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Cambiando de ciclo. El significado de la crisis capitalista

In número 4 on 10 marzo, 2010 at 5:45 pm

“La crisis no es económica, pero se presenta como tal. La crisis expresa la inestabilidad estructural de las relaciones sociales capitalistas, la inestabilidad de la relación básica entre capital y trabajo sobre la que se basa la sociedad. Se presenta como crisis de la economía, que podría llegar a tener efectos en otras esferas de la vida social”

Otro cambio de ciclo

Todo apunta a que la crisis en la que nos vemos inmersos supondrá un nuevo cambio de ciclo para el capitalismo. Vivimos y viviremos épocas de cambios, de “turbulencias”, para que todo siga igual. Comprender los motivos de la crisis es fundamental para los que intentamos oponernos al capitalismo, para tratar de prever sus giros estratégicos, para desarrollar argumentos frente a las excusas capitalistas y sus llamadas a “salvar la economía”, y, sobre todo, para construir alternativas de clase que nos permitan afrontar los tiempos, duros, que se avecinan.

¿Cuánto durará la crisis? ¿Cuál será su alcance? No lo sabemos. Y es probable que nadie lo sepa.  Iniciamos con este una serie de artículos en los que trataremos de explicar lo que vamos entendiendo de la crisis, con el único objetivo de afrontarla mejor. Animamos a todos los compañeros a que se nos unan y nos critiquen, corrijan y apoyen para, entre todos, desarrollar herramientas teóricas y prácticas con las que preparar la lucha.

La esencia de la crisis en el capitalismo

La crisis actual se manifestó inicialmente como una crisis financiera a mediados de 2007. Un año y medio después, comienza a golpear con fuerza a la llamada economía “real” (¿debemos suponer que el resto es imaginaria?). El paro aumenta, las empresas cierran, se producen fusiones y bancarrotas, aumenta la morosidad y los desahucios, etc. Y esto es sólo el comienzo.  El origen financiero de la crisis dificulta su explicación debido a las complejidades propias de dicha esfera económica. Antes de entrar en sus causas, mecanismos y manifestaciones concretas (en próximos números), nos gustaría reflexionar sobre la esencia de la crisis capitalista y de su resolución. Para ello hay que interpretar la crisis capitalista desde el núcleo esencial del propio capitalismo: el conflicto entre capital y trabajo, lo que significa resituar la crisis en el contexto de la lucha de clases. No sólo porque este sea el camino que nos permitirá ir analizando sus manifestaciones más concretas, sino porque nuestro principal interés no es el tratamiento académico de la crisis, sino, como decimos, desarrollar estrategias colectivas que nos permitan enfrentarnos a ella.

Como todos sabemos, no nos enfrentamos a nada esencialmente nuevo, el capitalismo[u1] ha sido sacudido periódicamente por graves crisis: 1873, 1929, 1973…, con más o menos problemas,  siempre ha conseguido reponerse. En todos los casos, la crisis ha supuesto el inicio de una periodo de reestructuración de las relaciones entre capital-trabajo, es decir, entre burguesía y proletariado,  y también entre los diferentes capitales a nivel internacional, entre sus diferentes burguesías nacionales. Esto es así porque la crisis es la expresión económica extrema del antagonismo entre capital y trabajo, contradicción fundamental del capital en tanto que relación social.

Comprender las crisis como el resultado del agotamiento de un determinado modelo de relaciones de clase, de su quiebra, nos facilitará entender las medidas capitalistas contra la crisis como un proceso de reestructuración de dichas relaciones. Al colocar, de esta forma, a la lucha de clases como el verdadero epicentro de la crisis podemos abandonar nuestro papel de meros espectadores, o de meros sufridores de las consecuencias de la misma, y tomar un papel activo en la confrontación.

Como desarrollaremos más adelante, en nuestra opinión, esta crisis es consecuencia de la incapacidad de la burguesía para imponer totalmente un nuevo patrón de relaciones de clase tras la crisis del modelo keynesiano de postguerra. El resultado de que esta victoria de la burguesía  sólo se completase a medias las vamos a sufrir en breve en forma de crisis y constituirán la excusa perfecta para acabar lo comenzado hace 30 años. Para comprender en qué consiste esta reconfiguración de las relaciones de clase debemos partir del marco anterior: el keynesianismo.

Keynes al rescate…

“Puedo estar influido por lo que me parece ser justo y correcto; pero la lucha de clases me encontrará al lado de la burguesía culta”

J.M. Keynes

Keynes ha pasado a la historia como el defensor de la intervención del estado en la economía y así, en cierto modo, como el defensor de la moderación frente a los excesos del mercado. Para la actual socialdemocracia y buena parte de la izquierda progre, Keynes es el gran referente económico y todos los males actuales se deberían al cambio de la recta senda keynesiana por el fundamentalismo de libre mercado. Sin embargo, esto no es más que un cuento de hadas. Lo único que hizo Keynes fue retocar lo justo la economía burguesa para que pudiese afrontar de alguna forma la Gran Depresión de 1929. La teoría keynesiana, y la de sus discípulos, no es más que una teorización económica del proceso de reestructuración de las relaciones de clase que tuvo lugar después de la Primera Guerra Mundial[1].

El primer asalto a la sociedad de clases (Rusia, Alemania, Hungría, Italia, etc.), con toda su virulencia, supuso un enfrentamiento directo, masivo e internacional entre burguesía y proletariado. La respuesta del capital fue un hábil manejo del palo y la zanahoria, una combinación de represión e integración en la que la socialdemocracia tuvo un papel crucial. La socialdemocracia clásica es la representación del proletariado exclusivamente en tanto que fuerza de trabajo dentro del capital[2], que, asumiendo la división economía-política característica del capitalismo, puede ser política, en forma de partidos, o económica en forma de sindicatos.

La integración suponía el reconocimiento de los trabajadores, esto es, de sus representantes, como un interlocutor válido, y por tanto el capital se mostraba dispuesto a hacer concesiones a la clase trabajadora a cambio de que ésta se mantuviese en los límites del capital. Por supuesto, el capitalismo no había sufrido un repentino ataque de buen rollo, sino que se veía obligado a ello por el empuje del proletariado revolucionario, desgraciadamente muchas veces integrado en las filas de la propia socialdemocracia e incapaz de ir más allá.

Por supuesto, esta integración presuponía la exclusión y represión, e incluso el exterminio, de toda perspectiva revolucionaria de superación de la relación de clase. En un principio también de todas aquellas formas políticas que representaban alternativas burocráticas de gestión capitalista: los partidos estalinistas. Una vez consolidada la Unión Soviética y aceptada entre el resto de naciones, el papel de los partidos estalinistas (que como derivados del leninismo sólo son formas radicalizadas de la socialdemocracia) fue el de contener o exterminar cualquier expresión revolucionaria del proletariado (en Mayo del 37, en Francia en 1936 o el papel clave que tuvieron para controlar muchos movimientos partisanos tras la Segunda Guerra Mundial, como en Italia o Grecia) y ponerla a los intereses del imperialismo de Moscú.

