gruporuptura

Cada vez es más difícil…

In número 2 on 10 marzo, 2010 at 8:35 am

Empezamos aquí un texto que no pretende crear una nueva ideología (el anticiudadanismo) que nos sirva como excusa por una parte para sentirnos segur@s de nosotr@s mism@s y por otro para justificar la parálisis permanente en la que algunos parecen hallarse. Muchos utilizan el ciudadanismo como una herramienta multiusos para criticar todo tipo de prácticas de la izquierda. No seremos nosotros quienes defendamos a esta izquierda pero si que nos parece que a la hora de abordar la crítica se necesita un análisis más riguroso. Se podría comparar con lo ocurrido con la palabra ‘fascista’ que de designar a un movimiento político concreto se ha convertido en un apelativo de todo lo malo: el PP es fascista, la policía es fascista, el estado es fascista, el puré de mi madre es fascista…

Queremos y es nuestra intención poner en cuestión el orden social y criticamos al ciudadanismo por ser una falsa crítica del mismo. Entender nos servirá luego para poder cambiar el mundo, empezar a tratar de entender es reestablecer la comunicación con aquello que nos rodea. Porque nuestra intención es construir un proyecto revolucionario que transforme las condiciones de vida, basándose como decíamos en la realidad de lo que nos rodea. Y nuestra crítica al ciudadanismo se hace en cuanto falsa conciencia y en cuanto movimiento reaccionario que contribuye a ahogar lo que todavía sólo está en germen. Debemos salirnos del pensamiento dominante.

Y es aquí donde este texto ha de insertarse.

Intentemos definir eso de ciudadanismo

El estatuto jurídico de “ciudadano” ha pasado de ser entendido como natural de un Estado, a adquirir un contenido positivo. En cuanto atributo, ciudadano describe en general todo lo que es aplicado y consciente de sus responsabilidades, e indica una cierta dosis de lealtad política, en tanto que la antigua lucha de clases se ha visto sustituida por la participación política de los ciudadanos. En cuanto adjetivo “ciudadano” describe en general todo lo que es bueno y generoso aplicado y consciente de sus responsabilidades y más generalmente como se decía antaño “social”.

Por ciudadanismo y siguiendo a Alain C [1] entendemos una ideología cuyos rasgos principales son: 1º la creencia de que la democracia es capaz de oponerse al capitalismo;2º el proyecto de reforzar el Estado para poner en marcha esta política;3º los ciudadanos como base activa de esta política.

La finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más justo, proporcionarle de alguna forma un suplemento de alma y en cierto modo de manifestar la sumisión democráticamente. La lucha de clases es sustituida aquí por la participación política de los ciudadanos, que no sólo deben elegir a sus representantes, sino además actuar constantemente para hacer presión sobre ellos, con el fin de que apliquen aquello para lo que fueron elegidos. Naturalmente los ciudadanos no deben en ningún caso sustituir a los poderes públicos. El ciudadanismo se desarrolla como ideología producida necesariamente por una sociedad que no concibe perspectivas de superación [del sistema]. Se trata pues de una servidumbre voluntaria; es la oposición a casi nada (a lo que es más obviamente falso e injusto del capitalismo) y a solicitar “control ciudadano” para todos los extremos crueles del capitalismo.

Una gran aspiración estratégica del ciudadanismo consiste en encontrar propuestas que tengan la virtud de aglutinar una inmensa mayoría social en contra de la minoría de políticos financieros y académicos neoliberales del pensamiento único que orientan la dirección de la globalización. La adopción del pacifismo como principio indiscutible de acción purgó de las asambleas y las manifestaciones a los radicales, pero su objetivo principal era el diálogo con el poder. No querían enfrentarse a nada; no aspiraban a cambiar el mundo sino a participar en su gestión. Con ellos otra gestión capitalista era posible. Lo que pretendían reformar no eran más que los mecanismos de cooptación de la clase dominante. De ahí los determinados discursos ciudadanista de auge reciente en los Foros, como el que postula democratizar la globalización, contribuyen a esta misma operación de reabsorción por la vía de convalidar las exigencias antagonistas en derechos consagrados en alguna suerte de Constitución global. Que la lucha por los servicios públicos contra su mercantilización se resuelva en una Declaración de Derechos en la futura Constitución europea puede parecer un ejercicio de realismo pero es seguro que contribuye a reproducir los mecanismos de delegación y mediación que son la fuente de la aceptación social del dominio capitalista. Se pueden ahorrar los realistas sus tentaciones sarcásticas: lo anterior no implica renuncia alguna al ejercicio de los derechos hasta el límite de sus posibilidades.

