidaridad, rotura de cámaras de seguridad para impedir la identificación de la gente, rotura de máquinas expendedoras de billetes, así como coladas colectivas, persecución y denuncia (en ocasiones física) de esquiroles, etc. Para caminar hacia la revolución nos tenemos que dotar de formas y contenidos y es en la práctica donde esto se irá tejiendo. El paso de la crítica y lucha parcial a la totalidad de las relaciones sociales debe ser una constante de cualquier movimiento revolucionario y nunca conformarnos con las pequeñas “victorias” que de vez en cuando se nos concedan o consigamos.

También estos meses han sido moviditos por otro motivo. Nosotros nos consideramos anticapitalistas y reconocemos que el fascismo está contenido por el capitalismo y por tanto es uno más de nuestros enfrentamientos con el mismo. La muerte de un chaval a manos de un militar nazi cuando iba a intentar frenar una manifestación de Democracia Nacional, ha hecho que el enfrentamiento con estos grupos se haya recrudecido. Ya no sólo habían matado a uno de los nuestros, sino que teníamos que ver cómo seguían saliendo a las calles a darse propaganda con el beneplácito de la administración y de la policía. No nos consideramos antifascistas sin más (el Foro Social también se considera así), somos anticapitalistas y revolucionarios y no rebajaremos nuestro discurso. No queremos hacer política frentista, sino que queremos la unidad de clase. No nos vale el hacer de tripas corazón para que luego políticos profesionales se lleven el gato al agua. Vamos a luchar con todas nuestras fuerzas por el fin del capitalismo y no será solos, sino que será con el resto de explotados como lo hagamos.

La reacción de la gente a este asesinato ha supuesto un salto cualitativo, por lo menos en el enfrentamiento, frente a los últimos tiempos. La gente quería y quiere parar a los nazis en la calle, se acabó el rehuir el enfrentamiento y el miedo a la represión. La gente impidió una manifestación el 17 de noviembre de grupos nazis en la calle Montera, y el 29 de febrero, día en el que la Junta Electoral y la policía permitieron un acto electoral nazi en el centro de Madrid, produjo que la rabia de muchas personas provocara uno de los enfrentamientos más duros de los últimos años en Madrid y que acabó con gran parte del centro arrasado y el acto suspendido, pasando por encima de lo permitido por la ley y recuperando la calle como lugar de enfrentamiento. Se va a los barrios a golpearles donde más duele (locales, su cuerpo…). No pensamos que esto sea la hostia, pero desde luego sí nos parecen pasos interesantes en la construcción de algo más que un movimiento lúdico, estético o cercano a la izquierda. Primero tenemos que entender nosotros qué está en juego para saber enfrentarlo. No vale todo, pero tampoco vale nada. Busquemos dar pasos para alcanzar nuestro fin: la revolución.

Allá donde podamos golpear hagámoslo.

Por el comunismo, por la anarquía.

Madrid, Mayo 2008

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