Este proceso se inicia al final de la I Guerra Mundial, y no culmina hasta el final de la Segunda, expresión máxima pero también solución de la Gran Depresión de 1929. Al principio de los años 20, los alzamientos revolucionarios consiguieron una serie de concesiones antes de ser rápidamente reprimidos. A mediados de la década, toda expresión revolucionaria del proletariado había sido duramente reprimida[3], y el capitalismo trató de volver al orden prebélico (vuelta al patrón-oro, reprivatización de las empresas nacionalizadas durante la guerra, etc.[4]). La Gran Depresión y su inmediata consecuencia, la Segunda Guerra Mundial, fueron el punto de inflexión a partir del cual comienzan a imponerse los mecanismos integradores. No hace falta decir que la represión no desaparece, pero ahora es un complemento a la integración. El ‘New Deal’ (‘nuevo acuerdo’ entre capital y trabajo) de Roosevelt, los programas de intervención estatal de principios de los años 30 en Suecia y Alemania son ejemplos prácticos cuyo reflejo ideológico es la publicación, en 1936, de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de Keynes, y la posterior elevación del keynesianismo a los altares de la ortodoxia económica.

El ‘compromiso keynesianismo’ de los años 50-70 es la expresión más desarrollada de esta integración del proletariado en tanto que fuerza de trabajo dentro del capital. Podemos afirmar que este patrón de relaciones de clase giraba en torno a tres ejes básicos:

Pleno empleo: El gran ‘shock’ de la Gran Depresión fue el aumento del desempleo hasta niveles que nunca se habían visto anteriormente. En la concepción económica neoclásica dominante hasta la fecha, la existencia continua de paro involuntario era sencillamente imposible. A nivel teórico, Keynes planteó la idea de que el capitalismo era incapaz de asegurar por sí mismo el pleno empleo (y también la plena ocupación de recursos productivos) e introdujo un nuevo formalismo económico que explicaba la existencia de desempleo en condiciones de equilibrio. Consciente de los riesgos que podía suponer para el capitalismo la subocupación de recursos y, sobre todo, la existencia de una masa de trabajadores desempleados,  Keynes hizo del “pleno empleo” el objetivo prioritario de la política económica. Puesto que el capitalismo era incapaz de lograrlo por sus propios medios, el estado debía sustituir y estimular, mediante el gasto público, un gasto privado insuficiente causado por una insuficiente “propensión a consumir y a invertir”.

El estado intervenía para salvaguardar al capitalismo de sí mismo, y permitir así que continuase explotando a los trabajadores, para lo cual estaba dispuesto a establecer como objetivo prioritario que todos los trabajadores tuviesen acceso a un trabajo y por tanto a un salario. De alguna forma el objetivo del pleno empleo representaba un reconocimiento, en el plano económico, del derecho de la clase trabajadora a ser explotada por el capitalismo.

-Salarios, sindicatos, consumo: Quizás menos conocida que la anterior es la posición de Keynes respecto a los salarios. Keynes se dio cuenta de lo difícil que sería disminuir directamente los salarios nominales (lo que cobras en euros) de todos los trabajadores, ya que esto suponía un enfrentamiento directo en sus centros de producción. Por el contrario, era mucho más sencillo aumentar ligeramente el nivel de precios de forma que el salario real (lo que puedes comprar con esos euros) bajase para todos los trabajadores. Una política monetaria ligeramente inflacionaria disminuía la proporción de los costes laborales en la inversión, aumentando los beneficios y, por tanto, la propensión de los empresarios a invertir. De hecho, las medidas keynesianas de aumento de gasto público recurriendo al déficit fiscal, son, por sí mismas, inflacionarias. La inflación servía para contrarrestar el acuerdo de las subidas salariales nominales proporcionales al aumento de la productividad en el trabajo, otra forma de reconocer el papel del trabajo dentro del capital, esta vez en los propios centros productivos. Una inflación equivalente al aumento de la productividad era suficiente para compensar los aumentos salariales nominales.

En este contexto, los sindicatos son, al fin, plenamente reconocidos institucionalmente. De ser un estorbo con el que había que tratar o reprimir, pasan a ser agentes sociales con un lugar muy definido en la política económica y social: como representantes de la fuerza de trabajo en la producción son los interlocutores válidos en la negociación de su precio. A cambio, mantienen las reivindicaciones dentro de unos límites tolerables para la economía nacional y se encargan de manejar situaciones potencialmente conflictivas o potencialmente revolucionarias. Para este fin empiezan a surgir organismos tripartitos (estado, sindicatos, patronal) en los que se definen las líneas económicas de los años siguientes.

Si los sindicatos y los acuerdos de ajustar los salarios a la productividad suponen el reconocimiento de la clase trabajadora en la esfera de la producción, el ascenso del consumo de masas supone su “reconocimiento” en la esfera del consumo. Las técnicas de producción estandarizada del Fordismo y la popularización del crédito permiten el acceso por primera vez de grandes sectores de la población a niveles de consumo cada vez más elevados. De esta forma la clase trabajadora es considerada no sólo como un “gasto” en la fábrica sino también como un posible cliente fuera de ella.

Estado del bienestar: La intervención social del estado es, sin duda, el tercer gran pilar del ‘compromiso keynesiano’. El estado del bienestar se basa en la consideración del estado como un agente neutro cuyo papel es redistribuir la riqueza de forma indirecta mediante la  provisión social. Los servicios públicos: sanidad, educación, cobertura de desempleo, bajas, pensiones vienen a ser una especie de “salario indirecto” (en tanto que todos estos servicios entran dentro del precio de la fuerza de trabajo) que el estado se encarga de gestionar. Por supuesto, al mismo tiempo que provisión social, los servicios públicos constituyen un mecanismo de control de la población a través de la implantación de determinadas políticas sanitarias, escolares, seguimientos, etc.

Lo que hay que tener en cuenta es que los gastos públicos provienen de los impuestos sobre fundamentalmente, por un lado, los salarios, y por otro, los beneficios empresariales. Dependiendo del régimen fiscal la proporción de unos u otros será mayor, lo que significa que, globalmente, la intervención estatal puede suponer un flujo de dinero neto de la burguesía al proletariado (una redistribución de la riqueza) o viceversa, una transferencia de los proletarios a las empresas capitalistas, ya que el estado no se limita a proporcionar servicios públicos sino que subvenciona empresas, financia obras públicas, etc.

Ahora bien, puesto que los beneficios empresariales provienen de la extracción de plusvalía a la clase trabajadora,  el dinero público proviene fundamentalmente del proletariado, bien directamente a través de impuestos sobre sus salarios (incluyendo su consumo) o bien indirectamente a través de la plusvalía que genera, por lo que la farsa de un estado neutro “redistribuidor” de la riqueza se cae a pedazos.

Por supuesto, la socialdemocracia clásica encontró aquí su nicho en la forma de partidos “serios” capaces de gestionar el capitalismo de postguerra. De hecho el establecimiento del estado del bienestar supuso, básicamente, la aceptación a nivel estatal de buena parte del programa clásico socialdemócrata. En la mayoría de las democracias de Europa Occidental, tanto los partidos socialdemócratas como los “conservadores” estuvieron esencialmente de acuerdo en la existencia de dicho sistema de provisión social.