El viejo movimiento revolucionario manifestaba el vínculo que unía capitalismo y proletariado. Hasta el más explotado de los obreros podía sentirse depositario, a través de su trabajo, de un mundo futuro en el que el trabajo dominaría al capital. Las organizaciones obreras (partidos, sindicatos, ateneos) eran al mismo tiempo una familia y el germen de un nuevo orden social, por lo que todos los trabajadores podían sentirse vinculados a la comunidad obrera del presente y del futuro. La transformaciones del modo de producción capitalista de los últimos veinte años han pulverizado todo esto y han generado la separación de los individuos.

En el transcurso de su expansión, el capitalismo tuvo que destruir las antiguas comunidades de origen campesino para crear la clase obrera que necesitaba. Y justo después de haberla creado, debe destruirla de nuevo, y se encuentra con el problema de integrar a millones de individuos en su mundo.

Proponer al “ciudadano” como vínculo manifiesta la existencia de un vacío, o mejor dicho, que incumbe ahora al capitalismo, y únicamente a él, la tarea de integrar a esos miles de millones de personas que se encuentran privadas de la comunidad. Y debemos constatar que, hasta ahora, lo consigue a duras penas.

Sin embargo, se sigue percibiendo al capitalismo como una fuerza exterior y hostil a la humanidad, ya sea porque la priva de pan o porque la priva de “sentido”. En las sociedades capitalistas avanzadas esto se manifiesta mediante la fuga de individuos separados hacia lo que los sociólogos denominan “la esfera privada”, es decir, el ocio, la familia o lo que queda de ella, la pandilla de amigos, etc. De esta forma, se desarrolla lógicamente un mercado de la separación, que se materializa en las herramientas de comunicación‑consumo. Pero en el mundo de las mercancías, ese consumo del “estar juntos” acaba siendo un “poseer solo” que vuelve a caer en la separación que en un principio debía paliar.

El propio trabajo, que constituye siempre la principal fuerza de integración del capital, se percibe cada vez más como una obligación exterior y ya sólo sirve de un modo muy marginal para dibujar la identidad de individuos cada vez más perdidos en la masa y cada vez más faltos de identidad propia. En el momento en que las profesiones desaparecen y se ven reemplazadas por funciones que no requieren ninguna competencia particular, esta situación no es nada sorprendente. El “mundo del trabajo” también se ha convertido en el de la incompetencia. Algunas personas perciben esta dinámica de descualificación como algo decadente pero también conlleva una desmoralización del trabajo, considerado por todo el mundo como algo vacío de sentido, puramente arbitrario, una obligación exterior, una explotación. La moral del trabajo que compartían antiguamente burguesía y proletariado se está diluyendo en el movimiento de la integración capitalista.

Democracia como oposición del capitalismo

Los ciudadanos constituyen entonces la base activa de esta política por lo que se propone un control ciudadano de las instancias nacionales e internacionales, como si fuera el déficit de democracia lo que produce la explotación. Pero esta idea de los ciudadanos se mueve entre el individualismo extremo y la masa. La palabra ciudadano subraya la individualidad de la persona, la ausencia de cualquier aspecto colectivo. La acción heroica del individuo consciente porque sí, sin relación alguna con una adscripción de clase se sigue de la complicidad de la masa: Igual que cualquier partido, pensaron que el número de manifestantes, de votantes o de mensajes SMS bastaba para justificar sus pretensiones políticas. Sin embargo, sentarse sobre las masas es como sentarse sobre un dedo. El mismo tedio que las mueve, las paraliza. Despolitizadas por definición, no son ni pueden ser ningún sujeto político dispuesto en todo momento a seguir a sus dirigentes. Las masas no quieren hacer política, quieren ser objeto de la política; no quieren cambiar la sociedad, en todo caso quieren que alguien se ocupe de ellas; por eso son masas.

En los países más desarrollados, el ciudadanismo se concentra esencialmente alrededor de un deseo de democracia más directa, “participativa”, de una democracia de “ciudadanos”. Naturalmente no proponen ningún modo de conseguirlo, y este deseo de democracia directa acaba, como siempre, ante las urnas o en la abstención impotente.