Hay que dejar claro que esta integración no suponía, ni mucho menos, la desaparición de la lucha de clases o del antagonismo capital trabajo. Las huelgas, las reivindicaciones, las maniobras de los empresarios, las reivindicaciones sindicales, etc., no desaparecieron durante treinta años. Lo que se intentó fue contener de alguna forma ese conflicto dentro de los márgenes del sistema capitalista. Algunos autores califican este fenómeno de “monetización” del conflicto. El capital reconocía cierto papel al proletariado en tanto que fuerza de trabajo que explotar. Esto le permitía reivindicar una cuota creciente en la prosperidad económica, en forma de mayores salarios, de más pasta que gastar en un consumo que por primera vez le era accesible a los trabajadores. Sin embargo, la burguesía nunca estuvo dispuesta a renunciar a su papel de organizador y gestor de la producción. Las condiciones técnicas de trabajo inhumanas debían ser compensadas por aumentos salariales, no por un cambio en dicha condición.

Sin embargo, este modelo era terriblemente caro para la burguesía, que sólo pudo ceder tanto gracias al extraordinario crecimiento de postguerra, y comenzaría a entrar en crisis a finales de los 60, manifestándose abiertamente durante toda la década posterior.

La ofensiva “neoliberal”

Como dijimos al principio,  los verdaderos orígenes de esta crisis se encuentran en la crisis de los años 70, la quiebra del llamado “compromiso keynesiano” o la “economía mixta”, en su irresolución. La crisis actual es el resultado de las medidas tomadas durante finales de los 70 y principios de los 80 para tratar de superar aquella otra. Durante la mitad de la época dorada del capitalismo, los llamados “treinta gloriosos”, la tasa de beneficio de las empresas capitalistas no hizo sino descender (Gráfica). Diferentes autores han mostrado este hecho empírico[5], a pesar de que difieran en su explicación. No nos detendremos aquí en comentar las causas generales de la crisis capitalista[6], pero diremos que son intrínsecas a la propia dinámica de acumulación capitalista. Por si fuera poco, los años 60-70 fueron un ciclo de potentes luchas proletarias, en Italia, en Francia, en España, etc. y también de luchas interimperialistas a gran escala como la Guerra Fría, generalmente manifestadas en pequeñas luchas interburguesas[7], lo que se traducía en enormes costes militares para muchos países, especialmente para las cabezas de cada bloque, Estados Unidos y la extinta URSS. A todo esto había que sumarle, en muchos países occidentales, el tremendo gasto que suponía el compromiso keynesiano.

Igual que en la crisis actual las hipotecas ‘subprime’ han sido la chispa que ha prendido el barril de pólvora, en los setenta fue el aumento del precio del petróleo producido por las tensiones geopolíticas de Oriente Medio[8]. El ‘shock petrolero’ de 1973 no fue el causante de la crisis, simplemente fue el detonante de todos los problemas de la economía cuya causa fundamental era un descenso de la rentabilidad del capital.

En los países occidentales, la crisis se manifestó en la forma de la ‘estanflación’, un aumento simultáneo del paro y la inflación, algo inconcebible para la ortodoxia keynesiana de la época, que los consideraba inversamente relacionados. La respuesta capitalista a la crisis supuso una contraofensiva de la burguesía para reimponer su dominio de clase y unas nuevas condiciones de rentabilidad para continuar la acumulación capitalista. A pesar de su virulencia y extensión, esta ofensiva sólo consiguió ambas cosas a medias y, en cierto modo, la crisis actual es la consecuencia de que aquella victoria no fuese completa y será la excusa perfecta para relanzar la ofensiva.

En una primera aproximación, podemos afirmar que esta ofensiva se lanzó sobre tres frentes: la transformación de las condiciones productivas a lo largo y ancho del mundo, lo que se ha llamado financiarización de la economía y la reestructuración del Estado como herramienta de dominación de clase. Como veremos, las políticas desarrolladas en estos tres frentes se encuentran profundamente interrelacionadas.

Los diferentes aspectos de este proceso de transformación de las relaciones de clase a escala internacional y sus consecuencias han recibido muchos nombres: posfordismo, financiarización, capitalismo-casino, globalización, quiebra del estado del bienestar, bla, bla, bla. De entre todos los posibles hemos elegido, por comodidad, el término ‘neoliberalismo’ para referirnos al mismo. Este término no está libre de problemas, por lo que queremos hacer unas matizaciones previas. Como veremos en los próximos apartados, el neoliberalismo no es la negación absoluta o el reverso tenebroso del “keynesianismo”, como algunos nos quieren hacer creer, sino simplemente su superación. Esto significa, por supuesto, negar algunos de sus aspectos, pero también conservar o modificar muchos otros. Fruto del antagonismo entre capital y trabajo, el capitalismo es un sistema inherentemente contradictorio. Ahora bien, estas contradicciones se presentarán de una forma u otra en función de las condiciones concretas de acumulación, gestión y producción de cada época. El keynesianismo fue un intento de superación de las contradicciones de la época liberal y, como tal, funcionó durante un cierto tiempo, el justo para que las mismas contradicciones volvieran a surgir en una forma diferente, asociada a las formas concretas del periodo. La contraofensiva neoliberal de los 70-80 trató de superar la forma keynesiana de dichas contradicciones y ahora sufrimos sus consecuencias. El capitalismo seguirá así, de crisis en crisis, indefinidamente, porque la superación de sus contradicciones fundamentales no puede hacerse en el marco del propio capitalismo. Sólo la destrucción del mismo y la creación de una sociedad comunista nos librarán de las miserias del capital.

Las transformaciones productivas

En la memoria colectiva el keynesianismo ha quedado reflejado como la época de la fábrica. Algunos autores incluso han caracterizado como ‘fordismo’ a dicho periodo. Desde principios del siglo XX, la producción fabril sufrió una transformación caracterizada por la producción en masa, la línea de montaje y la llamada “organización científica del trabajo” taylorista.

La crisis de los años 70 fue el punto de inflexión para dos tipos de transformaciones en la producción capitalista que llevaban en marcha unos años. Por un lado la internalización de la producción, por otro las transformaciones del modelo productivo.

La internalización de la producción buscaba unos menores costes de producción, esencialmente de la fuerza de trabajo, lo que suponía trasladar la producción a regiones caracterizadas por unos salarios más bajos, una fuerza de trabajo más disciplinada o unos menores impuestos. Este proceso ya había comenzado antes de que estallase la crisis durante los años 60. Durante esta época países como Argentina, Brasil o Corea, con regímenes políticos dictatoriales o más autoritarios que las democracias europeas, vieron desarrollarse su tejido industrial[9]. El proceso se agudizó según iba golpeando la crisis a los diferentes países y no siempre supuso “internacionalizar” la producción. En Estados Unidos muchas fábricas de trasladaron de las regiones altamente sindicalizadas del Norte (ahora conocidas como el ‘cinturón de óxido’) a las menos sindicalizadas y combativas del Sur. En Inglaterra a veces se vivió un proceso similar de regiones urbanas con alta tradición de lucha a zonas semirurales con tasas de paro altísimas.[10] En España se vivió en la forma de la llamada ‘reconversión’, y así sucesivamente. En general, la industria pesada asociada a los años 60 y 70 ha sido desplazada fuera de Europa, que se especializa en una industria de alta tecnología y en el sector servicios.

Las transformaciones del modelo productivo corrieron paralelas a esta internacionalización. Muchos han señalado este proceso como un paso de un modelo fordista a otro posfordista o toyotista. Este último modelo, importado de Japón, supondría un mayor control del proceso de producción por parte de los trabajadores. Sin embargo, está es una idea muy criticable.[11] Sin duda, la producción industrial ha incorporado transformaciones importantes como la producción Just-in-time, o el control de calidad durante el proceso, pero en ningún caso ha sustituido a características fordistas como la cadena de montaje, sino que las ha complementado gracias a una mayor flexibilidad laboral y la externalización de buena parte de la producción. Igualmente, la imposición del sector servicios en los países desarrollados ha supuesto la incorporación de técnicas de producción y gestión típicamente industriales a dicho sector. Poco se diferencian la cadena de montaje de la Seat y la barra de un McDonalds o un puesto de teleoperador. En una entran coches para montar y en otra clientes que atender. Cualquiera que haya sufrido esta ‘fordización de la atención del cliente’ difícilmente podrá tragarse las chorradas postmodernas de que el ‘trabajo inmaterial’ y ‘la producción de comunicación y afectos’ tienen algo positivo o vuelven a la sociedad ‘más comunicativa y afectiva’. Más bien al contrario suponen un paso más en la alienación y subsunción de las capacidades humanas por el capital.

No entraremos en más detalles sobre este aspecto de la transformación del capitalismo así que sólo haremos dos breves apuntes. El primero, recalcar que, en un principio esta transformación tenía como objetivo flanquear a los sectores más tercos de la clase trabajadora europea y estadounidense, los más conflictivos y por tanto, los más caros. El segundo, que aunque el traslado de las fábricas pueda suponer la desaparición del trabajador fabril en Europa, ni mucho menos puede decirse que es un “adiós al proletariado”. En primer lugar porque, esta transformación requirió la proletarización de la población, en su mayoría campesina, de las regiones que recibieron las fábricas. En segundo lugar porque el proletariado nunca se ha limitado al obrero grasiento de mono azul. Con la desaparición de la fábrica lo que desapareció fue un determinado tipo de rama productiva y por tanto un determinado sector del proletariado. Exceptuando los que se montaron bares, el cierre de las fábricas supuso en su mayoría que dichos proletarios engrosasen las filas del paro o la jubilación. Sus hijos, si bien no encontraron trabajo en la fábrica, lo encontrarían en los bares, en las tiendas, en los bancos, etc. o en el paro, la heroína, el robo y la cárcel.  Sólo un (ex)obrerista puede pensar que el adiós de la fábrica es el adiós del proletariado.

Financiarización

Si en los últimos 30 años se ha visto un auge de la llamada economía financiera es en parte porque el keynesianismo había tratado de contenerla, sin lograrlo. La crisis del 29, se manifestó inicialmente como un enorme y gigantesco crack bursátil que se contagió luego a la economía “real”. El keynesianismo supuso en este sentido un intento de contención del capital financiero bajo el objetivo declarado de la “eutanasia del rentista”. Este objetivo se tradujo en una serie de restricciones tanto a los movimientos financieros globales como al capital financiero nacional. Poco a poco a partir de los años 60, es decir, aún dentro del llamado keynesianismo estas regulaciones comenzaron a ser eliminadas. Este proceso, largo y complejo, se agudizó a partir de la crisis en vistas del estrepitoso fracaso de las políticas keynesianas [12].

Cuando se habla de financiarización se suele pasar por alto cualquier referencia a la lucha de clases. Algunos  suelen oponer dos modelos capitalistas presuntamente contrapuestos: un capitalismo ‘malo’, especulativo, parasitario o ‘de casino’, asociado a un origen anglosajón (ya que la City londinense y Wall Street son los dos grandes centros financieros) y otro productivo, regulado y ‘menos malo’ o incluso ‘bueno’ asociado a Alemania, Japón o Francia. El primero se caracterizaría por un capital financiero fuera de control impondría su lógica a toda la economía. La actividad financiera de unos pocos capitalistas  ‘malos’ guiada por la especulación y los riesgos a corto plazo introducirían unas tensiones que podrían hundir a toda la economía. La solución es introducir regulaciones que impidan estos desajustes financieros y sus consecuencias. Alguna versión más elaborada habla de una lucha entre facciones burguesas financieras y no financieras. Según este esquema, la burguesía ‘financiera’: banqueros, inversores, etc. habrían dado a finales de los 70  un ‘golpe de estado’ al timón de mando del capitalismo para reorientarlo hacia una lógica financiera y especulativa que les beneficia pese a que perjudica al resto de capitalistas, por no hablar de los trabajadores. Dejando de lado los posibles errores teóricos de ambas concepciones, las consecuencias políticas suelen ser la oposición de un “capitalismo bueno” a un “capitalismo malo” o de unos “capitalistas buenos” a unos “malos”. Teniendo en cuenta que el capitalismo financiero se asocia a movimientos globales por encima de los estados y el capital productivo a la economía real en su interior (lo cual no es, ni mucho menos, cierto), los distintos socialdemócratas se asocian a una u otra postura y se ven regulando desde el poder los desajustes del capitalismo (introduciendo por ejemplo algún tipo de tasa o un organismo supranacional de control) o bien defendiendo al pequeño capital nacional frente a las malvadas multinacionales.

El gran problema de ambas posturas es que desplazan el origen de la crisis desde el antagonismo capital-trabajo a la competencia entre ‘modelos capitalistas’ o ‘facciones burguesas’. Para entender el significado y la función del capitalismo financiero debemos volver a la esencia del capitalismo: la explotación de la fuerza de trabajo.

Las crisis económicas se caracterizan por tasas de beneficio insuficientes. En el fondo esto supone una creación insuficiente de plusvalía. El capital financiero permite superar este problema de dos formas: por un lado, permite aumentar la tasa de beneficio recurriendo a las diferentes variantes de especulación bursátil. En los mercados, y los mercados financieros no son una excepción, la competición entre capitales produce un reparto de la plusvalía generada en la producción. La especulación es una manera de apropiarse de una parte de la plusvalía producida en perjuicio de otros que ven disminuir su propia cuota. En esta competición unos capitalistas ganan más y otros menos, los trabajadores, claro, siempre pierden.