Una de las fuerzas del ciudadanismo reside en ese carácter esencialmente moral, por no decir moralizador. Pasa fácilmente de la denuncia de la “crisis” a la propuesta de “repartir los frutos del crecimiento” sin tener en cuenta los hechos y sin realizar ningún análisis. Lo que cuenta es tener la posición más “cívica” posible, es decir, la más generosa, la más moral. Y por supuesto, todo el mundo se posiciona por la paz, contra la guerra, contra la “mala‑comida”, por la “buena‑comida”, contra la miseria, por la riqueza. En resumen, más vale ser rico y gozar de buena salud en tiempos de paz, que ser pobre y estar enfermo en tiempos de guerra.

La propuesta es pues de un posibilismo pragmático deliciosamente cercano a la socialdemocracia. Dados los problemas de desafección de la política, crisis de la democracia representativa, la apreciación alarmada de que los partidos “no funcionan como tendrían que funcionar” y el anhelo de la opinión publicada (que no pública) de una política honesta (unidad perdida de la moral y la política), no sólo basta con modificar el sistema de listas electorales, sino ante todo lograr una mayor participación y por tanto implicación, gracias a la exigencia de eficacia, coherencia y representatividad. De este modo nos podemos encontrar en la literatura ciudadanista propuestas como las que siguen:

– Se busca la participación activa en el sistema político (a) o al menos que cambie el sistema de participación democrática [la ciudadanía está harta de que no se la tenga en cuenta] (b) e incluso que se admita la inclusión de los movimientos sociales (c) para alcanzar un reforzamiento de las instituciones, del consenso y la legitimidad social de las políticas, buscando en cierta forma la reforma de las culturas políticas y técnicas. Frente a ello se situaría la desobediencia civil, de forma más o menos violenta. Se trata de una organización estructural que canaliza las demandas de los movimientos sociales y de la acción colectiva en forma de: creación de foros, consejos, estructuras asociativas consolidadas.

– Importancia del gobierno local en la búsqueda de la participación (ideologías de la glocalización…). Se trataría de reformular el llamado “pacto del bienestar”, pero buscando no sólo la información del ciudadano, sino la formación e integración. En cuanto a las fórmulas, cabe destacar:

1º Consejos institucionales: de la juventud, de la mujer. Mesas de Convivencia. Asociaciones de Vecinos: ya existentes.

2º Consejos consultivos, audiencias y fórums (Barcelona). Juntas de distrito participativas: a desarrollar.

3º Jurados ciudadanos y núcleos de intervención participativa. Presupuestos participativos: futuribles.

4º Asociaciones en forma de acción pública: crear servicios en los ámbitos donde éstos no existen o son insuficientes.

– Vertebración de la sociedad, garantía de las democracias occidentales por la pérdida de autoridad y garantías de funcionamiento de las instituciones tradicionales (cohesión e integración social por ejemplo en el caso de inmigrantes, jóvenes, etc.)

– Los agentes político-institucionales encauzan y transforman dichas demandas en propuestas concretas en el parlamento. Además pueden ofrecer respuestas políticas de cambio real a tales inquietudes, formar a los líderes, aportar los valores históricos y el conocimiento útil de la experiencia en la gestión municipal y parlamentaria. En definitiva, de lo que se trata es de aportar soluciones a los problemas que se plantean al sistema político.

Los ciudadanistas proponen una respuesta irrisoria cuando intentan recomponer el vínculo que unía antiguamente a la “clase obrera” mediante otro que uniese a los “ciudadanos”, es decir, el Estado. La voluntad de reconstituir dicho vínculo a través del Estado se manifiesta en el nacionalismo latente de los ciudadanistas. Se sustituye el capital abstracto y sin rostro por figuras nacionales. Pero el Estado sólo puede proponer símbolos y sucedáneos a esos vínculos, puesto que él mismo está saturado de capital, por así decirlo, y tan sólo puede agitar sus símbolos en el sentido que le dicta la lógica capitalista a la que pertenece.

Esta ideología se manifiesta a través de una nebulosa de asociaciones, de sindicatos, de órganos de prensa, de partidos políticos. Lo difícil es decir en cuáles no se manifiesta. En Francia tenemos asociaciones como ATTAC o “Le Monde Diplomatique”. Aquí tenemos a todas las plataformas, foros, consejos y estructuras asociativas más o menos consolidadas que imaginarse uno pueda. A la extrema izquierda del ciudadanismo, podemos incluir incluso los movimientos libertarios, que en la mayoría de los casos van a remolque de los movimientos ciudadanistas para añadir su grano de arena ácrata, pero que se hallan de hecho en el mismo terreno. A escala mundial, tenemos movimientos como Greenpeace, Amnistía, etc., y todos aquellos sindicatos, asociaciones, lobbies, tercermundistas, etc., que se han ido encontrando en los sucesivos foros o anticumbres desde los tiempos de Seattle.

Su relación con el Estado

La relación del ciudadanismo con el Estado es a la vez de oposición y de apoyo, pongamos de apoyo crítico. Puede oponerse al Estado, pero no puede prescindir de la legitimidad que le ofrece. Los movimientos ciudadanistas deben convertirse rápidamente en interlocutores y para ello, algunas veces deben emprender acciones “radicales”, es decir, ilegales o espectaculares. Se trata a la vez de situarse en posición de víctima, de coger al Estado en falta (es decir, oponer el Estado ideal al Estado real) y de llegar lo más rápidamente posible a la mesa de negociaciones. Naturalmente, todo esto debe suceder bajo la mirada de las cámaras. El enfrentamiento ya no es como en otros tiempos el momento en que se mide la relación de fuerzas, sino que consiste en una legitimación simbólica.

El propio Estado acepta generosamente estas prácticas, y cualquiera puede hoy hacer una pequeña manifestación, por ejemplo, bloquear la periferia y ser recibido oficialmente a continuación para exponer sus reivindicaciones.

Asimismo, algunas prácticas ciudadanistas son promovidas directamente por el Estado, como lo demuestran las “conferencias ciudadanas” o “los debates de ciudadanos” con las cuales el Estado se arroga el “dar la palabra a los ciudadanos”. Es interesante ver hasta qué punto este movimiento se conforma con cualquier sucedáneo de diálogo, y están dispuestos a ceder en cualquier cosa con tal de que se les escuche y que los expertos hayan “atendido a sus inquietudes”. El Estado desempeña aquí el papel de mediador entre la “sociedad civil” y las instancias económicas, del mismo modo que los ciudadanistas harán de intermediarios entre el programa del Estado (que no es otra cosa que la correa de transmisión de la dinámica del capital) revisado de forma crítica, y la “sociedad civil”.

El proyecto de reforzar el Estado (o los Estados) para poner en marcha esta política de participación democrática, de ahí que postulen volver atrás la marcha del desarrollo capitalista: la tendencia a favor de la recuperación del Estado del bienestar y las políticas keynesianas, la denuncia de los excesos de la financiarización de la economía frente a las virtudes de la economía productiva, las propuestas para gravar fiscalmente el tráfico de capital (Tasa Tobin: ¿quién va a empezar a gravar capitales?, el primer Estado que lo haga va a la quiebra)  o las “distintas” modalidades de integración económica. El ciudadanismo entiende que el Estado democrático es un medio válido para paliar -incluso para acabar con- las desigualdades sociales. Dado que éste sufre grandes presiones del Capital -llámese grandes corporaciones o empresas multinacionales-, postula que para contrarrestar tan malvada influencia se hace imprescindible una mayor atención del hombre de a pie a los asuntos de Estado y que obligue al gobierno a realizar políticas sociales. Los ciudadanos no sólo deben elegir representantes sino presionarles para que actúen como corresponde. Estos socialdemócratas de nuevo cuño, que miran con nostalgia a la edad dorada del Estado del bienestar, no son conscientes de que las reformas tendentes a un mayor poder adquisitivo de los trabajadores históricamente se han implantado para la recuperación del capitalismo tras la crisis económica y sólo en parte, para mermar la radicalidad de una clase obrera que amenazaba con hacer la revolución, pero nunca por la acción de la ciudadanía en tanto tal. A pesar de ello se empeñan en exigir una mayor intervención de la población en la res pública. Y es que parece que ignoren aquello sobre lo que los revolucionarios venimos advirtiendo desde hace siglo y medio: La integración de las luchas sociales en las estructuras del Estado -lo que se reclama como democracia participativa- no es sino garantía de la desintegración de las mismas. El ciudadanismo, no obstante, tenderá siempre a jugar el papel de mediador entre los movimientos sociales y el Estado, desde el reconocimiento de que éste último, el Estado, puede ser el mediador neutro entre el capital y los movimientos sociales.