Pero el capital financiero no tiene sólo una dimensión especulativa, el movimiento internacional de capital permiten aumentar la tasa de beneficio del capital recorriendo el mundo en busca de mayores rentabilidades, esto significa que los capitales se mueven a lo largo del mundo buscando aquellas regiones donde los trabajadores son más explotados de forma que obtengan más beneficio. Esta era la clave de la llamada ‘globalización’ con su insistencia en la liberalización de los mercados domésticos de capitales y la flexibilización de los mercados laborales nacionales. Por ejemplo, la crisis de los 70 produjo un flujo de capitales hacia América Latina, que vio como aumentaban las inversiones de capital durante toda la década hasta que finalmente entrase en crisis en 1982, cuando el llamado ‘Efecto Tequila’ arrasó las economías del continente.[13] Más tarde le tocó el turno al sudeste de Asia, con el auge de los ‘Tigres asiáticos’ y su estrepitoso hundimiento en la crisis de 1997. De crisis en crisis el capital financiero va arrasando región tras región en busca de mayores beneficios. En este sentido la financiarización supone una nueva arma a disposición del capital para imponer la disciplina de mercado a los trabajadores a escala global, haciéndoles competir entre ellos por la necesidad de trabajo, lo que empeora las condiciones de todos. ¿Que los trabajadores de un país se ponen chulos y reclaman mejoras sociales? No hay problema, me llevo mi dinero a otro y dejo a los trabajadores del país con tal crisis encima que acaben reclamando unas cadenas al cuello más gordas. Las famosas deslocalizaciones no son más que un caso extremo de esto, en vez de llevarse la pasta se llevan hasta las fábricas. Como hemos visto en toda la península, la simple amenaza de deslocalización es capaz de hacer que los trabajadores firmen una y otra vez empeoramientos de sus condiciones hasta que llegue el ERE que acabe con ellos.

Reestructuración del Estado

Generalmente se suele asociar el neoliberalismo a una disminución del papel del estado en la economía. Según la ideología neoliberal, el Estado debe bajar los impuestos, disminuir el gasto público, no intervenir en los mercados, etc. Eso sí, debe velar para mantener las condiciones necesarias para que las empresas puedan “operar” libremente: fundamentalmente el respeto a la propiedad privada. Nada más lejos de la realidad. El neoliberalismo no ha supuesto una menor intervención del estado ni en la economía ni en la sociedad, si no una reestructuración de su papel. Obviamente, pero paradójicamente para los neoliberales, la reimposición del dominio de clase a través de todo lo expuesto más arriba requería una fuerte intervención estatal, convenientemente reorientada. Esta intervención estatal no puede asociarse a una forma política determinada o la derecha frente a la izquierda. En Chile, Argentina y otros países de América Latina la implantación de políticas neoliberales comenzó bajo las brutales dictaduras de Pinochet y la Junta Militar. Sin embargo, en Estados Unidos y Reino Unido las mismas políticas fueron puestas en práctico en el marco de una democracia parlamentaria. Estos dos últimos casos son paradigmáticos respecto a su independencia respecto al “color” del partido político en el gobierno. Es cierto que las políticas monetarias y fiscales neoliberales se llevaron a cabo fundamentalmente bajo los gobiernos de Reagan y Thatcher, sin embargo los que las iniciaron fueron los gobiernos demócratas y laboristas anteriores[14]. Fue la administración Carter la que primero aplicó las políticas monetaristas desde la Reserva Federal que causaron el llamado ‘shock de Volcker’[15] y la mayor recesión de la economía estadounidense desde la gran depresión. Igualmente, en el Reino Unido el partido laborista renunció al keynesianismo por el monetarismo en 1976, tres años antes de perder las elecciones ante Thatcher.

Que el estado ha dejado de intervenir en la economía es un mito se ve porque en los últimos treinta años, la intervención estatal y el gasto público han aumentado en la mayoría de los países de la OCDE.[16] Reagan, el supuesto gran neoliberal, aumento la inversión militar, favoreciendo a las empresas de alta tecnología,  aumentó los impuestos para la gran mayoría de la población, aunque los redujo para los más ricos  y llevó a cabo políticas proteccionistas de subvención de sus empresas nacionales. Eso sí, flexibilizó el mercado de trabajo, recortó el gasto público social y aumentó la vigilancia  y el control social. Además, todos los países, especialmente aquellos que han sufrido más directamente las políticas neoliberales han intervenido ampliamente para eliminar todas las posibles restricciones a la acción de los capitales: ecológicas, laborales, sindicales, etc.

No podemos caer en el falso debate “estado frente a mercado”. Los mercados necesitan de estados que controlen la situación para poder operar ‘libremente’ y los estados intervienen necesariamente en los mercados para corregir los desaguisados que montan y a veces ponen el peligro todo el sistema y para que se respeten las reglas del juego (diseñadas para que los capitalistas siempre ganen).

En lo referente a política económica, las políticas neoliberales sustituyen el pleno empleo por el control de la inflación como objetivo prioritario. El objetivo del pleno empleo suponía un reconocimiento de los intereses de la clase trabajadora en el seno del capitalismo para contener su interés en abolirlo. Controlar la inflación favorece principalmente a los empresarios (si los salarios están indizados con la inflación) y en especial a aquellos con intereses financieros. Al hacer este movimiento, la burguesía estaba lanzando un órdago a la clase trabajadora, suponiendo, correctamente, que ésta no sería capaz de verlo. Para ello tuvo que asegurarse primero que la socialdemocracia, partidos y sindicatos, serían capaz de desmovilizarla o al menos canalizarla, y así fue. Al hacer esta concesión, la socialdemocracia de ambos países sacrificó el apoyo de sus bases, y tardaría años en recuperarse, totalmente comprometida con las políticas neoliberales  (con Clinton y Blair).

Una crisis irresuelta

A pesar de todos estos cambios, los problemas surgidos en la crisis del keynesianismo están lejos de ser resueltos ya que no se han recuperado las tasas de beneficio de postguerra. Las tasas de beneficio han aumentado mucho para las empresas y las actividades financieras, pero para el resto de empresas y actividades no financieras el ligero repunte de los beneficios en los años 70 y 80 se ha hecho a base de aumentar la tasa de explotación. Gracias sobre todo a todas las políticas de flexibilización laboral (contratos parciales y temporales, trabajar más horas, menores sueldos directos o indirectos, menores costos de despido, etc) y de recorte de gastos sociales.

La crisis actual muestra que estos parches no han conseguido aumentar suficientemente las tasas de beneficio reales, lo que ha hecho que gran parte del capital financiero haya apostado durante estos últimos treinta años por operaciones especulativas,  de alto riesgo y a muy corto plazo, con la siguiente inestabilidad que esto conlleva. Junto con estas prácticas especulativas de buena parte del capital financiero, las instituciones financieras, frente a la disminución de participación  en las plusvalías, se han lanzado a la caza y captura de los salarios, con la inestimable colaboración del Estado. En los últimos años la llamada ‘financiarización de las economías domésticas’ ha sufrido un boom que ha inyectado cantidades enormes de dinero en los mercados financieros procedentes de los fondos de pensiones y buena parte del ahorro de los trabajadores (en forma de acciones o depósitos a plazo). Por otro lado ha sufrido un auge de los créditos al consumo (especialmente hipotecas, pero también coches, vacaciones, etc.) bien en su forma “normal” o la llamada “depredadora” (hipotecas subprime, créditos de consumo a corto plazo a intereses prohibitivos, etc.).  De esta forma, las instituciones financieras se apoderan directamente de una parte de los salarios de los trabajadores, por lo que algunos lo han llamado ‘explotación directa’. Sin embargo, son precisamente este tipo de prácticas las que finalmente han sacado a la luz los problemas de fondo y han llevado al capitalismo donde se encuentra ahora mismo. De la crisis del Sudeste Asiático de 1997 pasamos a la burbuja especulativa de las puntocom en 2000. Su estallido y la consiguiente bajada de los tipos de interés para evitar la recesión inflaron la burbuja inmobiliaria estadounidense e internacional, cuyo pinchazo ha tirado por tierra el complejo castillo de naipes que se había tejido en torno a los mercados financieros. Precisamente han sido los sectores más pobres del proletariado los que, al no poder pagar sus hipotecas empezaron el efecto dominó que ha puesto los mercados financieros al borde del colapso.