En el ciudadanismo encontramos pues una fuerte defensa del sector público y no como cuestionamiento de la lógica capitalista en general, tal y como se manifiesta en el servicio público. La defensa de dicho sector implica lógicamente que se considera que dicho sector está, o debería estar, fuera de la lógica capitalista. Se puede constatar que incluso las acciones más generosas o radicales de este movimiento contenían los mismos límites. Abastecer gratuitamente todos los hogares de electricidad, es una cosa: reflexionar sobre la producción y el uso de la energía es otra. Plantear el tema de la renta básica o del salario social en casos extremos es una cuestión de necesidad perentoria, pero hay que conceder que siempre se desarrolla dentro del horizonte de un Estado (capitalista) omnipresente.

La antimundialización desempeña un papel muy importante en esta reconstrucción ideológica. Su idea central es que el capital transnacional ha concentrado demasiados poderes que no puede o no sabe gestionar y que esto se hace demasiado peligroso para el equilibrio económico. Contra el “ultraliberalismo incontrolado”, todos los ciudadanos son llamados, en un tono que oscila entre el miserabilismo y la culpabilización, a convertirse en los co-gestores de la economía mundial, por medio de la presión y del control ciudadano. Se trata de ir más allá del voto, pero sin salirse, claro está, del campo de juego democrático. Facilidad pues en convertirse en un auténtico partido del Estado, idea madre de la intelectualidad estatista, ansiosa por inventar un nuevo discurso políticamente correcto y posibilista más allá de las habituales coartadas pacifistas, feministas o ecologistas.

Uno puede con toda tranquilidad, mostrarse “radical”. Uno puede hacer tranquilamente de consejero crítico del Príncipe, sin tener que afrontar las dificultades de gobernar. Uno puede lamentar eternamente la falta de “voluntad política” en materia nuclear, de inmigración o de salud pública, sin necesidad de considerar, en lo más mínimo, lo que un Estado puede hacer efectivamente en el contexto capitalista.

Para acabar…

El ideal organizativo del ciudadanismo busca siempre un ámbito en el que quepan todas las manifestaciones del discurso (excepto las que se aproximan a la violencia). Claro que se trata de discursos despojados de su carácter preformativo: son pura semántica. El lenguaje se vuelve cada vez más apologético, una pura máquina lingüística llena de fórmulas verbales adecuadas donde la nimiedad –enviar mensajes, votar, navegar por la red, amontonarse- se convierte en lucidez histórica y heroísmo. Debajo de lo que se cree es un movimiento, si se quitan las cámaras y los medios de comunicación, se puede comprobar que retrata de un movimiento creado artificialmente por dichos medios. El espacio de lucha no son ya las fábricas, la calle, el barrio, la metrópolis…, sino los medios de comunicación. De ahí que le venga muy bien esa especie de cajón de sastre, de sustitutos del concepto de clase que sería la multitud: una suerte de conglomerado de insatisfacción o marginalidad que es lo que piensa alguien como Negri, cada vez más figura de la izquierda ciudadana.

La participación ciudadana se caracteriza además por su capacidad para educar y concienciar a la ciudadanía. Disponer de esta ciudadanía, además, no únicamente mejora el funcionamiento de los instrumentos participativos sino del conjunto de la comunidad. Es decir, la participación tiene como objetivo directo escuchar a los ciudadanos, aunque indirectamente sirve para algo quizá más importante: generar el capital social que garantizará el buen funcionamiento de nuestra sociedad. Desde que se popularizara el concepto de capital social como un conjunto de características intangibles de una comunidad (densidad asociativa, niveles de confianza, etc.) útiles para explicar sus rendimientos institucionales, económicos y sociales, el gran interrogante ha sido cómo fomentarlo.

En definitiva, la participación sirve a los gobernantes en la medida que favorece la creación de la materia prima adecuada para el desarrollo de sus comunidades. Esta materia prima, este capital social se refiere a una ciudadanía que adquiere madurez democrática y dinamismo socioeconómico a través de la propia participación en los asuntos colectivos. Una participación que, por lo tanto, no únicamente sirve para facilitar la prestación de determinados servicios o para legitimar determinadas decisiones, sino para promocionar determinadas conductas y actitudes ciudadanas.

Hoy no se puede cambiar nada sin cambiarlo todo———————————————–


[1] Alain C. “El impasse ciudadanista”

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