Precisamente esta financiarización del ahorro de los trabajadores agravará aún más la situación ya que hoy por hoy, muchos se están jugando sus ahorros o sus pensiones en la bolsa y no parece que se aun buen momento para apostar. Crisis financieras anteriores tenían un impacto indirecto sobre los trabajadores, esta añadirá una buena hostia financiera directamente a si bolsillo.

Llegados a este punto, o toman medidas que reestablezcan unas condiciones adecuadas de explotación o tendrán que seguir parcheando la crisis por tiempo indefinido hasta el próximo estallido.

Por donde irán los tiros

Por supuesto, para que las tasas de beneficio aumenten de forma considerable será necesaria una transformación productiva seria a escala global. Probablemente el centro de acumulación principal se seguirá desplazando de Estados Unidos-Europa a Asia (China-India), con su gigantesca población lista para ser proletarizada y explotada en fábricas mientras que Estados Unidos y Europa probablemente sigan el camino de convertirse, fundamentalmente, en regiones económicas especializadas en alta tecnología. Seguramente esto se acabe traduciendo en un desplazamiento del papel de potencia hegemónica mundial. A nivel productivo, veremos el ascenso de nuevas y no tan nuevas tecnologías que están en desarrollo: vuelta a la energía nuclear, auge de la bioproducción basada en organismos modificados genéticamente, desarrollo de la nanotecnología, etc. Nuevas oportunidades de acumulación de donde obtener nuevos y suculentos beneficios. Pero todo esto será a largo plazo.

A corto plazo los tiros irán por otro lado. Habiendo empezado como una crisis causada por la “locura” de los mercados financieros, la respuesta se presentará inicialmente como un paquete de medidas dedicadas a hacer los mercados financieros más regulados, más transparentes y menos especulativos. Sin embargo ya se ha dicho que no se tomarán en ningún caso medidas proteccionistas, se impulsará el comercio internacional, etc. Seguramente intenten controlar las tendencias especulativas más fuertes del capital financiero para que este opere con mayor eficacia como punta de lanza de la ofensiva capitalista, como elemento capaz de disciplinar a los trabajadores a nivel internacional.  Y es que esta es la clave de lo que se nos viene encima, aprovechando la crisis nos van a lanzar todo lo que tengan. Deberíamos estar preparados para ver una mayor proletarización de las condiciones de vida. Entendiendo por proletarización no necesariamente una mayor pobreza material, que seguramente también, sino un paso más en la desposesión, indefensión, aislamiento e individualización de la gran mayoría de la población para que esta se vea obligada a currar más y a menor precio lo que permita aumentar aún más las tasas de beneficio.  En este sentido cabe destacar algunas tendencias:

flexibilización del mercado de trabajo: la patronal se está hartando de recalcar como “imprescindible” una reforma que flexibilice “en todos los órdenes” el mercado laboral, es decir, una mayor indefensión e individualización de los trabajadores, señalando que tenemos un contrato de trabajo “demasiado viejo y caro” y que los salarios deben responder a “las exigencias impuestas por la competencia internacional”. Al disminuir el coste del despido y los salarios, aumenta la plusvalía que se llevan los empresarios. La Comisión Europea de Empleo y Asuntos Sociales recomienda seguir adelante con la política de ‘flexiguridad’. Este extraño palabro esconde la total flexibilización del mercado de trabajo (libertad total de despido y contrato a bajo coste) a cambio de altos subsidios de desempleo. Dicho de otro modo, y teniendo en cuenta que los empresarios cada vez pagan menos impuestos y reciben más subvenciones, esto significa transferir a los proletarios, a través de los impuestos sobre sus salarios, la mayor parte del coste de los seguros sociales mientras que los empresarios ven aumentar no sólo sus beneficios sino también su fuerza en los tajos, al contar con impunidad total para deshacerse del que no traga lo suficiente.

-65 horas: hacernos trabajar más es otra opción para sacar más beneficios. Que con un aumento del paro a la vuelta de la esquina se dedicasen a pedir leyes que permitan eliminar trabajadores alargando la jornada laboral al resto dice mucho del “interés general” que persiguen gobernantes y empresarios. Veremos en que se queda todo esto, pero de alguna manera seguramente acabarán colando buena parte. Entre lo más  significativo en dicha propuesta era  que los trabajadores podrían negociar su jornada laboral individualmente con el empresario, es decir, que el empresario podría imponer individualmente a cada trabajador lo que tiene que trabajar, o que los trabajadores trepas deseosos de echar horas acabarían haciendo que el resto tenga que aceptar la misma jornada. Este paso adelante hacia la          individualización de las relaciones entre trabajador y empresario, a parte de una manera de dividir y aislar aún más a los trabajadores, es también un ataque a los sindicatos mayoritarios cuya tarea de negociar el precio colectivo  la fuerza de trabajo se ha reducido a firmar los convenios que les planta la patronal. Su papel conciliador, chanchullero y firmalotodo de los últimos años y la desestructuración general de la clase trabajadora que decía representar han minado el poco apoyo social que tenían, así como su fuerza real en los curros por lo que no sería raro que la patronal tratase de deshacerse de ellos, o al menos reducirles a su papel de empresas de servicios sindicales y de gestión individual de finiquitos, nóminas, conflictos judiciales, etc.

Privatizaciones varias: La privatización de las empresas públicas siempre es un cable para la burguesía, que recibe más medios con los que explotarnos. Aunque en general suponen un empeoramiento de las condiciones de los trabajadores de dichas empresas, trabajar en una empresa pública tampoco significa necesariamente una mejora, ya que las técnicas de gestión empresarial privada acaban llegando para “sanear” a la empresa pública. El mejor trato general a los trabajadores en los servicios públicos tiene mucho de mito. En los últimos años, los trabajadores de Correos están sufriendo duras presiones de sus encargados para que se vayan y poder sustituir a los funcionarios por fijos y a estos por temporales. Todo esto sin que no haya entrado ni un duro privado en la empresa, por el momento. El porcentaje de temporalidad en el servicio público no deja de aumentar, y si no lo hace más rápido es por los especiales derechos de los funcionarios, especie a extinguir, ganados en otros tiempos. Y así sucesivamente: falsos autónomos, mobbing, enfrentamiento entre fijos y temporales, el sector público repite todo lo que, a mayor nivel, lleva años produciéndose en el privado.

El caso de los servicios sociales es aún más sangrante. Por un lado, las nuevas modalidades de gestión privada bajo titularidad pública (las famosas PFI que Aguirre está implantando en la sanidad madrileña pero que es un modelo generalizándose en el resto de Europa tanto en la sanidad como en otros servicios públcios) suponen que las empresas privadas que reciben las concesiones trabajan bajo condiciones de ‘riesgo cero’ ya que los beneficios están asegurados en forma de pago por parte del estado. Es posible que una vez que el sistema esté un poco más engrasado se inicié el traspaso de la titularidad pública al sector privado, pero puede que incluso las empresas estén más contentas simplemente gestionando el sistema ya que reciben beneficios sin responder ante las pérdidas, la calidad del servicio o afrontar la competencia.[17]

A esto hay que sumarle que, al mercantilizar aún más nuestro acceso a los recursos básicos, la privatización tiene una función muy clara en el conflicto de clase. No sólo se trata de que los políticos regalen las empresas públicas a sus amigos. Cuanto más cosas tengamos que pagar (sanidad, educación secundaria o universitaria, formación, planes de pensiones) más dinero necesitaremos, es decir, más necesidad de trabajar tendremos y por tanto más nos podrán apretar las tuercas. Si además de una hipoteca tenemos que pagar el crédito que nos permitió terminar una carrera, el tratamiento para nuestra enfermedad o la de un familiar y además más los ahorros para cuando no podamos trabajar, ¿quién es el guapo que se permite el lujo de perder un trabajo, rechazar unas horitas de más, denunciar un acoso laboral o pegarle un sopapo al encargado?

Autónomos: el sueño de la burguesía es la liberalización total del mercado de trabajo, que la fuerza de trabajo pudiera ser comprada y vendida como una mercancía más, igual que las tuercas o los panes de hamburguesas. Los trabajadores serían algo así como ‘empresas individuales’ cuya mercancía es la fuerza de trabajo. Si esto fuese así, el simple poder de mercado de las grandes empresas les valdría para imponer sus condiciones. ¿Qué no te gustan estas condiciones? rompo el contrato y pillo a otra “empresa individual” El auge de autónomos va por ahí. Consiste en esconder tras una supuesta relación entre empresas (Repsol S.A vs Juan Pérez S.L) lo que en verdad es una relación salarial encubierta en la que el empresario se ahorra todos los costes del trabajo. Algunos hasta les pagan las cotizaciones a los autónomos a los trabajadores porque lo que ganan en flexibilidad, menor conflictividad y horas extras les compensa. No es de extrañar que entre las medidas contra el desempleo lanzadas esté favorecer que los parados capitalicen su subsidio para convertirse en autónomos.

La subcontratación y la externalización de servicios siguen, a otro nivel, la misma lógica de división y control más individualizado de los trabajadores. Por no hablar de sus ventajas económicas.

Todas estas medidas tienen como objetivo dividir, aislar y enfrentar a los trabajadores entre sí tanto dentro como fuera de los centros de trabajo. Tras la integración colectiva que supuso el keynesianismo, la nueva reestructuración de las relaciones de clase apunta a una individualización de las mismas cada vez mayor,  pero manteniendo a buena parte de esa fuerza de trabajo integrada en el capitalismo. Por supuesto, esto implicará la exclusión de gran parte de la población y el aumento de las medidas represivas y de control social (un capítulo a analizar aparte) están destinadas a contener este más que probable repunte de la “delincuencia” en tiempos de crisis.

Fuera de los centros de trabajo, en la esfera del consumo, las empresas y la publicidad potencian formas cada vez más individualizadas de consumo. Se acabó el consumo de masas estandarizado, hay que ofrecer el mayor número posible de opciones para que cada persona pueda configurar su ‘opción individual’.

La noción de ciudadanía, de individuos iguales en derechos y deberes por encima de las clases sociales, es la forma política bajo la cual se está llevando a cabo la integración individual. En cierto modo esto supone la desaparición de la socialdemocracia clásica en tanto que representación colectiva de la clase trabajadora dentro del capital y su sustitución por una especie de nuevos ‘partidos liberales’[18] que representen la ideología de la ciudadanía “progre” (PSOE) frente a la de la ciudadanía “carca” (PP) pero con diferencias mínimas en cuanto a las cuestiones económicas, laborales o determinadas cuestiones sociales[19]. Analizar estas nuevas formas de mediación política no entra dentro del objetivo de este artículo.

Afrontar la crisis

Como nos hemos hartado de repetir a lo largo del artículo, esta crisis va a suponer un paso más en la intensificación de la explotación y la dominación de los trabajadores, continuando el proceso de desestructuración y aislamiento de la clase trabajadora al que hemos asistido durante los últimos treinta años. No creemos que la gente al sentirse más presionada, “vea la luz” y comience a organizarse. Más bien al contrario, lo más probable es que se aferre a soluciones individuales e individualistas, que se refuerce la dependencia de las instituciones y la tendencia al delegacionismo y a que otros nos resuelvan los problemas. En un artículo sobre la Gran Depresión, Paul Mattick comentaban como podía verse a gente que se moría de hambre continuar pidiendo ayuda al estado que envenenaba y quemaba comida para combatir la caída de los precios de los alimentos. Precisamente el problema es que no se trata en absoluto de “ver la luz”, ni siquiera de tomar conciencia de la situación actual. Se trata de desarrollar prácticas que nos permitan afrontarla pero que, al mismo tiempo, sienten las bases para superar el sistema que la produce.

Desde nuestra perspectiva deberíamos tratar de construir pequeños núcleos resistentes basados en la solidaridad, el apoyo mutuo y la libre comunicación y decisión entre iguales, desde donde podamos acostumbrarnos a resolver nuestros problemas por nosotros mismos, de forma colectiva. Que pongan en práctica tácticas y estrategias eficaces, pero fácilmente asumibles y extensibles al resto de los trabajadores. Tratando de desarrollar herramientas que actuando en el presente miren más lejos. Asumiendo que vivimos dentro pero también contra el capital.

Para nosotros, todo esto se materializa en tratar de crear pequeñas asambleas territoriales de proletarios. El nombre es lo de menos, pero si decimos proletarios es porque no deberíamos hacer distinciones entre los que están trabajando, los que no lo están y los que no quieren trabajar. En vez de reproducir el enfrentamiento que el capital pretende introducir entre estos grupos, hagámonos más fuertes tratando de complementarnos. Territoriales porque es la mejor forma de enfrentarnos a las condiciones sociales que se están imponiendo. A nivel laboral, la política de ‘flexiguridad’, de mayor flexibilización del mercado de trabajo, va a hacer cada vez más inviables las asambleas de trabajo ya que un mes currarás en una empresa y el siguiente en otra. Esta misma política, que busca también la mayor flexibilidad a nivel formativo, invalidará también las asociaciones de oficio o de ramo: tienes el título de educador social pero estas currando de camarero mientras buscas algo de lo tuyo para acabar desistiendo y sacándote un módulo de fontanería. Más allá del trabajo, cambiar de vivienda es difícil hoy en día: imposible para los que están atados a su hipoteca, impensable para quien ha encontrado un alquiler decente o un barrio donde aún poder okupar, nada deseable para quienes aún nos sentimos apegados a nuestros barrios. La lucha de clases no se limita a las luchas laborales, sino que se extiende por todo el territorio. Las asambleas territoriales nos permitirían afrontarla en nuestro entorno, evitando la destrucción urbanística o ecológica, la imposición de la seguridad o de la degradación controlada. Asambleas porque no concebimos otra forma de gestionar los problemas individuales más que poniéndoles en común y actuando colectivamente, de forma directa y sin intermediarios. Porque creemos que se puede empezar a construir cotidianamente  un movimiento que acabe aboliendo las clases y el capitalismo.

Responder a los desalojos, intentar frenar desahucios por impago, evitar despidos, responder a acosos laborales o en las oficinas del paro, contrarrestar el acoso de la policía sobre los trabajadores inmigrantes, expropiar lo que la crisis nos dificulte conseguir… Si algo va  hacer la crisis es intensificar y generalizar el número de problemas sociales, pero también la necesidad de enfrentarse a ellos como buenamente se pueda. ¿Estaremos preparados?


[1] A pesar de nuestras diferencias con el autor, gran parte del proceso está descrito en “Se abre el abismo: auge y caída del keynesianismo” de J. Holloway. Puede encontrarse en

http://argentina.indymedia.org/uploads/2006/05/04_holloway_-_marxismo__estado_y_capital.rtf

o en el libro “Keynesianismo: una peligrosa ilusión”. Ed. Herramienta (Argentina)

[2] Cuando decimos representación en tanto que fuerza de trabajo dentro del capital, lo que queremos decir es que trata de representar al proletariado respetando y manteniéndose dentro de la relación de clase, tratando de desplazarse dentro de ella, pero jamás de suprimirla. Por este motivo acaba asumiendo los medios y las formas organizativas típicas del capitalismo (división dirigentes-dirigidos, secretismos, “traición” a las bases, etc.) y por eso mismo es el primer enemigo al que debe enfrentarse el proletariado cuando adopta una perspectiva comunista que trata de abolir la relación de clase suprimiendo el capitalismo. Esta perspectiva comunista jamás podrá expresarse bajo medios alienados (partidos, sindicatos, etc), sino sólo en el desarrollo de prácticas colectivas que tiendan a nuestra autosupresión como clase.

[3] Excepción hecha del proletariado ibérico, que habiendo llegado su capitalismo tarde, también retrasaría hasta 1936 su asalto y derrota.

[4] Simon Clarke. “Keynesianism, Monetarism, and the Crisis of the State”. Puede obtenerse en:

http://www.warwick.ac.uk/~syrbe/mst/kmcs.doc

[5] Como por ejemplo, R. Brenner, A. Shaikh, G. Dumenil y D. Levy o M. Husson.

[6] No hay espacio aquí para entrar en detalles sobre las diferentes explicaciones de la crisis. En nuestra opinión, la teoría de la sobreacumulación es la más consistente. Una buena explicación, aunque quizás demasiado economicista, puede encontrarse en ‘Crisis y Teoría de la crisis” de Mattick, (web) o en los capítulos XI y XII de ‘Fundamentos y límites del capitalismo’ de Louis Gill (Ed. Trotta).  Acumular no es  nada más que reinvertir la plusvalía arrancada a los trabajadores para aumentar el capital

[7] La mayoría de las llamadas ‘guerras de liberación’ acabaron siendo bien la lucha de una burguesía nativa por liberarse del dominio de una potencia colonial, o la lucha por el poder entre dos facciones rivales apoyadas por sus respectivas potencias. Aunque, sin duda, en muchas de ellas es posible encontrar movimientos de base y prácticas de clase interesantes, sería estúpido caer en las ilusiones leninistas de los ‘movimientos de liberación nacional’

[8] Tensiones que, en gran parte, el capitalismo había creado y alentado. “Oil wars and World orders. Old and New”. Aufheben #12. http://libcom.org/library/oil-wars-aufheben-12

[9] “Fuerzas de Trabajo: los movimientos obreros y la globalización desde 1870” Beverly J. Silver. Ed. Akal

[10] ‘State of the unions: Recent US labour struggles in perspective” Aufheben #7.  http://libcom.org/library/us-labour-aufheben-7 . J. Holloway ‘La rosa roja de Nissan’ en “Keynesianismo: una peligrosa ilusión”

[11] F. Gambino “A Critique of the Fordism of the Regulation School” http://www.wildcat-www.de/en/zirkular/28/z28e_gam.htm

[12] A. Campbell. “The birth of neoliberalism in the US: a reorganization of capitalism” en “Neoliberalism: a critical reader“.  http://nodo50.org/cubasigloXXI/taller/campbell_100304.pdf

[13] A. Bonnet. “El comando del capital-dinero y las crisis latinoamericanas”

[14] David Harvey “Breve historia del neoliberalismo” Ed. Akal

[15] Paul Volcker fue designado presidente de la Reserva Federal en 1979 por Carter, un demócrata. Fue el primero en aplicar medidas monetaristas, dejando que los tipos de interés subieran hasta un 13% (para hacerse una idea, Trichet empezó a bajar los tipos de interés cuando estaban alrededor del 5%), lo que hizo que Estados Unidos entrase en la peor recesión desde el Crack del 29 lo que permitió disminuir la inflación del 13 al 3% y, además, iniciar dos decadas negras para la clase obrera americana. Paul Volcker es uno de los asesores económicos de Barack Obama.

[16] Vincenç Navarro. “La lucha de clases a Escala mundial” en el libro “25 años de neoliberalismo.” http://www.vnavarro.org/wp/wp-content/uploads/2008/04/25anosdeneoliberalismo.pdf

[17] Para ver las políticas que se están llevando a cabo en Madrid y Valencia, así como las consecuencias de la gestión privada sobre la sanidad pública puede recomendamos echar un vistazo a www.casmadrid.org

[18] Antes del auge de la socialdemocracia, los partidos burgueses se dividían en conservadores y liberales que, además de representar a diferentes facciones de la burguesía, defendían posiciones ideológicas distintas: religión frente a laicismo, más o menos derechos para los trabajadores, etc. El auge de la socialdemocacia significó en muchos países la desaparición o perdida de representatividad de los partidos liberales ya que aquella acabó representando a trabajadores y pequeños burgueses

[19] Por cuestiones sociales no nos referimos a temas como el matrimonio gay, la religión en las escuelas, el derecho al aborto, la investigación con células madre, etc. que se plantean siempre en un plano  moral y que son el terreno a donde se ha llevado el enfrentamiento político sino a temas como la privatización de la sanidad, las condiciones carcelarias, el endurecimiento del código penal, la seguridad, la inmigración donde las diferencias, mínimas, cuando aparecen es para representar la oposición implícita en el juego electoral.

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